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De cómo don Quijote jugó al capitalismo

R. llega tarde. El bochorno sevillano cae a plomo sobre el asfalto y los cogotes desprevenidos, y los camareros recogen los toldos y esperan sudorosos que corra un poco de aire. Hemos quedado en vernos en una céntrica cafetería de Sevilla. Aparece siempre con mochila a la espalda y aspecto cuidado, como un Tintín que acaba de bajarse de un tren de Interrail. Algunas canas empiezan a adornar su cabello, aunque su rostro delata que apenas supera la treintena. R. es un hombre hecho a sí mismo; un emprendedor, como diría Bárcenas.

Como buen hombre de negocios, R. es intermediario. Mueve sustancias de dudosa legalidad y sus pingües beneficios pecuniarios en un mundo que ya no conoce fronteras, al menos en lo que respecta a lo económico. Aunque es probable que me mienta para no resultar demasiado escandaloso, afirma que el capital total que ha amasado en los últimos años ronda el medio millón de euros. “Hay quien hasta para hacer negocios sucios se comporta como clase obrera”, apostillo. En tiempos en que la corrupción, rampante por nuestra piel de toro cual caballo de Atila, nos deja perlas como que los empresarios que aparecen en los papeles de Bárcenas podrían haber recibido hasta 2.500 millones de euros por contratas de imparcialidad cuestionable, medio millón parece un atraco a una frutería. Obviamente, no lo es.

R. ha pisado trullo y ha huido de la policía con el carrito del helado, pero en sus palabras se oye aún el deje inocente de quien piensa que jugar en el borde de lo legal es de alguna manera contestatario; hace mucho tiempo, sin embargo, que los vacíos legales derivados de una realidad transnacional son el terreno de juego preferido de los agentes económicos mundiales. De los legales y de los que no lo son tanto. Según una información que ha sacado a la luz recientemente la confederación internacional de periodistas de investigación, un tercio de toda la riqueza mundial (piensen atentamente en esta cifra, porque cuanto más se piensa más brutal es) se encuentra actualmente “escondida” en paraísos fiscales, bajo el celoso cuidado de las leyes de secreto bancario.

Sonríe sardónico cuando le pregunto si él también guarda su dinero en Suiza, como el héroe nacional de los últimos tiempos. “Algo tengo en Suiza, claro”, responde, “pero la mayor parte la guardaba en Chipre. El día que estalló el rescate de Chipre estuve a punto de perder el 40% de mi dinero”. Cogió un avión en cuanto se enteró por la prensa y acampó frente a la puerta de una de las sucursales del banco hasta que, antes del horario oficial de apertura, pudo “resolver la situación” con el director de la misma. Pocas horas después, su dinero volvía íntegro a España dentro de un hermoso maletín de cuero. Y el corralito para los demás.

Pero ése fue solo el primer paso. El límite que impuso Nicosia de no poder sacar más de cien euros diarios de las cuentas corrientes le dio una idea. “Yo quería que la gente pudiera tener más dinero, o creyese tenerlo, pero sin tenerlo”. Pues a Internet, que es el sitio donde mejor existen las cosas que no existen. “Bitcoin era la opción fácil, estaba explotando y el dinero desaparecía”. El flujo de dinero líquido estaba prácticamente paralizado, pero no se habían bloqueado las transacciones con tarjeta. El método era sencillo: los chipriotas pagaban a través de cuentas de Paypal (otra máquina de hacer desaparecer dinero sucio) o, en el caso de los afortunados que tuviesen suficiente efectivo, las transacciones se hacían allí mismo; entregaban el dinero en mano, que iba a parar a una de las cuentas de R., y él los intercambiaba por unos bitcoins que había comprado tiempo antes y a los que les estaba sacando un innegable rédito: comprados alrededor de los treinta dólares, vendidos por más de doscientos. Ley de oferta y demanda. La crisis chipriota propició la subida más espectacular en el precio del bitcoin, que hasta la fecha no ha sido igualada. De hecho, se espera que a finales de año el precio de un bitcoin no supere los 140 dólares.

Si el dinero tiene desde siempre un valor arbitrario y simbólico, acordado socialmente, en la era de Internet este contrato social parece haber ido disolviéndose hasta evaporarse. Herramientas como Bitcoin y Paypal han sido aplaudidas por el capital financiero, que agradece siempre nuevas herramientas para que el dinero fluya(probablemente no pasaría mucho si en su lugar dijésemos huya). Aquella máxima de perseguir el dinero que pregonaban en The Wire, tan válida hoy como entonces no sólo para los Estados sino también para los periodistas, se vuelve cada vez más difícil. El paper trail desaparece en la era de los logs controlados por empresas privadas y protegidos por el derecho a la privacidad en las comunicaciones; y ahora el dinero también puede desaparecer. Billetes negros que se vuelven transparentes, cuyo valor cambia cada día de una manera imposible de predecir, pero eso sí, muy lucrativa para quien sabe jugar.

