apuntes

El recuerdo colectivo

La programación de Canal Cocina sigue siendo una inspiración fantástica en lo que respecta a este malestar generalizado, cultural y sociológico, del que hablaba Freud y que aún hoy cae, como relente fino al borde del amanecer, sobre las cabezas del mundo occidental. En uno de esos programas que reponen a las cinco y media de la mañana oí a la presentadora del programa afirmar que iba a añadir unas hojas de albahaca al plato porque, en sus palabras, “nos traen recuerdos de Italia”. Y yo, que nunca he estado en Italia, me puse a pensar.

El conjunto de la existencia humana como “ente social”, más allá de las fronteras del Estado-nación —hoy ya en crisis irreversible—, se ha convertido en una práctica determinada de manera definitiva por los parámetros culturales; no es más que una consecuencia directa y lógica de esa nueva manera de organizar la vida en sociedad a la que conocemos como sociedad de la información (para llegar a la sociedad del conocimientoparece que todavía nos falta un buen rato, visto lo visto) y que autores como Manuel Castells han definido también como sociedad-red.

Parece, pues, sorprendente la elección de términos. Es cierto que, a diferencia de los iconos, que tienen una relación completamente arbitraria con su referente —¿por qué el color ámbar de un semáforo significa que tengamos precaución o paremos, según el caso?—, las prácticas gastronómicas han de tener a la fuerza una relación con las personas que las practican. Sin embargo, para los que somos espectadores de culturas ajenas, también hay ciertas asunciones, prejuicios si se quiere, que asumimos de manera natural y arbitraria. Italia y la albahaca, India y el curry, Marruecos y el Ras el Hanout, etcétera. Pero la naturalidad con la que los chefs de hoy en día cogen un plato de salmorejo, le añaden un trozo de atún crudo y afirman que “nos recuerda a Japón” denota un paso más allá en la prevalencia del hecho cultural sobre la realidad misma.

Tradicionalmente, la memoria se ha venido considerando como reducto último de subjetividad irreplicable; al cabo, lo único que podemos añadir al mundo que no tenga aún es aquello que emana de la propia y personal existencia, es decir, nuestra memoria y nuestra experiencia. No en vano gran cantidad de artistas y pensadores han hecho alegatos en contra del uso de la tercera persona como dispositivo narrativo por considerarlo una trampa; como dice el verso de Enrique García-Máiquez, “cuento mi vida, pero lees la tuya”. También hay posturas más radicales, como la del colombiano Fernando Vallejo, que se desmarca de la siguiente manera: “¡Al diablo con Dostoievsky, Balzac, Flaubert, Eça de Queiroz, Julio Verne, Cronin, Zola, Blasco Ibáñez y todos, todos, todos los narradores omniscientes de todas las dañinas novelas de tercera persona que tanto mal les han hecho a los zafios llenándoles de humo los aposentos vacíos de sus cabezas! ¡Novelitas de tercera persona a mí, narradorcitos omniscientes! ¡Majaderos, mentecatos, necios!”.

Como no quiero convertirme en el señor de la boutade, que para eso ya tenemos a Sánchez Dragó, volvamos a lo importante. La reconfiguración de la memoria en un hecho cultural transnacional es innegable; la supremacía de la experiencia subjetiva se diluye entre el aluvión de fuentes contrastables que circula por la red,  y a su vez la propia realidad se convierte en un discurso colectivo, en un acuerdo entre los miembros de un grupo social cada vez más permeable; se condiciona así de manera determinista la experiencia subjetiva, llegando a anularla por completo en muchos casos. Esto es la extensión natural de otro concepto que comenzó a desarrollarse a principios del siglo pasado: el de la memoria colectiva, que el francés Maurice Halbwachs comenzó a tratar en la década de los veinte, aunque no sería hasta los cincuenta cuando publicase su obra La mémoire collective.

Así pues, es probablemente hora de que nos replanteemos la vigencia de algunos términos, o al menos de la manera que tenemos de usarlos. En primer lugar, hemos de hacer una redefinición de los grupos sociales, liberándoles de una vez por todas de las ataduras de un modelo de estudio sociológico, basado en el Estado romántico, que demuestra cada día no tener ya más recorrido. De hecho, parte de la incapacidad delestablishment sociológico y político para responder de manera adecuada a las presiones del capital financiero mundial tienen su base precisamente en esta situación: la política nacional todavía no quiere admitir que no tiene capacidad de ser un elemento de control de los flujos de dinero simplemente porque éste juega en un terreno mucho más grande —y con menos reglas—.

También quienes están al cuidado de contar lo que pasa, principalmente periodistas e historiadores, han de replantearse algunos de sus métodos. Internet ha cambiado para siempre la manera de escribir la historia, no sólo por la multiplicación de las fuentes ya mencionada, sino también por la omnidireccionalidad entrópica del flujo informativo y su endiablada adicción al instante. La labor del cronista que deja pasar el tiempo parece ir quedando relegada a un segundo plano, aunque no por esto deja de ser —quizá la más— imprescindible. Pero la dimensión de la Historia como un constante “estarse haciendo” y “estar autoevaluándose” cobra cada vez más relevancia.

Todo parece indicar que habrá que andar el camino hacia una ciudadanía global, aunque esté aún por asfaltar. Los cambios de pensamiento, en muchas ocasiones imperceptibles si miramos a escala global o fuera de contextos temporales, se están produciendo en cascada. La reconfiguración de la organización social que se viene produciendo en España, sobre todo a raíz del 15M, es una señal clara del espíritu de los tiempos.

Corremos el peligro de que, si no es a través de esta nueva ciudadanía transfronteriza, el proceso de creación de una “memoria colectiva global” acabe siendo uno dirigido. En esta dirección van los múltiples intentos de los últimos años por parte de los Estados con la intención de controlar la ciudadanía digital en cualquiera de sus formas. Y en ello están. De nosotros depende ahora dejarles que lo hagan.

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