Esta semana, la revista Pronto regala a sus lectores, junto a suculentas noticias de alcance mundial sobre Isabel Pantoja y Marta Sánchez, un pack con once reivindicativas pegatinas para, según la misma portada, “sumarte a la campaña” STOP Desahucios. Asimismo, anuncia la creación de una nueva sección, un “consultorio” sobre temas de vivienda al que respondería Ada Colau, la cara más visible de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. El hecho de que “la revista más vendida de España” se sume sin ambages a una iniciativa como ésta es síntoma de varias cosas. La primera, quizá el matiz positivo: todo apoyo a un movimiento social como éste, enfrentado a una ley hipotecaria no sólo inmoral sino también injusta (hasta el punto de que otros países, como Ecuador, lleguen a llevar a España a Estrasburgo a cuenta de la misma), puede y debe ser acogido con los brazos abiertos. Y ahora, la parte mala: no deja de ser una demostración de que España, este pueblo que ha pecado desde siempre de exceso de paciencia, es incapaz de ver más allá de la cadena suave de unas instituciones podridas hasta el tuétano. Déjenme explicarme.

Todos recordamos el infame tratamiento que la mayoría de medios masivos hizo del movimiento 15-M en período de tiempo en que la principal preocupación nacional era deshacerse de un Presidente percibido mayoritariamente como un bobalicón poco capaz de enfrentarse a una situación tan compleja como la que (aún) vivimos. El movimiento fue descalificado de todas las maneras posibles: desde el eterno clásico del perroflauta y el vago, hasta las acusaciones directas de ser antisistema o antidemocrático y de «estar perjudicando al pequeño comercio» del centro de Madrid. Hoy, casi dos años después, buena parte de la población española está entendiendo que los «indignados» no sólo tenían razón en muchas de las reivindicaciones y protestas que proponían, sino que en muchos casos se quedaron cortos. Las columnas y los editoriales de periódicoslamentándose y pidiendo disculpas por el tratamiento de aquellos hechos se han venido sucediendo en los últimos meses, sin que mucho de ello sirva ya para nada.

Quizá pudiéramos analizar la situación partiendo de uno de los lemas que se popularizaron durante aquella primera acampada, que incluso tiene su propio grupo de Facebook (ese medidor de la relevancia contemporánea): «No somos antisistema, el sistema es antinosotros».  Creo que es precisamente este eslogan el que convierte al 15-M en un movimiento a la española. Como afirma Carlos Granés en su imprescindible obra El puño invisible, le otorga un carácter en cierto sentido conservador —cuando no reaccionario— que contrasta de forma drástica con las ideas destructoras, propias de la vanguardia artística y filosófica, que alentaron otros movimientos revolucionarios a lo largo de la Historia del Siglo XX.

El joven medio español que se sumó a las protestas del 15-M desde fuera de los colectivos socialestradicionalizados (sindicatos, agrupaciones, etc.) no quería dar el paso definitivo en la lucha de clases, ni tampoco quería destruir las bases de un sistema económico concreto para poder redistribuir y controlar los productos derivados de la plusvalía. No señor. En muchos casos, no nos engañemos, no lo quería porque nadie se molestó (¡gracias, mediocres y obsoletas leyes educativas españolas!) en enseñarle que hubo personas en este mundo que pensaron —y mucho— acerca de las implicaciones de estos conceptos. Pero no lo quería. Quería unas condiciones de vida dignas, una ley electoral más representativa y un reparto social un poco menos injusto. Un acuerdo de mínimos. Muy mínimos. Y se encontró con una guerra abierta por parte de (casi) todos.

Guy Débord fue uno de los que vio más claro que el verdadero colectivo alienado en las sociedades occidentales iba a ser la juventud, y que cualquier tipo de cambio social tenía que pasar por ellos. Y, en efecto, el Siglo XX demuestra una y otra vez (Chicago, París, Ámsterdam, Londres) que así ha sido. Pero, como todos recordamos, el 15-M no es ni mucho menos la primera vez que un movimiento joven de este tipo fracasa. Las razones son múltiples, algunas más evidentes, otras menos.

