apuntes

De cómo don Quijote jugó al capitalismo

R. llega tarde. El bochorno sevillano cae a plomo sobre el asfalto y los cogotes desprevenidos, y los camareros recogen los toldos y esperan sudorosos que corra un poco de aire. Hemos quedado en vernos en una céntrica cafetería de Sevilla. Aparece siempre con mochila a la espalda y aspecto cuidado, como un Tintín que acaba de bajarse de un tren de Interrail. Algunas canas empiezan a adornar su cabello, aunque su rostro delata que apenas supera la treintena. R. es un hombre hecho a sí mismo; un emprendedor, como diría Bárcenas.

Como buen hombre de negocios, R. es intermediario. Mueve sustancias de dudosa legalidad y sus pingües beneficios pecuniarios en un mundo que ya no conoce fronteras, al menos en lo que respecta a lo económico. Aunque es probable que me mienta para no resultar demasiado escandaloso, afirma que el capital total que ha amasado en los últimos años ronda el medio millón de euros. “Hay quien hasta para hacer negocios sucios se comporta como clase obrera”, apostillo. En tiempos en que la corrupción, rampante por nuestra piel de toro cual caballo de Atila, nos deja perlas como que los empresarios que aparecen en los papeles de Bárcenas podrían haber recibido hasta 2.500 millones de euros por contratas de imparcialidad cuestionable, medio millón parece un atraco a una frutería. Obviamente, no lo es.

R. ha pisado trullo y ha huido de la policía con el carrito del helado, pero en sus palabras se oye aún el deje inocente de quien piensa que jugar en el borde de lo legal es de alguna manera contestatario; hace mucho tiempo, sin embargo, que los vacíos legales derivados de una realidad transnacional son el terreno de juego preferido de los agentes económicos mundiales. De los legales y de los que no lo son tanto. Según una información que ha sacado a la luz recientemente la confederación internacional de periodistas de investigación, un tercio de toda la riqueza mundial (piensen atentamente en esta cifra, porque cuanto más se piensa más brutal es) se encuentra actualmente “escondida” en paraísos fiscales, bajo el celoso cuidado de las leyes de secreto bancario.

Sonríe sardónico cuando le pregunto si él también guarda su dinero en Suiza, como el héroe nacional de los últimos tiempos. “Algo tengo en Suiza, claro”, responde, “pero la mayor parte la guardaba en Chipre. El día que estalló el rescate de Chipre estuve a punto de perder el 40% de mi dinero”. Cogió un avión en cuanto se enteró por la prensa y acampó frente a la puerta de una de las sucursales del banco hasta que, antes del horario oficial de apertura, pudo “resolver la situación” con el director de la misma. Pocas horas después, su dinero volvía íntegro a España dentro de un hermoso maletín de cuero. Y el corralito para los demás.

Pero ése fue solo el primer paso. El límite que impuso Nicosia de no poder sacar más de cien euros diarios de las cuentas corrientes le dio una idea. “Yo quería que la gente pudiera tener más dinero, o creyese tenerlo, pero sin tenerlo”. Pues a Internet, que es el sitio donde mejor existen las cosas que no existen. “Bitcoin era la opción fácil, estaba explotando y el dinero desaparecía”. El flujo de dinero líquido estaba prácticamente paralizado, pero no se habían bloqueado las transacciones con tarjeta. El método era sencillo: los chipriotas pagaban a través de cuentas de Paypal (otra máquina de hacer desaparecer dinero sucio) o, en el caso de los afortunados que tuviesen suficiente efectivo, las transacciones se hacían allí mismo; entregaban el dinero en mano, que iba a parar a una de las cuentas de R., y él los intercambiaba por unos bitcoins que había comprado tiempo antes y a los que les estaba sacando un innegable rédito: comprados alrededor de los treinta dólares, vendidos por más de doscientos. Ley de oferta y demanda. La crisis chipriota propició la subida más espectacular en el precio del bitcoin, que hasta la fecha no ha sido igualada. De hecho, se espera que a finales de año el precio de un bitcoin no supere los 140 dólares.

Si el dinero tiene desde siempre un valor arbitrario y simbólico, acordado socialmente, en la era de Internet este contrato social parece haber ido disolviéndose hasta evaporarse. Herramientas como Bitcoin y Paypal han sido aplaudidas por el capital financiero, que agradece siempre nuevas herramientas para que el dinero fluya(probablemente no pasaría mucho si en su lugar dijésemos huya). Aquella máxima de perseguir el dinero que pregonaban en The Wire, tan válida hoy como entonces no sólo para los Estados sino también para los periodistas, se vuelve cada vez más difícil. El paper trail desaparece en la era de los logs controlados por empresas privadas y protegidos por el derecho a la privacidad en las comunicaciones; y ahora el dinero también puede desaparecer. Billetes negros que se vuelven transparentes, cuyo valor cambia cada día de una manera imposible de predecir, pero eso sí, muy lucrativa para quien sabe jugar.

Cuando le planteo mis dudas a R., recibo más sonrisas sardónicas por respuesta. “¿Qué esperas que haga, que trabaje catorce horas cada día y vuelva a casa con el único deseo de dormir para volver a repetir la misma rutina al día siguiente? Lo que yo hago es básicamente el mismo trabajo del banquero;  él ni siquiera se juega su integridad ni su libertad con lo que hace, y se lucra el triple que yo”. Me cuenta que, durante su episodio en el corralito chipriota, el director de la sucursal bancaria le ofreció “solucionar el asunto” fuera de los circuitos oficiales a cambio de un 5% de la cantidad total que fuera a viajar en el maletín. Y que tuvo que dárselo, claro. “Costes del negocio”, afirma. Me mira y guarda silencio. Es probable que esté pensando en lo mismo que yo, y seguramente con más conocimiento de causa: qué enorme cantidad de mierda humana cae en el saco de los costes del negocio.

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