apuntes

«Sé hablar, pero pensar no»

Que no les engañen: en muchas ocasiones, ser un pedante es una cosa divertidísima. Especialmente si uno vive rodeado de una manada de autómatas disfrazados de seres humanos cuyo rostro muta en algo parecido a las caras de Bélmez en cuanto oye un par de neologismos o sobreesdrújulas.

Lo más curioso de todo es que los españoles hemos aceptado este estado de indigencia mental mayoritaria como algo de todo punto natural, casi necesario, en nuestro modelo de país, lo que da una idea de los graves problemas idiosincráticos que venimos arrastrando desde que fuimos el primer imperio fallido de la Historia.

También tenemos el problema de repetirnos una y otra vez la misma cosa hasta que la creemos cierta (¡y eso que sufrimos a la Legión Cóndor, lo que debería habernos servido como escarmiento!). Por ejemplo, en nuestras cabeceras informativas es fácil encontrar día sí, día también, ese mantra de que los jóvenes de hoy somos “la generación más preparada” e idioteces similares. Refutar esta afirmación es tan fácil como abrir cuatro o cinco cuentas de Facebook, Tuenti o Twitter al azar y contar el número de faltas de ortografía y cultura general por píxel cuadrado; en esto los alumnos no se diferencian mucho de sus propios profesores, a juzgar por los datos publicados recientemente por EL PAÍS. Si la educación en España tiene que ser «mejor» en algo —además de en inútiles patrañas pedagógicas—  gracias a la LOGSE, deberíamos construir entre todos un bote con tablas y hojas de platanero (¿sabríamos?) y esperar a encallar en un lugar muy lejano algún día.

El asunto es grave. Buena parte de la generación que ronda los veinte años es incapaz de enfrentarse a un texto medianamente serio y escrito con rigor. Simplemente, no lo entiende. Por supuesto, lo de que sus escritos parezcan redactados por personas mentalmente sanas podemos darlo por descartado. El trabajo del profesor de secundaria es ahora mayor, si cabe: antes de hacer cualquier otra cosa, hay que pasarse un cuarto de hora descifrando el proto-español del alumno, que parece que escribió el texto sin un solo signo de puntuación y al final los añadió un poco al azar, donde le pareció que quedaban bien. Supongo que podemos considerarlo una victoria pírrica para los defensores de la escritura automática y un revolcón en sus tumbas para James Joyce y Miguel Delibes.

Sin embargo, la incapacidad para la redacción es síntoma de un problema mucho más serio: la incapacidad para pensar. Sobre las relaciones entre pensamiento abstracto y lengua se ha pensado casi desde el inicio mismo de la filosofía, y los apriorismos kantianos son una de sus manifestaciones más establecidas: no sabemos pensar fuera de ciertos «parámetros» que nos brinda nuestro propio idioma. Es la razón por la que yo encontraría ciertos problemas para describir la nieve de la misma manera que un inuit. Él probablemente tendría que hacer un esfuerzo por aprender «gazpacho».

¿De dónde viene, pues, esta incapacidad para pensar? ¡Correcto! La televisión. O, más bien, la omnipresencia del discurso televisivo oral. Toma pedantería. Para entenderlo mejor, piensen en una película cualquiera, o incluso en sus propios diálogos con sus amigos. El discurso oral en la vida diaria sigue un hilo gramatical bastante libre: dejamos frases a la mitad, cambiamos constantemente de asunto, nos interrumpen o nos interrumpimos, etcétera. Y ahora piensen en una película española contemporánea «al uso», esto es, bastante mala: ¿no notaron nunca la rigidez del discurso de los personajes? Hace años que el español de nuestro cine suena agarrotado y anquilosado, quijotesco en el mal sentido (de esto se quejaba mucho Vicente Aranda), y en el resto de los casos es directamente hortera y desagradable (la filmografía de Mario Casas y las películas de Alberto Rodríguez andará por aquí). Esa sensación nos sobreviene porque el guión es demasiado «literario», casi forzando a la declamación más que a la interpretación metódica, lo que se une a la evidente falta de talento de la mayoría de actores de nuestro tiempo. Como viene siendo costumbre, lo estamos haciendo al revés.

Los reality shows, la prensa del corazón («Putón Verbenero ha sido vista en actitud romántica con un guapo empresario italiano pasando un tórrido fin de semana en la Costa Azul francesa») y la desaparición de los libros obligatorios en las estanterías de las casas ha conseguido que, literalmente, hablemos como pensamos. Ese axioma de la libertad de la expresión. Lo malo, en este caso, es que lo de decir lo que uno piensa sólo funciona bien cuando uno piensa algo que merece la pena decir.

Y así, por arte de birlibirloque (¡pedante!), acaso antitéticamente (veo una muchedumbre con antorchas dirigirse hacia mí al grito de «¡pedantón al paredón!»), acabaré con una recomendación: sean pedantes. Digan palabras de muchas sílabas, joder, que no somos ingleses ni tenemos prisa. ¿O es que llegamos tarde a trabajar? Huyan de los adverbios en –mente, eso sí, que son un horror, pero usen el hipérbaton y la sinécdoque y la analepsis y el condensador de fluzo. Pero, sobre todo, sean pedantes sólo si pueden permitírselo. De imitadores cutres, bon vivants de pacotilla y posers de todo tipo ya tenemos más que suficiente en nuestro mundo.

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