Curiosamente, han sido la sociología y la demografía las que han ofrecido una de las más interesantes. El mayo del 68 francés es consecuencia directa del «baby boom» producido por el final de la Segunda Guerra Mundial y la “vuelta a la normalidad”. Eso creó una masa joven escolarizada que, aunque era suficientemente numerosa para liarla, no fue suficiente para enfrentarse a un sistema establecido cuya figura simbólica era el general De Gaulle: Malraux, Moriac y los demás lo pararon. El 15-M no murió, sino que salió del ojo público y se reorganizó, pero no cambió demasiado a corto plazo y es una expresión de un espíritu que ya llevaba un tiempo latente. Del mismo modo, Mayo del 68 cambió el panorama cultural europeo para siempre, sin duda, pero no cambió Francia mucho más allá de lo que ya había cambiado por sí misma. 

España no anda muy lejos de estar en una situación similar, quizá incluso más desfavorable para los jóvenes alienados que sienten, como poco, que predican en el desierto ante sordos y ciegos (o, aún peor, ante gente que se tapa voluntariamente los ojos, las orejas y la boca). Asumámoslo: la masa joven de España no es suficiente para alcanzar un cambio pacífico de hondo alcance, menos aún cuando buena parte de la juventud huye despavorida del país, y por lo que parece aquí nadie va a sacar las antorchas y proclamar la justicia de la turba furiosa. Y no digo que me parezca mal. El  cambio pacífico requiere, pues, de (muchas) más personas de distintas características socioeconómicas y culturales. Requiere del esfuerzo de debatir con la generación que ahora ronda la cuarentena o la cincuentena, engañados en su mayor parte por el cuento de flautista de una Transición que fue —poco a poco lo vamos constatando— no mucho más que un juego de trileros.

Así pues, es quizá el momento de plantearse una nueva posibilidad: que sean elementos discordantes del sistema, y no aquellos que más o menos viven fuera de él, quienes lo hagan tambalearse. Buena parte de la generación de «nuestros padres» no ha sido plenamente consciente del drama de la vivienda en España hasta que la ola de suicidios se ha vuelto imposible de tapar para los medios y quienes se oponían a la ley hipotecaria han llegado a los estamentos oficiales (casi les han dejado entrar con un poco de asco) en la figura de Ada Colau, de la PAH.

Es una prueba más de que España necesita sus instituciones, sus medios de comunicación previsibles, y su tranquilidad y normalidad fingidas. Bienvenidas sean. Quizá es el momento de que nuestra generación le explique a la de nuestros padres que España no sólo no va bien, sino que además no ha ido bien en al menos dos siglos. Y quizá las once demagógicas e inútiles per se pegatinas que regala la revista Pronto sirvan para algo en este sentido. ¿Son una esperanza vacía? Puede. Pero qué sabe un niño de la vida.

(Publicado originalmente en 1001 Experiencias)

Lo malo de cogerle el gusto a pensar como forma de ocupar el tiempo libre —cosas de no tener dinero— es que, más pronto que tarde, se da uno cuenta de que en realidad la mayoría de lo que ha pensado a lo largo de su vida son absolutas estupideces. Ha de existir, y nadie me ha informado, una regla común no escrita que diga que todo el saber del hombre cabe en refranes o frases que equivalgan al posmoderno concepto del tuiteo, antes llamados eslóganes (el tuiteo como publicidad constante de uno mismo es un tema que también da para mucho). Claro que también hay un refrán que dice: “el refrán, ni mentira ni verdad”. La paradoja ontológica que esto genera —casi una suerte de matrioska refranera— podría hacer explotar más de una cabeza, así que continuemos.