Cuando le planteo mis dudas a R., recibo más sonrisas sardónicas por respuesta. “¿Qué esperas que haga, que trabaje catorce horas cada día y vuelva a casa con el único deseo de dormir para volver a repetir la misma rutina al día siguiente? Lo que yo hago es básicamente el mismo trabajo del banquero;  él ni siquiera se juega su integridad ni su libertad con lo que hace, y se lucra el triple que yo”. Me cuenta que, durante su episodio en el corralito chipriota, el director de la sucursal bancaria le ofreció “solucionar el asunto” fuera de los circuitos oficiales a cambio de un 5% de la cantidad total que fuera a viajar en el maletín. Y que tuvo que dárselo, claro. “Costes del negocio”, afirma. Me mira y guarda silencio. Es probable que esté pensando en lo mismo que yo, y seguramente con más conocimiento de causa: qué enorme cantidad de mierda humana cae en el saco de los costes del negocio.

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El recuerdo colectivo

La programación de Canal Cocina sigue siendo una inspiración fantástica en lo que respecta a este malestar generalizado, cultural y sociológico, del que hablaba Freud y que aún hoy cae, como relente fino al borde del amanecer, sobre las cabezas del mundo occidental. En uno de esos programas que reponen a las cinco y media de la mañana oí a la presentadora del programa afirmar que iba a añadir unas hojas de albahaca al plato porque, en sus palabras, “nos traen recuerdos de Italia”. Y yo, que nunca he estado en Italia, me puse a pensar.

El conjunto de la existencia humana como “ente social”, más allá de las fronteras del Estado-nación —hoy ya en crisis irreversible—, se ha convertido en una práctica determinada de manera definitiva por los parámetros culturales; no es más que una consecuencia directa y lógica de esa nueva manera de organizar la vida en sociedad a la que conocemos como sociedad de la información (para llegar a la sociedad del conocimientoparece que todavía nos falta un buen rato, visto lo visto) y que autores como Manuel Castells han definido también como sociedad-red.

Parece, pues, sorprendente la elección de términos. Es cierto que, a diferencia de los iconos, que tienen una relación completamente arbitraria con su referente —¿por qué el color ámbar de un semáforo significa que tengamos precaución o paremos, según el caso?—, las prácticas gastronómicas han de tener a la fuerza una relación con las personas que las practican. Sin embargo, para los que somos espectadores de culturas ajenas, también hay ciertas asunciones, prejuicios si se quiere, que asumimos de manera natural y arbitraria. Italia y la albahaca, India y el curry, Marruecos y el Ras el Hanout, etcétera. Pero la naturalidad con la que los chefs de hoy en día cogen un plato de salmorejo, le añaden un trozo de atún crudo y afirman que “nos recuerda a Japón” denota un paso más allá en la prevalencia del hecho cultural sobre la realidad misma.

Tradicionalmente, la memoria se ha venido considerando como reducto último de subjetividad irreplicable; al cabo, lo único que podemos añadir al mundo que no tenga aún es aquello que emana de la propia y personal existencia, es decir, nuestra memoria y nuestra experiencia. No en vano gran cantidad de artistas y pensadores han hecho alegatos en contra del uso de la tercera persona como dispositivo narrativo por considerarlo una trampa; como dice el verso de Enrique García-Máiquez, “cuento mi vida, pero lees la tuya”. También hay posturas más radicales, como la del colombiano Fernando Vallejo, que se desmarca de la siguiente manera: “¡Al diablo con Dostoievsky, Balzac, Flaubert, Eça de Queiroz, Julio Verne, Cronin, Zola, Blasco Ibáñez y todos, todos, todos los narradores omniscientes de todas las dañinas novelas de tercera persona que tanto mal les han hecho a los zafios llenándoles de humo los aposentos vacíos de sus cabezas! ¡Novelitas de tercera persona a mí, narradorcitos omniscientes! ¡Majaderos, mentecatos, necios!”.

Como no quiero convertirme en el señor de la boutade, que para eso ya tenemos a Sánchez Dragó, volvamos a lo importante. La reconfiguración de la memoria en un hecho cultural transnacional es innegable; la supremacía de la experiencia subjetiva se diluye entre el aluvión de fuentes contrastables que circula por la red,  y a su vez la propia realidad se convierte en un discurso colectivo, en un acuerdo entre los miembros de un grupo social cada vez más permeable; se condiciona así de manera determinista la experiencia subjetiva, llegando a anularla por completo en muchos casos. Esto es la extensión natural de otro concepto que comenzó a desarrollarse a principios del siglo pasado: el de la memoria colectiva, que el francés Maurice Halbwachs comenzó a tratar en la década de los veinte, aunque no sería hasta los cincuenta cuando publicase su obra La mémoire collective.

Así pues, es probablemente hora de que nos replanteemos la vigencia de algunos términos, o al menos de la manera que tenemos de usarlos. En primer lugar, hemos de hacer una redefinición de los grupos sociales, liberándoles de una vez por todas de las ataduras de un modelo de estudio sociológico, basado en el Estado romántico, que demuestra cada día no tener ya más recorrido. De hecho, parte de la incapacidad delestablishment sociológico y político para responder de manera adecuada a las presiones del capital financiero mundial tienen su base precisamente en esta situación: la política nacional todavía no quiere admitir que no tiene capacidad de ser un elemento de control de los flujos de dinero simplemente porque éste juega en un terreno mucho más grande —y con menos reglas—.

