apuntes, cine

La ignorancia está bien

Decía yo el otro día, iluso de mí, que la ciencia ficción distópica había prevenido a las sociedades occidentales contemporáneas de los peligros de la falta de control sobre el control y los abusos del Estado con la tecnología como herramienta imprescindible. Pues bien, como el optimismo gratuito en esta vida suele pagarse caro, pocos días después Edward Snowden filtraba al Guardian, al Washington Post y la prensa de todo el mundo el alcance del programa PRISM. Y de vuelta al derrotismo ilustrado.

Resulta complicado, no lo duden, tener que reconocerle a George W. Bush, el hombre que leía los libros del revés, el mérito de haber ideado un plan maestro que habría hecho temblar a George Orwell. Tanto o más difícil que intentar comprender cómo Barack Obama, Premio Nobel de la Paz en 2009 para vergüenza de todos, y tras justificar haber continuado con el plan de Bush con sólidos argumentos como “esto es legal”, no haya decidido elevar al siguiente nivel este deprimente circo de payasos en traje y corbata quemando el premio a las puertas de la Casa Blanca; en un caldero antiguo con lava y una máscara de Sauron, se me ocurre. Al fin y al cabo, si ya nos hemos puesto todos de acuerdo en que vamos a hacer política no para cambiar el mundo, sino para mantener entretenidos a los medios y la ciudadanía, vamos a hacerlo como se merece.

Si en algo se han puesto de acuerdo los mandatarios occidentales y el autor inglés, eso sí, es en los eslóganes principales, o al menos en dos de ellos. Repasémoslos: “La guerra es la paz”, reformulada como guerra contra el terrorismo —esa máquina de destrucción irredenta—, que en la última década y pico ha matado a menos personas que el tabaco, la obesidad, el SIDA, los tiroteos entre civiles o el hambre; temas, por cierto, que no parecen preocupar tanto a según qué políticos.

Siguiente: “La libertad es la esclavitud”. Quizá el más peligroso, porque necesita la aceptación implícita de este eslógan por parte de los mismos. Y una vez que cuentan con la aprobación, aunque sea implícita, es muy difícil parar el proceso de conquista. Enfrentadas a un mundo de posibilidades abiertas, las sociedades occidentales han preferido optar por la estrategia del avestruz y el virgencita que me quede como estoy. Nos dieron una parcela de libertad que no sólo desperdiciamos, sino que además prácticamente pedimos a gritos que nos quitaran, o al menos no hicimos nada para evitarlo. El eterno miedo a la libertad del que hablaba Fromm.

El tercero es interesante porque puede ser analizado desde ambas perspectivas. “La ignorancia es la fuerza”. Se mire desde donde se mire, la ignorancia por parte de la ciudadanía de los juegos del poder es el engranaje principal que, a día de hoy, sigue haciendo correr esta máquina. La prensa dosifica los escándalos, bien por propio interés o por presiones externas, y la indignación se convierte en un goteo inacabable en el que el vaso nunca termina de rebosar. No debería sorprendernos este uso de la estrategia mediática: así ya nos inmunizaron contra la violencia extrema y la pornografía —sexual, sentimental o de cualquier otro tipo—. Pura y simple sobreexposición. Genera inmunidad. Siempre funciona.

Resulta especialmente sorprendente el anacronismo de algunas explicaciones ofrecidas por la administración estadounidense. El mayor de ellos fue intentar excusarse diciendo que “no lo hacían sobre ciudadanos americanos”, lo que imagino que al resto del mundo, como a mí, le sentaría como una patada en los mismísimos.

En primer lugar, nadie puede tener realmente idea de la información que se está recogiendo, de a quién pertenece o de qué se está haciendo con ella, lo cual ya sería motivo suficiente para desmontar todo el tinglado o volverlo transparente como la masa encefálica de Paris Hilton. En segundo, se quieran enterar o no, hace mucho que la circunscripción de la acción política y económica dentro de los límites del Estado-nación ya pasó de moda. La burbuja de las puntocom nos lo enseñó. La burbuja de las subprime nos lo volvió a enseñar. Los paraísos fiscales nos lo enseñan cada día. Las deslocalizaciones diarias de grandes empresas nos lo seguirán enseñando a menos que algo cambie. ¿De verdad creen que pueden permitirse seguir fingiendo?

El problema de verdad es ése. Aceptamos que el poder es un juego que se juega de puertas adentro, y que se juega con mucho dinero, y que la ignorancia es la fuerza así que aceptaremos el reality show de tres al cuarto que nos quieren hacer pasar por vida política pública. La falta de alternativas, que es casualmente el mismo argumento que usan quienes tratan de desmantelar los Estados —especialmente si son del bienestar— y convertirnos a todo el mundo en homo economicus a la fuerza porque, dicen, al final será mejor para nosotros. La libertad es la esclavitud.

¿Recuerdan la película Bulworth, dirigida por Warren Beatty en 1998? Fue una de las primeras en las que uno pudo enamorarse en condiciones de Halle Berry. Aparte de eso, era una gran apuesta del estudio Fox. Beatty y Berry en los papeles principales, música de Ennio Morricone, fotografía de Vittorio Storaro… un dispendio. Pero la película debió de no gustar demasiado a Rupert Murdoch. Probablemente porque Beatty pone a caer de un burro a los medios de comunicación americanos, a la financiación de sus partidos políticos, al desdén sistemático por los problemas importantes, a la hipocresía necesaria. Murdoch decidió contraprogramar. No canceló la película, sino que hizo una jugada maestra: la estrenó el mismo día que… Godzilla. Obviamente, los resultados en taquilla hablaron por sí solos (otra de esas cosas que hemos aceptado con tranquilidad inusitada). Beatty no ha vuelto a dirigir desde entonces. Murdoch, y también Bush y Obama, con un nivel intelectual que, visto lo visto, difícilmente está a la altura del de Orwell, han decidido reescribir el último de los lemas: cambiaron “Ignorance is strength” por un simple y directo “Ignorance is good”. Para que la gente lo entienda.

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