En concreto, quería partir de una de las más famosas citas de Blaise Pascal, “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Ocurre a menudo con estas boutades, no así con la totalidad del pensamiento de Pascal, por suerte, que uno puede rehacer la frase a su antojo y que siga siendo válida. Así que le voilà, rehagamos la frase para tener un mcguffin para este artículo: “el pueblo tiene razones que la razón no entiende” (como demuestra el hecho de que Mariano Rajoy siga siendo Presidente del Gobierno a día de hoy). Esta versión apócrifa vino a mi cabeza la otra noche viendo I compagni (Mario Monicelli, 1963), una de esas películas que deberían ver por obligación todos aquellos a los que los movimientos del proletariado les parecen una cosa de otro tiempo.

En la escena inicial de la película, uno de los trabajadores de la fábrica alrededor de la cual gira el relato, apenas un adolescente, sale de su casa entre los gritos de su madre, que le regaña porque no se ha duchado antes de irse. Es una situación que todo hombre ha vivido decenas de veces, aunque con el paso de los años la figura femenina va rotando (de la madre a la novia, o la mujer, o la suegra —ya es mala suerte—, etcétera).

Como es lógico, al chico le da absolutamente igual ir duchado o no porque va a trabajar unas dieciséis horas en la fábrica rodeado de otros doscientos hombres que seguro que no olerán mucho mejor que él. Ésa es la verdad de su vida, que convierte la ducha diaria una costumbre absurda. La madre —en general, creo, las mujeres— es más proclive a tomarse en serio las prácticas sociales aceptadas (¡en especial si tienen que ver con la higiene personal!); además, en este caso también existe un importantísimo matiz sexual que añadir a la cuestión. La inmensa mayoría de las mujeres prefiere un hombre que huela bien, o al menos eso dicen; es curioso, en todo caso, que el buen olor de un hombre sea el de los perfumes de ciertas marcas comerciales que han invertido millones de dólares en publicidad y productos químicos desconocidos para la mayoría de las personas. Debería darnos una idea de hasta qué punto nuestra sociedad está construida sobre parámetros artificiales.

Este modo de rebeldía de la no-ducha es, en definitiva, la negación de un principio social humano a favor de un estado salvaje y pacífico de animalidad —o al menos a mi perro no le gusta especialmente el agua—. Principios sociales que funcionan en la práctica casi como un apriorismo del pensamiento y la acción, como los refranes, aparentes verdades incuestionables y evidentes por sí mismas (la Constitución americana también gasta algunas de éstas y, por lo visto, no es que les esté yendo de puta madre). Este apriorismo es herencia directa del antropocentrismo ilustrado que, junto a los valores del catolicismo (que tienen algunos siglos más), ha avanzado sin apenas oposición como ideología dominante hasta nuestros días.

El catolicismo es, a pesar de que haya quien se empeñe en no enterarse, más o menos la mitad de la Historia del arte y la cultura de Occidente; por esa razón, quien usa su laicismo personal como excusa para pedir que la religión no se enseñe en las escuelas es simplemente imbécil. Luego nos extrañaremos como grupo de que haya millones de niños completamente alienados de su entorno, tradición y raison d`être, aculturados a la Coca Cola, Spiderman y Justin Bieber, y que no sepan en qué año murió nuestro ínclito dictador (esto me pasó con una antigua compañera de clase que por aquel entonces estaba en tercero de carrera, y afirmaba que Franco había muerto con los jipis o por ahí, y ahora hagan ustedes el esfuerzo de imaginarse al caudillo en Woodstock chupando tabletas de ácido y pregonando el amor libre —aunque viendo a su mujer, yo lo habría entendido—).

El eje vertical cielo-tierra no deja de ser otra expresión de la dicotomía arriba-abajo, una de las que no son muy posibles de entender en profundidad sin tener en cuenta este “antropocentrismo católico”. Al fin y al cabo,buena parte de la existencia puede expresarse a través de dicotomías, o al menos eso han afirmado muchos pensadores a lo largo de la Historia, desde Heráclito hasta Hegel. Un ejemplo: los occidentales existimos según la creencia, incrustada en nuestro lenguaje (Kant nos ayuda a entender hasta qué punto nuestra lengua marca de manera indeleble nuestra manera de pensar), de que el hipertexto es algo de más entidad que el simple texto porque para eso lleva el prefijo hiper (en griego, por encima de), de la misma manera que el cielo y  el trío divino —¡sacrílego!— se colocan por encima del hombre, y no debajo ni a su alrededor (el abajo es tan malo que del prefijo griego hipo obtenemos la palabra hipoteca, ay).