También quienes están al cuidado de contar lo que pasa, principalmente periodistas e historiadores, han de replantearse algunos de sus métodos. Internet ha cambiado para siempre la manera de escribir la historia, no sólo por la multiplicación de las fuentes ya mencionada, sino también por la omnidireccionalidad entrópica del flujo informativo y su endiablada adicción al instante. La labor del cronista que deja pasar el tiempo parece ir quedando relegada a un segundo plano, aunque no por esto deja de ser —quizá la más— imprescindible. Pero la dimensión de la Historia como un constante “estarse haciendo” y “estar autoevaluándose” cobra cada vez más relevancia.

Todo parece indicar que habrá que andar el camino hacia una ciudadanía global, aunque esté aún por asfaltar. Los cambios de pensamiento, en muchas ocasiones imperceptibles si miramos a escala global o fuera de contextos temporales, se están produciendo en cascada. La reconfiguración de la organización social que se viene produciendo en España, sobre todo a raíz del 15M, es una señal clara del espíritu de los tiempos.

Corremos el peligro de que, si no es a través de esta nueva ciudadanía transfronteriza, el proceso de creación de una “memoria colectiva global” acabe siendo uno dirigido. En esta dirección van los múltiples intentos de los últimos años por parte de los Estados con la intención de controlar la ciudadanía digital en cualquiera de sus formas. Y en ello están. De nosotros depende ahora dejarles que lo hagan.

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Se acaba el batido

Que Paul Thomas Anderson es uno de los cineastas americanos más interesantes de la actualidad es algo que pocos discuten a estas alturas. Muchos de ustedes le conocerán por haber dirigido Magnolia (1999), la única película en que Tom Cruise le llegó a parecer buen actor a algunas personas (por desgracia, no fue mi caso). Ha llegado a hacer lo imposible: dirigir una comedia romántica que se puede ver sin vomitar arco iris y sentir vergüenza por haber querido escribir guiones alguna vez. Por supuesto, hablo de Punch-Drunk Love, y que es una de las mejores películas de su género lo podemos saber a ciencia cierta porque Carlos Boyero, el hombre que escribe sus críticas antes de entrar en la sala de cine, la calificó como “una memez aún más pretenciosa que kafkiana”. El día que encuentre la manera de describir su opinión cinematográfica le explota la mano. Y contemplarlo sería mejor para la salud mental que leer la inmensa mayoría de sus críticas.

Es posible, sin embargo, que sea Pozos de Ambición (2007) la que sin duda consagra a Thomas Anderson como visionario, no sólo en lo que atañe al celuloide sino incluso en lo histórico; aunque bien es cierto que el colapso que comenzó en 2008 estaba ahí desde mucho antes de que ocurriese para los ojos de cualquiera que quisiera mirar. Se me ocurrió la idea la otra noche, cuando intentaba explicarle a un amigo los trasvases mundiales de dinero, ahí es nada, usando de dos vasos de cerveza prácticamente vacíos; llámenme héroe nacional, no me lo merezco. Mientras el espumoso líquido iba y venía entre ambos vasos hasta quedar todo en uno solo (¡qué sorpresa!) convertido en forma de líquido cervecil de dudosa textura, en mi cabeza resonaron las palabras: I drink your milkshake. I drink it up!. Y algo hizo clic.

Es cierto que en la película juega un papel fundamental el elemento religioso, pero ignorémoslo por el momento, que para eso la interpretación es libre. La película de Anderson, basada en la obra Oil! de Upton Sinclair, recorre un amplio arco temporal, que abarca casi una generación completa (unos treinta años),  en el que se hace un repaso por una de las raíces fundamentales del árbol social norteamericano: la fiebre del petróleo de finales del siglo diecinueve y principios del veinte. Me permito citar aquí, en traducción aproximada, al periodista americano Richard Shickel, que en su crítica para la revista Time afirmaba que la película mostraba“el espíritu americano y sus enloquecedoras ambigüedades: ruin y noble, agrio y reservado, hipócrita y algo más que un poco loco en sus aspiraciones”.

En todo caso, la poderosa y sencilla metáfora del batido y la pajita explica con claridad la manera en que, desde el comienzo de la fiebre desreguladora de los ochenta, con su punto álgido en la derogación por parte de la administración Clinton de la Glass-Steagall Act en el año 1999, el capital financiero ha venido extrayendo el flujo de dinero de los ahorradores, basado sobre todo en las rentas del trabajo; el batido de los consorcios económicos se va rellenando continuamente y el capital puede beber hasta saciarse, pero llega un momento en que en el vaso del trabajador ya no queda nada, y el pequeño poso de batido del dinero se retroalimenta hasta hacer burbujitas y calentarse y claro, eso ya no hay quien se lo beba. Bienvenidos a 2013.

Yendo más allá en la imaginación, podría ocurrir incluso que Daniel Plainview hubiera fundado una compañía petrolífera que todavía hoy siguiera viva y en buen estado de forma. Ford fue fundada en 1903. Monsanto (gigante de la industria alimentaria) en 1901. La Coca Cola se introdujo por primera vez en 1886. Associated Oil también en 1901. Así pues, la raíz industrial sigue viva y fuerte y alimentando al árbol de la economía global. Esta tendencia a la perpetuación en el poder también aparece, aunque más de refilón, en una de las mejores series jamás producidas para televisión, Deadwood (David Milch, 2004), emitida en HBO.

