Algunos poemas míos

EL POZO

Está cubierto ya por la verdina,
he tirado una piedra y el silencio
un golpe seco da como respuesta.
En las tardes de mayo las mujeres
vinieron con sus cubos agrietados
a llenar los barreños para lavar las niñas.
A escondidas un beso de noche de San Juan
guarda como un secreto aún. También
cuentan las viejas que aquí un niño
murió, y ahora mi piedra es parte de su tumba.
No hay ninguna historia en la verdina húmeda,
y sin embargo aún huele a puchero y a verbena
el polvo que levantan las botas de mi abuelo,
que son también las mías, que vuelven a este pozo.
Ya tiraron la casa de Mercedes. Al jardín
ha venido corriendo mi yo de siete años.
Ha robado unos nísperos y ahora
se sienta, divertido, mira dentro del pozo
y se marcha camino de la panadería.
Pero la panadera es una sombra
y yo también lo soy y ya me marcho
por la vereda aquella de detrás
de los olivos que ya nadie varea.
Prometo no decirle al niño aquel
que cuando vuelva no quedarán nísperos;
se manchará de polvo las manos en el pozo
con la nostalgia de arrojar las piedras.

PAULO OROSIO

Es una casa antigua, la calle Paulo Orosio,
es el hormigón frío y una foto del viejo.
En la foto del viejo chirría una cigarra,
y está él sonriente, y está el sol de agosto.
En ella no estoy yo, no lo estoy, y le sigo,
le sigo y no le alcanzo, se va, se va dejando
su voz profunda en el hormigón frío y las cigarras,
me está diciendo algo, le sigo, no le alcanzo.
Contemplé aquella foto de niño y ahora miro
mi yo de nueve años que le sigue y es nada,
es nada él, y yo, y aquella foto,
y el viejo está parado y sonríe a la cámara,
diciéndome, hijo mío, verás la foto un día
y me perseguirás, y me habré ido.
Me quedo en las esquinas, en el hormigón fresco.
No me persigas más, que estoy en las cigarras.
si escuchas, en agosto, oirás mi voz profunda.
y me verás corriendo, feliz, entre las calles.

VIII

El viento zarandea los arbustos
quejándose, irascible, entre las ramas.
Apenas queda vida en este campo:
dos o tres perros flacos, un conejo extraviado,
un gato atropellado al borde del camino.
En otro tiempo fue tierra de caza;
de vez en cuando iban los pastores
con voz autoritaria y mano ancha,
y otras veces el fuego y el olor de las migas
y el olor a aguardiente de los días de caza.
Ahora el viento busca una respuesta
y sólo escucha el eco.
Algunas veces pasa algún coche extraviado
y el ruido del motor irrumpe en el vacío,
pero se pasa pronto. La noche continúa.

1994

Es una casa de hule y de café,
de mesa en la cocina y el periódico,
la lata de galletas oxidada.
El invierno es el cisco y es mi abuela
cantando coplas mientras hace punto,
y el verano deshecho como trozos de pan
que remoja el abuelo para hacer el gazpacho.
Es una noche como cualquier otra,
de grillos insistentes. La luz
de una vela apagada de pronto en el pasillo
y mi madre diciendo “que se ha muerto el abuelo”
sin saber que la oigo.
Luego más voces, llantos, el pasillo
frenético, el chirrido de una mecedora,
y se hace de día y hay un fuego invisible
que quema los sillones, las cortinas.
Y sale el sol y es el mismo otra vez
y también el café y el hule azul.
Por última vez salgo. El hierro gris
de la puerta parece madera apuntalada.

COLEGIO

Ha crecido la parra en el colegio.
Sus hojas han cubierto ya las grietas
y ofrecen su cobijo y fresca sombra.
Bien conoce el albero mis caídas,
después correr de nuevo y no cansarse.
Como los viejos pinos, que bailaban
apenas con mirarlos, voy sumando
inviernos a mi espalda. Ese niño
estrenaba los años, y su madre
abrochaba el botón de la camisa.
Ahora crece la parra. Aquellos pinos
van tocando otra vez su melodía,
y todo canta a coro. Hay un rincón
donde mirar de nuevo. Brotan ramas
que guardan el calor de un sol antiguo.

LAS NARANJAS

Como pesadas recuas que han dejado
entre los barros secos su andadura,
adivino el olor del cisco largo,
de las tardes aquéllas encendidas.
Hoy está lejos el jarrón azul,
la foto en blanco y negro de mi abuela,
la leche hirviendo en el perol de lata.
Dadme aquel pueblo, las callejas lentas
de casas encaladas por un frío
que siento que no arrecia. Todo parte
por una sombra antigua. Las naranjas
que recogí de niño siguen dando
su zumo dulce y agrio como entonces.

11 thoughts on “Algunos poemas míos

  1. …me gusta, simplemente: esto que escribes me gusta mucho.
    acabo de llegar aquí, no sé de donde, y solo se me ocurre decir eso.

    me gusta mucho su cadencia, su aroma: tus versos son como el otoño.

    no lo dejes, yo no dejaré de pasar por aquí.

  2. Leo tus poemas y la verdad es que me dejan algo perplejo. No me atrevía a comentarlos pero siempre hay que vencer la verguenza.

    Me gustan y me impresionan mucho. Estoy decidido a leerme tu libro. Ya me gustaría a mí escribir como tú…

    Saludos…

  3. Monkeastman dice:

    Yo no soy venezolana, ni estoy enamorá de tí, pero reconozco cuando hay…madera?. Sé que te parecerán imperfectos, que tienes que pulirlos, reducirlos, cambiarlos, pero, dáte un respiro. Me gustan. No esperaba ése realismo en tí, o, por lo menos, tan acentuado.”Paulo Orosio” me ha encantado, casi cierro los ojos y se me aparecen mis presencias perdidas. No me atreveré a darte ningún consejo, quizá solo ésto: Persevera.

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