En esto, por supuesto, el pensamiento occidental ofrece un evidente contraste con respecto a otras cosmologías culturales como la africana (si quieren enfrentarse a esta abrumadora diferencia pueden ver la película Yeelen (Souleymane Cissé, 1987) —esta película da para un artículo muy largo por sí misma— o la budista, cuya deidad, siguiendo con el ejemplo juguetón de los prefijos griegos, sería más bien un sinDios (sin-implica simultaneidad) o un periDios (peri- quiere decir alrededor de).

Es importante empezar a plantearnos por qué pensamos muchas cosas de las que pensamos, y cuántas trampas hay en aquellas líneas de razonamiento que llevamos años dando por buenas; al fin y al cabo es la tesis que defendía también Descartes con su duda metódica, y al pobre René nunca le podrán acusar de no ser ilustrado.

Y madres del mundo: asumid que vuestros hijos no irán a la cárcel en ningún caso por salir de casa sin haberse duchado. Los hay que allí no van ni aunque hayan estado expoliando al país durante décadas.

(Publicado originalmente en 1001 Experiencias)

Si hay algo que puede acercarnos hoy, a las puertas de la Segunda Modernidad, al sentimiento de la desesperanza humana más absoluta es mirar durante unos veinte segundos la “agenda cultural” de cualquier informativo y/o medio de prensa escrita. El carnaval de los premios culturales, con su carrusel de alfombras rojas, su fanfarria de actuaciones en directo (quiero decir, playback) y su pasacalle de declaraciones de famosos irrelevantes aparece como un tren imparable por nuestros medios de comunicación llegando también febrero.

En nuestro mundo, decía Ulrich Beck, las tres grandes fuerzas que han de pugnar para lograr eso que llamamos “equilibrio social” son tres: el capital, la sociedad civil y la política nacional. Resulta curioso, pues, que esta afirmación, que se hace evidente por sí misma enseguida, sea revertida o directamente inexistente cuando hablamos del mundo del espectáculo. Quizá el término inglés para este concepto, show business, pueda ayudarnos a hacernos una idea más clara de las relaciones simbólicas que se ponen aquí en juego.

 Yo he visto a algunas de las mejores mentes de mi generación discutiendo con fervor sobre quién debía ganar un Grammy o un Oscar (en el caso de los que están peor, un BAFTA), situación que no deja de ser un poco estrambótica desde el punto de vista del individuo, quiero decir, consumidor. Al menos con los Oscar afirman sin lugar a errores que se trata de los premios de la industria del cine. He aquí una diferencia fundamental con el tratamiento que a veces se les da a los Grammy, calificados aquí y allá como premios de la música en un ejercicio de cinismo sólo comparable al de los que afirman que los premios de festivales como Sundance o Cannes reconocen el mérito artístico de las cintas presentadas —esas películas independientes— por encima de cualquier otro valor.

La distinción entre el arte, el mundo del arte (que, con sus corrillos, mentideros, eventos programados, favores de críticos y curadores, etc., no se aleja mucho del funcionamiento de cualquier entorno político institucional o institucionalizado) y la industria cultural es radical en fondo y forma. Sin embargo, y siguiendo el razonamiento de Beck, el capital siempre busca (necesita) nuevas formas de relación con la política y legitimación ante la sociedad civil. En el caso de la industria de la música, el momento de cambio decisivo ocurrió alrededor de la irrupción de MTV como fenómeno internacional (quizá uno de los síntomas más evidentes de una inminente globalización cultural a lo grande) y la cultura del videoclip, universal por definición en tanto hecho cinematográfico.