Aquí el espectro es más amplio. La intención de Milch es construir un microcosmos fundacional para explicar a pequeña escala, que siempre se entiende mejor, cómo se tejen las redes de poder y de control y cómo esta organización proviene siempre de la conducta social humana más básica y cuasi-animal. Y para ello, nada mejor que otro período de “enloquecedora ambigüedad” de la historia norteamericana: la fiebre del oro, la conquista del oeste y la pelea por los pequeños núcleos de población de evolucionar en organización social para atraer la llegada del ferrocarril a sus poblaciones para poder prosperar. Es curioso comprobar cómo la existencia de un sheriff aceptado por la comunidad, que no deja de ser la expresión básica de una suerte de contrato social, se considera cuasi imprescindible, y que —cómo no— los asuntos de Estado se resuelven entre el bar y el burdel. La banca aparece de la nada allá donde aparece el dinero, siempre de la mano de las familias adineradas que, a la aventura, eran las que podían prestar dinero. Incluso hace una breve aparición el cuarto poder, que ya a veces anda más preocupado de caer bien a unos y a otros que de lo que pasa.

El resto es historia. Para ver cómo esa maquinaria mínima de ordenamiento social se ha convertido en el monstruo económico bajo la papada del cual respiramos, cómo estos árboles de poder se han ido destroncando en multitud inenarrable de ramas que han ido apresando lentamente al mundo entero, también podemos terminar acudiendo a otra serie de televisión: Secret State (Ed Fraiman, 2012). Aunque esta vez ambientado en Reino Unido, y a pesar de su ingenuidad y cierto maniqueísmo en los planteamientos, estos cuatro capítulos sirven para ayudar a hacernos una idea de hasta qué punto ya apenas queda nada de batido en el vaso del capital financiero, y de cómo las burbujas no sólo están ya calientes sino que además están empezando a oler fatal. Como reza el título original de Pozos de Ambición, mucho más visionario —2007, recordemos— que en su traducción española: There will be blood.

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La marca Tú

La mercantilización en las sociedades occidentales ha sido un lento pero imparable proceso que vive en los tiempos presentes muchas de sus horas álgidas. El objeto de consumo ha sido superado, en muchas ocasiones, por la entidad de consumo, quedando lejos de la visión pragmática y considerando el objeto como un hecho significante en cuanto a su relación con el poseedor. Por hacerlo un poco más comprensible, somos lo que consumimos.

Esta significación del objeto subjetivado, que sólo adquiere importancia en cuanto a su relación con el poseedor —ya que hablamos de cosas fabricadas en serie y vendidas a gran escala por todo el mundo—,  posee una de las cualidades que más se valoran en la mentalidad económica del capitalismo: es única. Posee la originalidad más absoluta y es irrepetible. Tomemos por ejemplo el caso de multitud de jóvenes, y no tanto, que poseen suntuosas colecciones de juguetes, figuras y, en general, merchandising de franquicias como Star Wars, Indiana Jones, El Señor de los Anillos, etcétera. El muñeco gigante de Jabba el Hut, manufacturado para venta masiva, ocupa en la sensibilidad del dueño ese valor sentimental tradicionalmente ocupado por objetos relacionados con las instituciones —especialmente en el caso de la familia— que andan en un terremoto en las décadas recientes. Bien es cierto que dejarle en herencia a tus hijos una caja llena de muñecos de Conan puede parecer una buena idea.

Hay decenas, quizá centenares, de miles de personas en el mundo que tienen este muñeco de Jabba. Los coleccionistas en condiciones, dentro de la caja, sin abrir. Sin embargo, esta subjetivación del objeto los convierte a cada uno de ellos en únicos, con el único requisito de que el poseedor esté allí para dar fe de ello.Desposeídos de ello, nadie sería capaz de diferenciar diez cajas iguales de este muñeco de Jabba, y mucho menos saber a qué coleccionista corresponde cada una de ellas.

Este fenómeno, que ha hecho su agosto con el revival ochentero —entre otras cosas—, es un indicador evidente de un proceso de subversión de los principios de creación de identidad del individuo. Es decir, que los agentes tradicionalmente encargados de la creación de la identidad sociológica de un niño, a saber, familia, iglesia y escuela, han ido dejando paso a nuevos actores que han ido asumiendo este rol, trayendo con ellos sus propios esquemas ideológicos y de valores. Estos actores son nuestros amigos, los consorcios internacionales y los grandes nombres de la industria de consumo de masas.

Si quisiéramos buscar un ejemplo reciente de esta dualidad identitaria nos daríamos de frente con las tribus urbanas. A pesar de que muchas de ellas tienen orígenes tanto históricos como sociológicos de gran calado (reggae, hip hop, etc.), ha habido una creciente tendencia a ir identificando las prácticas socioculturales de estos movimientos con determinado tipo de marcas, objetos, e incluso patrones de consumo (¡hola, hippies!). En algunos casos fueron, o parecieron ser, prácticas adoptadas de manera acordada por los miembros del grupo de manera natural, pero luego ocurrió lo inevitable: los dueños de las multinacionales se dieron cuenta del filón de oro que habían encontrado. Cuatro días después, todos los artistas estaban patrocinados por marcas de todo tipo.

