apuntes, cine

Se acaba el batido

Que Paul Thomas Anderson es uno de los cineastas americanos más interesantes de la actualidad es algo que pocos discuten a estas alturas. Muchos de ustedes le conocerán por haber dirigido Magnolia (1999), la única película en que Tom Cruise le llegó a parecer buen actor a algunas personas (por desgracia, no fue mi caso). Ha llegado a hacer lo imposible: dirigir una comedia romántica que se puede ver sin vomitar arco iris y sentir vergüenza por haber querido escribir guiones alguna vez. Por supuesto, hablo de Punch-Drunk Love, y que es una de las mejores películas de su género lo podemos saber a ciencia cierta porque Carlos Boyero, el hombre que escribe sus críticas antes de entrar en la sala de cine, la calificó como “una memez aún más pretenciosa que kafkiana”. El día que encuentre la manera de describir su opinión cinematográfica le explota la mano. Y contemplarlo sería mejor para la salud mental que leer la inmensa mayoría de sus críticas.

Es posible, sin embargo, que sea Pozos de Ambición (2007) la que sin duda consagra a Thomas Anderson como visionario, no sólo en lo que atañe al celuloide sino incluso en lo histórico; aunque bien es cierto que el colapso que comenzó en 2008 estaba ahí desde mucho antes de que ocurriese para los ojos de cualquiera que quisiera mirar. Se me ocurrió la idea la otra noche, cuando intentaba explicarle a un amigo los trasvases mundiales de dinero, ahí es nada, usando de dos vasos de cerveza prácticamente vacíos; llámenme héroe nacional, no me lo merezco. Mientras el espumoso líquido iba y venía entre ambos vasos hasta quedar todo en uno solo (¡qué sorpresa!) convertido en forma de líquido cervecil de dudosa textura, en mi cabeza resonaron las palabras: I drink your milkshake. I drink it up!. Y algo hizo clic.

Es cierto que en la película juega un papel fundamental el elemento religioso, pero ignorémoslo por el momento, que para eso la interpretación es libre. La película de Anderson, basada en la obra Oil! de Upton Sinclair, recorre un amplio arco temporal, que abarca casi una generación completa (unos treinta años),  en el que se hace un repaso por una de las raíces fundamentales del árbol social norteamericano: la fiebre del petróleo de finales del siglo diecinueve y principios del veinte. Me permito citar aquí, en traducción aproximada, al periodista americano Richard Shickel, que en su crítica para la revista Time afirmaba que la película mostraba“el espíritu americano y sus enloquecedoras ambigüedades: ruin y noble, agrio y reservado, hipócrita y algo más que un poco loco en sus aspiraciones”.

En todo caso, la poderosa y sencilla metáfora del batido y la pajita explica con claridad la manera en que, desde el comienzo de la fiebre desreguladora de los ochenta, con su punto álgido en la derogación por parte de la administración Clinton de la Glass-Steagall Act en el año 1999, el capital financiero ha venido extrayendo el flujo de dinero de los ahorradores, basado sobre todo en las rentas del trabajo; el batido de los consorcios económicos se va rellenando continuamente y el capital puede beber hasta saciarse, pero llega un momento en que en el vaso del trabajador ya no queda nada, y el pequeño poso de batido del dinero se retroalimenta hasta hacer burbujitas y calentarse y claro, eso ya no hay quien se lo beba. Bienvenidos a 2013.

Yendo más allá en la imaginación, podría ocurrir incluso que Daniel Plainview hubiera fundado una compañía petrolífera que todavía hoy siguiera viva y en buen estado de forma. Ford fue fundada en 1903. Monsanto (gigante de la industria alimentaria) en 1901. La Coca Cola se introdujo por primera vez en 1886. Associated Oil también en 1901. Así pues, la raíz industrial sigue viva y fuerte y alimentando al árbol de la economía global. Esta tendencia a la perpetuación en el poder también aparece, aunque más de refilón, en una de las mejores series jamás producidas para televisión, Deadwood (David Milch, 2004), emitida en HBO.

Aquí el espectro es más amplio. La intención de Milch es construir un microcosmos fundacional para explicar a pequeña escala, que siempre se entiende mejor, cómo se tejen las redes de poder y de control y cómo esta organización proviene siempre de la conducta social humana más básica y cuasi-animal. Y para ello, nada mejor que otro período de “enloquecedora ambigüedad” de la historia norteamericana: la fiebre del oro, la conquista del oeste y la pelea por los pequeños núcleos de población de evolucionar en organización social para atraer la llegada del ferrocarril a sus poblaciones para poder prosperar. Es curioso comprobar cómo la existencia de un sheriff aceptado por la comunidad, que no deja de ser la expresión básica de una suerte de contrato social, se considera cuasi imprescindible, y que —cómo no— los asuntos de Estado se resuelven entre el bar y el burdel. La banca aparece de la nada allá donde aparece el dinero, siempre de la mano de las familias adineradas que, a la aventura, eran las que podían prestar dinero. Incluso hace una breve aparición el cuarto poder, que ya a veces anda más preocupado de caer bien a unos y a otros que de lo que pasa.

El resto es historia. Para ver cómo esa maquinaria mínima de ordenamiento social se ha convertido en el monstruo económico bajo la papada del cual respiramos, cómo estos árboles de poder se han ido destroncando en multitud inenarrable de ramas que han ido apresando lentamente al mundo entero, también podemos terminar acudiendo a otra serie de televisión: Secret State (Ed Fraiman, 2012). Aunque esta vez ambientado en Reino Unido, y a pesar de su ingenuidad y cierto maniqueísmo en los planteamientos, estos cuatro capítulos sirven para ayudar a hacernos una idea de hasta qué punto ya apenas queda nada de batido en el vaso del capital financiero, y de cómo las burbujas no sólo están ya calientes sino que además están empezando a oler fatal. Como reza el título original de Pozos de Ambición, mucho más visionario —2007, recordemos— que en su traducción española: There will be blood.

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