Es comprensible, pues, que el mismo fenómeno se haya extendido al mundo del cine tanto como al de la música: somos inducidos por un bombardeo constante de información a ver estas galas como si de verdad fueran las obras más artísticamente relevantes del año las que van a concurso. ¿De verdad puede alguien pensar que Somebody that I used to know de Gotye es la mejor pieza musical grabada el año pasado, con un nivel de composición musical de parvulario (que en todo caso supera a toda la discografía de Rihanna) y lírica para niños de guardería? ¿O que The Artist de Hazanavicius, un refrito, un pastiche de mal gusto, un producto vacío hecho para halagar el ego del espectador a través de la nostalgia impostada de algo que nunca vivieron, es la película más relevante producida en 2011? Estas preguntas parecen responderse solas. Y sin embargo,¿por qué se discute sin cesar sobre estos premios?

Para dar una explicación plausible es necesario volver al asunto de la globalización y la Segunda Modernidad. A pesar de estar en franca e inevitable decadencia, el modelo romántico del Estado-nación sigue siendo el contrapoder básico frente al mundo del capital globalizado, y la idea de que todas las naciones tienen caracteres específicos que hacen necesarias las fronteras está aún demasiado arraigada. Sin embargo, la Historia no se para, y durante las últimas décadas hemos podido ver diferentes procesos de aculturación (especialmente flagrantes en algunos países, como Japón) que han hecho que, en la mayoría de los países occidentales, desde la generación de los que ahora andan a mediados de los treinta en adelante se compartan cada vez más elementos simbólicos culturales que van tejiendo, poco a poco, una especie de cultura global común. Como todo lo global común, esta cultura es siempre de mínimos, muy mínimos.

Las prácticas culturales son, en todo caso, uno de los más importantes elementos de cohesión de los que dispone una sociedad humana, máxime si es supranacional, o transnacional, o como ustedes prefieran llamarlo, donde no impera siempre la misma ley para todos los sujetos. Así, comentar los premios de la industria cultural se convierte en un acto social, pragmático, casi de chismorreo, donde unos sujetos dados ponen en común referentes culturales globales. Y aquí es donde la industria juega sus cartas. Porque estos premios y estas galas no están hechos para hablar de arte; si me apuran, ni siquiera están hechos para vender arte. Están hechos para vender flashes, vestidos, y poses. Es el espectáculo del dinero vendiéndose a sí mismo. Un acto puro de marketing sublimado que revierte el arte y lo convierte en instrumento. Por eso nadie habla del Grammy a mejor disco de Gospel o al mejor álbum de jazz conjunto. Eso no nos posiciona dentro del foco cultural, no es un referente compartido por la mayoría de la población. Puede que sea arte de verdad. No sirve. Como ya dijo Godard, que de esto sabía un rato: «la cultura es la regla, el arte la excepción».

No me gustaría cerrar sin dejar planteada una pregunta abierta. Siguiendo el modelo de choque de fuerzas de Beck (a saber: capital globalizado, política nacional y sociedad civil), este artículo sostiene la tesis de que existe en la actualidad una identificación entre la mayoría de miembros de la sociedad civil y el establishmentde la industria cultural, con la política nacional como un arma accesoria del proceso de aculturación. Si en este proceso el papel de fuerza viva de una gran parte de la sociedad civil desaparece, ¿quién lo cumple? En el terreno del arte y lo cultural en un entorno globalizado, a mi entender, sólo hay una respuesta posible: la piratería.

Si están ustedes el próximo día jueves 20 de diciembre en Sevilla, quedan emplazados a acompañarme en la presentación de mi último libro, ‘Una confusión’ y otros relatos, que se publica el mismo día 20 -y se podrá adquirir- en la editorial El toreador de pájaros. El acto se realizará a partir de las 19.00 en el Palacio de los Marqueses de la Algaba (sito detrás del Mercado de Abastos de la calle Feria) y contará con la presentación del poeta y músico sevillano Jesús Beades. Posteriormente habrá un encuentro de todos con un pequeño aperitivo/bebida y se podrán adquirir ejemplares del libro firmados y dedicados  individualmente, etcétera.

bukowki

Les esperamos.