La moda vista como forma de identificación social es, como poco, no demasiado igualitaria. Actúa también, a su manera, como un método de estratificación social, dado que la pertenencia a una de estas tribus urbanas o grupos sociales le coloca en muchos casos, también y quizá a su propio pesar, dentro de un determinado contexto socioeconómico e incluso ideológico. De esta manera, la propia afirmación de somos lo que consumimos se ve subvertida por ésta: somos esclavos de lo que consumimos. La teoría de la economía de mercado asume aquí que el consumidor es completamente libre de elegir aquello que consume, de manera que no puede ser uno esclavo de algo que ha elegido libremente. Pero todos podemos pensar en multitud de casos, incluso en la vida de uno, que podrían rebatir este punto de vista.

En concreto, las generaciones más jóvenes venimos coqueteando desde hace tiempo con la idea de convertirnos todos un poco en ese muñeco de Jabba. La identificación personal con algo tan arbitrario como una marca comercial se ha vuelto el pan de cada día, y circula de la manera más natural en las conversaciones. Los ejemplos son infinitos: ¿Tú eres de Canon o de Nikon? ¿Apple o Android? ¿Nike o Adidas? ¿McDonalds o Burger King? ¿Mercadona o Día? Y la respuesta a cada una de estas preguntas, queramos o no, nos convierte a los ojos de los demás en personas diferentes. Ésa es la manera en que nos conocen. Eso es lo que somos. En el mejor caso, somos esclavos de la marca yo. En el peor, luchamos día a día por construir esa marca y además les contamos a los demás las bondades de convertirnos a nosotros mismos en objetos de consumo y vivir como individuos bajo las reglas de la mercadotecnia.

Este proceso de regeneración identitaria es un reflejo de la crisis de legitimidad que sufre otra de las instituciones tradicionales: el Estado. El proceso de cambio fundamental en la organización del poder mundial que estamos viviendo trae como consecuencia —lo estamos viendo— la desarticulación del Estado para proceder a su regeneración dentro del traje ideológico y de valores que la economía de mercado ha tejido primorosamente para él. El denuedo de nuestros gobernantes por intentar a todas horas meternos a martillazos con la cabeza esa estupidez de la Marca España es un claro ejemplo de ello.

Resulta curioso constatar que uno de los primeros lemas que adoptó el 15-M rezaba: “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. Quizá todavía estemos a tiempo de no serlo, o de no serlo del todo, o de serlo menos, o de serlo sólo hasta donde nosotros decidamos. Lo que no está tan claro es si somos capaces de no ser mercancía en manos de muchos otros agentes de la sociedad de consumo de masas, si no hemos elegido todos un poco convertirnos en el muñeco de Jabba, desposeído de nada verdaderamente suyo, en una fila de clones frente a un observador extrañado.

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Los dueños del futuro

En el siglo XXI, quién lo diría, los músicos han acabado convirtiéndose en ejemplo para todos. Lo cual no es, probablemente, una buena idea. No me refiero en este caso a los patrones sociales, de identidad y consumo, que generan consigo las grandes superestrellas mediáticas o los cantantes de bandas de culto, sino a ese mantra repetido mil veces: «de eso no se puede vivir». Que también se viene aplicando a cualquier tipo de producción cultural de una manera extrañamente aceptada. Resulta curioso que en la era de la robotización progresiva se haya devaluado tanto el trabajo de las ideas.

La democratización tecnológica ha permitido que cada vez un segmento más amplio de población haya tenido acceso al conocimiento y las herramientas necesarias para desarrollar actividades como la música o el cine. Esto, que en términos brutos hubiera podido ser un beneficio económico por cuanto que se amplía y diversifica el segmento, se ha encontrado con un mercado cada vez menos regulado, especialmente en el terreno de lo digital, que se ha venido generando en las dos últimas décadas, en el que parece que casi no se puede ganar sin hacer trampas.

Es sorprendente que quienes luchan con más fuerza por acabar con la distribución de contenidos por Internet son grandes empresas que se lucran de forma suntuosa y abultada a pesar de, o gracias a, ella; tanto es así que se han visto obligados a usar absurdos mentales como el concepto de lo que habríamos podido ganar si esto no pasase, que tiene de sustrato real lo mismo que el España iría peor si no hubiera ganado Rajoy que hemos visto recientemente en alguna portada de La Razón.

Sin embargo, sí que podríamos señalar algunos claros vencedores en la era de la democratización tecnológica. En su mayor parte, son esas grandes ideas emprendedoras que se han basado en recoger las ideas de otros—los verdaderos creadores— y meterlas en packs para revendérselas a otras personas, de la misma manera que los distribuidores estadounidenses hacen con sus peores películas, o sea, casi todas. Los nombres los pueden imaginar ustedes mismos: Google, Twitter, Facebook, Amazon. Los sospechosos habituales.

La ciencia ficción que ha cultivado la distopía del Estado nos ha dado muchas claves para interpretar la era de la pantalla, y también para poner a mucha gente en alerta ante movimientos invasivos. Se han luchado guerras para impedirle al Estado que se meta en tu casa —de manera literal o figurada—, y los últimos intentos de algunos Estados, caso de Reino Unido, de grabar a ciudadanos en el espacio público se han encontrado con un rechazo frontal de la población. Sin embargo, se acepta con naturalidad absoluta que muchas cámaras nos graben mientras paseamos por un centro comercial, por ejemplo. Ante la desarticulación sin alternativa del Estado que se viene produciendo desde los ochenta, han sido los agentes del mercado global los que han preferido seguir cultivando estas ideas distópicas. Si se dan cuenta, lo de perder derechos en cuanto uno pasa de ser ciudadano a consumidor es una constante aplicable a muchos otros aspectos de nuestra sociedad.

Esta misma situación se viene produciendo en Internet, de manera especialmente furibunda en los últimos seis o siete años. Las grandes compañías que mencionábamos antes se han convertido en una gran puerta de entrada por la que no se puede no pasar. En casos como los de Facebook o Google, curiosamente, la salida a bolsa fue decisiva en ambos casos en un cierto viraje de actitud con respecto a la privacidad de sus usuarios. La información, el alimento del que se nutren estas empresas, es una materia prima tan necesaria hoy en día como el cobre o el petróleo. E igual de valiosa. Es hora de que lo asumamos ya, porque vamos tarde y otros sí se han enterado.

Muchos recordamos aún las efusivas promesas de futuro que surgían de las comunicaciones globales instantáneas. Todo eran oportunidades, y de alguna manera parecía que Internet no podía hacer otra cosa que crear un mundo mejor, y fuimos muchos los que creímos en ello durante los noventa y principios de la década pasada, en la que parecía inundar la red un cierto espíritu renacentista e inocente. Pero esa época ha acabado. La era de la libre y anónima circulación de información ha terminado. La información hoy circula de ti hacia tus redes sociales y Google, y de ahí empaquetada con la de otros millones de usuarios y vendida a una lista de millonarios anunciantes.

La rebelión de las máquinas ha sido, en realidad, la de los humanos contra nosotros mismos. Al interiorizar otra idea clásica de la ciencia ficción, ésa que dice que los ordenadores son cerebros electrónicos, nos infravaloramos hasta un punto que deprime y damos pie a situaciones peligrosas. Se han creado ya sofisticadas máquinas capaces de realizar operaciones quirúrgicas de especial dificultad técnica. Con un set de instrucciones programado y probado perfectamente, ¿necesitaremos cirujanos en el futuro? ¿O el dinero que ahora se reparten los cirujanos y sus familias irá todo a Robots Médicos Inc., subsidiaria tecnológica de Bayer? ¿Es ésta una pregunta retórica?

No podemos obviar la realidad: la época de la entronización desregulada de la información ha generado una mayor situación de desigualdad mundial y una situación económica que se viene abajo por días. Así pues, otra idea más al carro de las utopías fallidas, junto a la regulación autónoma de los mercados y el paso hacia la sociedad sin clases que pronosticó Marx.

A todos nos parece bastante absurda la idea de dejar que una máquina tome decisiones relevantes sólo basada en criterios estadísticos y de probabilidad, sin atender al factor humano, que es quien habitualmente marca el curso de la Historia. Pues bien: desde hace un tiempo, el mercado se regula justamente de esta manera, a través de ordenadores que procesan gran cantidad de información, y con ella toman decisiones sobre la compra y venta de acciones. Las máquinas se sientan a jugar a la bolsa de manera autónoma, con miles de transacciones por segundo, mientras nos dicen día sí y día también que son los mercados los que tienen que decidir el futuro del mundo. Empieza a ser comprensible que la economía esté cayéndose por un barranco sin remedio.

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Una danza nauseabunda

Nuestro país se ha convertido en un circo de varias pistas que ha dejado ya de ser divertido. La función principal, que cuenta con un gigantesco arsenal de fuegos artificiales, se abrió el 19 de enero de este año, cuando el diario El Mundo anunciaba que Luis Bárcenas, gerente y después tesorero del partido popular —más de dos décadas en el aparato del partido—, había pagado durante años sobresueldos en negro a parte de la cúpula del PP.

Las reacciones, que no se hicieron esperar, dejaron en evidencia que en el partido hacía tiempo que no practicaban el método Stanislavski. Decencia, honradez y extraordinario trabajo fueron algunos de los epítetos que dirigentes de la formación usaron para describir al extesorero. Mariano Rajoy, en su papel de estrella venida a mucho menos, miró a la cámara con gesto de indisposición, guiñó el ojo más de lo debido y afirmó: «Nadie podrá probar que no es inocente». Aquel bumerán está hoy impactando de lleno y a cámara lenta —miles de fotogramas por segundo, para deleite del respetable— sobre su rostro.

Aquel 19 de enero comenzó la función, pero el plato fuerte no llegó hasta el 31 de enero del mismo mes, cuando el diario El País publicaba las 14 fotocopias de los «papeles de Bárcenas». Se imaginan la escena nacional: fanfarria, redoble de tambor y cuchicheos en la grada, entre un público emocionado y comedido, en una escena de colores vivos que podría haber formado parte de El mayor espectáculo del mundo, la gran película sobre el circo que dirigió Cecil B. DeMille en 1952.