Más información y detalles en Facebook.

Los músicos son una pieza fundamental en cualquier intento por comprender un poco mejor la insondable mente femenina. Por lo general, la forma en que las mujeres –en especial las adolescentes- se relacionan con aquello(s) que “adoran” poco tiene que ver con los patrones de comportamiento de los adolescentes de sexo masculino. No recuerdo haber visto a muchos hombres llorando mientras hacían cola para un concierto de los Backstreet Boys o Take That (chúpate ésa, memoria histórica), e incluso las girl bands fruto de la ingeniería social musical (o sea, creadas ex profeso para vender merchandising) como las Spice Girls tenían un núcleo duro de fans que eran, en su mayor parte, de sexo femenino.

Es difícil decir en qué momento exacto los músicos se convirtieron en los nuevos actores, pero es probable que, sea cual sea, ande rondando por las décadas de los cincuenta y los sesenta. En Estados Unidos hubo algún que otro suicidio tras conocerse la noticia de la muerte de Rodolfo Valentino; parece impensable hoy que la muerte de Johnny Depp o Ryan Gosling pudiera provocar ganas de matarse en nadie. Sin embargo, hay algo en las imágenes de grupos de fans de Justin Bieber que resulta inquietante en este sentido.

Los músicos que viven en el ojo del huracán mediático son, por lo general, pura mentira e invención publicitaria, de la misma manera que para los actores más famosos del cine mudo se creaba no sólo un nombre sino también una historia; era una suerte que, al menos, en las películas no pudieran hablar para estropearlo todo. No hay una sola palabra en las declaraciones públicas de Miley Cyrus (herencia directa del horror para el mundo de la música que es la existencia de su padre, Billy Ray Cyrus) o Lady Gaga (cómo intentar ser Madonna treinta años tarde) que no suene a impostura escrita por algún pez gordo del sello multinacional que les edita los discos. Y quizá es ésta la razón por la que, como a los carismáticos predicadores de sectas, poco más que sofistas metidos a religiosos extravagantes, es tan fácil adorar a una figura del mainstream musical: prácticamente no existen. Es ésta una constante en el Occidente capitalista, llevado y traído por los tejemanejes del márketing: se adoran cosas simbólicas alejadas años luz de la existencia cotidiana (como en aquel anuncio de Chanel nº 5 con Nicole Kidman) construidas a través del estereotipo reinventado una y otra vez. El método ha variado en lo esencial muy poco desde Elvis y los Beatles, pero sigue funcionando.

La otra cara de la moneda es, si cabe, más absurda. El bohemio con sombrero (él dice que es un borsalino, pero no sabe que en realidad no lo es), vaqueros, barba de tres días y guitarra a medio afinar. Va para cansautor desde que tiene uso de razón, afirma, y le duele mucho el alma por todas partes y es un tipo muy especial. Las letras de sus canciones tienen la altura lírica de la poesía de Benedetti (aclaro: esto es una altura lírica muy reducida) y están escritas con faltas de ortografía. Pero nada de esto es importante: es un idealista romántico que habla del amor y la nostalgia e inventa “elaboradas” metáforas para hablar de sexo, que parece ser el único tema importante en la música pop de los últimos ¿30? años. ¿Qué mujer podría resistirse a eso?

Llegar a comprender el proceso por el que (casi) toda mujer lleva una groupie dentro es realmente complicado. En mi opinión, el sobreexceso de vacío disfrazado que recorre toda la cultura de masas de la segunda mitad del siglo XX y todo el XXI ha generado una curiosa reacción: en una especie de proceso de legitimación de la propia idiocia, las groupies crean elaboradísimas e increíbles interpretaciones para cada palabra que sale de la boca de su músico favorito (o de cualquiera a quien se quieran follar, según el caso). La forma en que la música actúa aquí como cómplice necesario pero a la vez inocente es bastante curiosa.