El Partido Popular sintió que había llegado la hora de la verdad y, para no fallarle al respetable, desplegó el arsenal con todos sus trucos: negarlo todo, ampararse en excusas ridículas que posteriormente fueron desacreditadas por la Policía, disparar al mensajero, o al pianista, presentando una querella contra un medio de comunicación. Rajoy estaba dando lo mejor de sí, su silencio, y en un gesto benevolente nos dejó disfrutar de la presencia estelar de Carlos Floriano como estrella invitada. Junto a María Dolores de Cospedal, el trío de Goodfellas estaba listo para un gran blockbuster político. El derroche de talento ha sido tal que incluso el típico secundario apocado, Alfonso Alonso, se ha apuntado a un ejercicio de filibusterismo parlamentario que resulta especialmente aterrador teniendo en cuenta que estamos a 2013 y no a 1978.

Aunque si hubiera que recurrir a una película que mostrase la ofuscación, la pérdida de norte y la esquizofrenia colectiva en la que vive sumido nuestro país desde el 19 de enero, la elegida sería Danzad, danzad malditos (Sydney Pollack, 1969). La película, que encierra una fuerte crítica contra las situaciones de pérdida de dignidad que se generan en un entorno de crisis económica (la Gran Depresión estadounidense), puede ser interpretada también como una expresión de la espectacularización de la sociedad llevada a lo enfermizo. Que es, justamente, España hoy.

En una de las escenas más moralmente horribles de la película podemos ver a los protagonistas, absolutamente exhaustos, en unos asfixiantes planos contrapicados danzando sin parar. Una vuelta y otra vuelta alrededor de sí mismos, un acto inútil que provoca la risa y el comentario eterno de un público ajeno que consigue poco más que reír como hienas. Danzan y danzan, casi hasta la muerte, por unas pocas monedas. No es difícil encontrar el símil.

El problema es que, como ocurre en los circos reales —no tanto con los del celuloide—, el mundo de fuera sigue girando a su ritmo, y estamos hablando de un corredor que rara vez se ha parado a esperar a alguien. En esa situación vive España desde el 19 de enero. Danza Bárcenas, danza el Gobierno, danzan los constructores, danza el Partido Popular. El conjunto de los ciudadanos, presa de un desconcierto y un asombro que aún hoy son difíciles de describir, opta por la opción más sencilla e inútil: reír y señalar con el dedo, disfrutando de los números de equilibrismo hasta que amaine el temporal.

Sospecho que el romance que la cúpula del partido que sostiene al Gobierno mantiene con “los mercados” es un poco impostado; el ministro Guindos intenta aplacar una crisis política que supera al Watergate —en opinión de Ernesto Ekaizer, uno de los mayores conocedores del caso— diciendo que no pasa nada porque los mercados “han abierto bien”; pero se niega a escuchar a esos mismos mercados cuando afirman que la escalada de casos de corrupción y el seísmo político que sufre el país a causa del folletín vergonzante armado alrededor de los papeles de Bárcenas y Lapuerta están lastrando la credibilidad económica del mismo. Tal y como escuchan al FMI y al BCE cuando dan indicadores positivos de exportación, pero se vuelven sordos al (no-)oír que España no crecerá hasta 2015.

Como afirma el economista José Carlos Díez en su libro “Hay vida después de la crisis”, somos (al igual que Italia) un país demasiado grande para caer, y la remisión de la crisis del euro pasa necesariamente por la estabilización de la situación en España. También funciona al revés, claro. Por eso extraña poco leer ayer que Fitch bajaba la calificación global de la estabilidad del sistema financiero europeo de AAA a AA+. Y que todos los ojos de la prensa internacional estén puestos sobre España y su Gobierno, mientras que las medidas de Monti en Italia, a pesar de ser menos duras que las españolas en algunos casos, hicieron desaparecer a su país del campo de minas de la incertidumbre financiera.

El Gobierno parece no querer darse cuenta de que, en realidad, lo que corre peligro es el edificio mismo de las instituciones democráticas. Un edificio que, como las casas encaladas del barrio donde crecí, han construido muchas familias con sus propias manos; un esfuerzo titánico en el que se perdieron muchas buenas almas. No es admisible que éstas, que con tanto esfuerzo terminaron por llegar a nuestro país, queden diariamente en cuestión por cuenta de un caso de corrupción rampante propio de una novela de bajos fondos de James Ellroy.

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Viviendo hacia fuera

Me comentaba una amiga, hace un par de días, que su experiencia en el Sónar de este año había sido desconcertante. Desconcierto es, sin duda, un sustantivo que viene rápido a la mente cuando uno piensa en toda una generación de jóvenes españoles, por la que se entonan réquiems diarios desde las instancias políticas europeas y los medios de comunicación de todo el mundo, pero que parece vivir ajena a su propia desgracia. ¿O es que tal desgracia no existe?

Decía George Carlin, ese bastión del cinismo ilustrado, que en los ojos de una persona puedes ver el universo entero si miras bien, pero no hay nada positivo que ver en una masa de gente, condenada por voluntad propia a actuar como rebaño incapaz de pensar. A la misma vez, resulta curioso comprobar cómo los jóvenes se comportan cada vez más como una masa consumidora, adormecida e impermeable a la realidad, precisamente en la época de dominio absoluto de un sistema económico teóricamente liberal, que aprecia la libertad individual por encima de todo. En el panorama actual, se podría llegar a pensar que la aprecia porque está en peligro de extinción.

Los datos son objetivamente demoledores: 56,4% de desempleo entre los menores de 25 años, sin horizonte de esperanza más allá de convertirnos en el Bangladesh europeo. El 15M, qué duda cabe, fue una señal positiva de hartazgo generalizado que sucumbió bastante más pronto de lo debido, quién sabe si gracias al calendario político o al descrédito que recibió por parte de casi todos y que ha generado una catarata de mea culpas en los últimos tiempos. Una señal positiva que, como el programa electoral del PP, se evaporó demasiado pronto.

Bien es cierto que una parte de quienes participaron en aquel movimiento han seguido incansables en cualquiera de los movimientos que surgieron al calor de sus brasas, como las mareas, la PAH, etc. Pero asusta mucho ver la media de edad de las personas que, dos años y poco después, uno ve habitualmente en los escenarios de diálogo de colectivos sociales. Es algo que resulta escandaloso incluso para quienes dirigen o coordinan estos movimientos, que vienen lamentándose continuamente en los últimos meses de la poca presencia joven.

Hay varias preguntas que yo no he conseguido responder aún: ¿qué coño les pasa a los jóvenes? Y, aun más, ¿dónde carajo están? Les dejan un país con un nivel de derechos sociales de finales del franquismo, les desmantelan el Estado del Bienestar, les fríen a impuestos —a los tres que trabajan— y les arrojan a un mercado laboral que se niega a dar un sueldo medianamente digno al menos hasta los treinta años y en cuanto cumples los 45 está buscando desesperadamente la manera de echarte para no dejarte volver a entrar. ¿A quién coño puede importarle el puto cartel de un festival en este campo de minas?

Tal como afirmaban J.R. Moreno y M. Torcal el viernes pasado en EL PAÍS, el problema de la política no es tanto el descontento como la desafección, puesto que uno implica intención de cambio y el otro sólo dejadez inútil. La insatisfacción con nuestra democracia anda ya por el 70%, y sólo el 12% de los ciudadanos tiene alguna confianza en Rajoy, lo que demuestra de paso que el optimismo y la ingenuidad a veces recorren caminos paralelos. Tuve oportunidad hace poco, en una mesa redonda de periodismo contrainformativo, de comprobar cómo de perjudicial es la desafección cuando se une a la incapacidad de pensar. Algunos periodistas de aquella mesa llegaron a afirmar, sin pudor, que se planteaban optar por no hacer preguntas a los políticos, dado que mienten descaradamente la mayoría del tiempo —que es mucha asunción seguida, por otra parte—. El argumento en contra de esta postura es obvio y aplastante: imagínense la cara de felicidad de un político al saber que ya no va a tener que dar explicaciones, aunque sean falsas, frente a los periodistas. Se montan una fiesta para celebrarlo y todo, eso sí, con el dinero de todos.

Tengo la impresión de que a quien apostó por la estrategia de no preguntar le interesaba tanto el valor simbólico de la acción que no había pensado en las consecuencias. Esto parece ser una constante en los patrones de comportamiento de muchos jóvenes españoles, desde buena parte de los adolescentes hasta muchos que superan ya la treintena. La generación de identidad cultural, es un hecho, se produce a través de los patrones de consumo; somos lo que consumimos. Ninguna sorpresa, en este entorno, que los libros anden de capa caída desde hace bastante tiempo: leer nos llena por dentro, no por fuera, y es más difícil demostrarle a los demás que estás lleno por dentro; a mucha gente, directamente, este aspecto parece no interesarle.

En este sentido, creo que se equivocan quienes señalan con un dedo acusador a la industria cultural como único agente del adormecimiento de las generaciones más jóvenes, entregadas al bieberismo y los reality shows. Es, sin duda, culpable en tanto que bombardea incesantemente a la población con contenidos culturales de dudoso gusto e inexistente calidad. Pero comparte la culpa junto a millones de jóvenes que han aceptado estar vacíos por dentro porque es la opción más fácil.

Así, cambiamos los libros por los tatuajes: la tinta exterior se explica sola. Leemos los mismos libros porque son los libros que todo el mundo lee, escuchamos a cualesquiera grupos de música que sean de los que se habla en las terrazas y las revistas in, y nos dejamos cientos de euros en abonos de festivales de música y en cristal y cocaína porque así es como se pasa bien: rodeados de un montón de gente tan vacía como nosotros. Que así se nota menos lo vacíos que estamos. En masa, nadie nos pide que pensemos, sólo que actuemos, mejor dicho, que compremos.

Puede que detrás de toda esta alienación voluntaria exista un sentimiento muy básico: el miedo. El miedo a una realidad que no comprendemos del todo, ni hemos ayudado a montar ni a funcionar, que parece no esperar nada de nosotros ni tampoco pedirnos nada demasiado concreto. Que sigamos siendo lo que somos: masa distraída. Un producto perfecto del capitalismo volátil: un envoltorio caro, obediente y a la moda. Queda por ver si, como con tantos productos, queda algo debajo que justifique tanto adorno.

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