Son ya muchos los que han repetido que la música es, con toda probabilidad, el lenguaje más perfecto que existe, y a la vez el más intransitable de todos. El idioma más perfecto y cerrado que existe, que puede comprenderse por completo a través de la matemática, es el mismo capaz de expresar algunas cosas inefables que están reservadas sólo a él. La perversión es presuponer que cuando un artista no dice algo en realidad lo está diciendo de una manera infinitamente más sutil: eso es algo que puede hacer Bach, pero, entiéndanme, no Ismael Serrano ni Nacho Vegas. Quizá Bob Dylan en algunos momentos sí que haya conseguido hacerlo: curiosamente, y hasta donde yo sé, es uno de esos artistas que nunca se ha caracterizado por tener una gran estirpe de groupies simiescas arrojando sus bragas sobre el escenario. Lo cual es bastante comprensible: estaba hablando de cosas importantes.

En infinidad de casos, alguien que se dedica a la música lo hace porque ha asistido a conservatorio desde pequeño, posiblemente por “obligación” de sus padres. No hay nada misterioso, ni una vocación repentina que compita con la de San Agustín: sólo la fuerza de la costumbre. Algunos de ellos, a veces, aprenden a comunicarse de una manera completamente íntima a través de su instrumento, y ésos son los verdaderos músicos. Aprender el funcionamiento racional de una escala mayor y otra menor puede hacerse en quince minutos: la misma característica que convierte a la música en algo universal también la convierte en una herramienta perfecta para la manipulación sentimental. La recaudación de Titanic no habría sido ni la mitad de no haber sido por la espantosa y lacrimógena música de Horner. Hay discos enteros que parecen haber sido escritos en piloto automático. Un tipo capaz de tocar una pentatónica arriba y abajo pero que habla como un imbécil no es un diamante en bruto cual Aladdin con guitarra, un ser complejo y profundo al que hay que descifrar: es simplemente un imbécil. Detrás de la media sonrisa de venir de vuelta de todo no hay normalmente nada en absoluto: sólo unas ganas enormes de encantarse a sí mismo y de encantar a la señorita de turno. Y, por supuesto, ella va a estar encantadísima: lleva persiguiendo ídolos recreados, mentiras y vacíos con un énfasis impresionante desde que era una niña.

Lo mejor de todo es cuando además la groupie en cuestión decide revestir su ausencia de sesera con una especie de pose de dignidad, riot grrrl y otras actitudes que han envejecido peor que los pantalones de campana y la música de Cher. Obviamente, repiten el patrón en el que participan, de manera consciente o inconsciente: revestir una nada basada en la sexualidad más primitiva y mal disimulada con artificios y rebeliones se le daba bien a Rivette. A la mayoría de mujeres no. No cuela.

sevilla report | El Ministerio Fiscal ha solicitado hoy dos años de cárcel para cuatro de los seis integrantes del movimiento okupa detenidos ayer por intentar la ocupación simbólica del número 13 de la calle Pasaje Mallol, tras haber sido deslojado por la mañana el CSOA La Huelga.

Además, solicita que se les imponga una multa de 720 euros a cada uno por un presunto delito de lesiones a los policías que llevaron a cabo la detención. Los cuatro acusados serán juzgados en un juicio rápido que tendrá lugar en el Juzgado de lo Penal número 11 el próximo 31 de mayo.

Es toda la información que ha aparecido hoy en la prensa local sobre el caso del que os dábamos cuenta aquí ayer. Apenas con el añadido de la reproducción de alguno de los eslóganes que coreaban a la salida de los juzgados los simpatizantes que los esperaban a las puertas.

Como podéis comprobar fácilmente siguiendo los enlaces, emanada toda ella de un teletipo de una agencia informativa y sin enfrentar para nada a la otra versión de la noticia: la de los otros protagonistas. Todo un ejemplo de rigor informativo, sin duda.

Nosotros sí nos hemos molestado en hacerlo y os dejamos aquí el resultado en vídeo, para que con lo que ya sabéis por boca de los medios tradicionales y el documento que aquí aportamos, os podáis hacer una versión más aproximada a la realidad de cómo ocurrieron los hechos.

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