apuntes

Viviendo hacia fuera

Me comentaba una amiga, hace un par de días, que su experiencia en el Sónar de este año había sido desconcertante. Desconcierto es, sin duda, un sustantivo que viene rápido a la mente cuando uno piensa en toda una generación de jóvenes españoles, por la que se entonan réquiems diarios desde las instancias políticas europeas y los medios de comunicación de todo el mundo, pero que parece vivir ajena a su propia desgracia. ¿O es que tal desgracia no existe?

Decía George Carlin, ese bastión del cinismo ilustrado, que en los ojos de una persona puedes ver el universo entero si miras bien, pero no hay nada positivo que ver en una masa de gente, condenada por voluntad propia a actuar como rebaño incapaz de pensar. A la misma vez, resulta curioso comprobar cómo los jóvenes se comportan cada vez más como una masa consumidora, adormecida e impermeable a la realidad, precisamente en la época de dominio absoluto de un sistema económico teóricamente liberal, que aprecia la libertad individual por encima de todo. En el panorama actual, se podría llegar a pensar que la aprecia porque está en peligro de extinción.

Los datos son objetivamente demoledores: 56,4% de desempleo entre los menores de 25 años, sin horizonte de esperanza más allá de convertirnos en el Bangladesh europeo. El 15M, qué duda cabe, fue una señal positiva de hartazgo generalizado que sucumbió bastante más pronto de lo debido, quién sabe si gracias al calendario político o al descrédito que recibió por parte de casi todos y que ha generado una catarata de mea culpas en los últimos tiempos. Una señal positiva que, como el programa electoral del PP, se evaporó demasiado pronto.

Bien es cierto que una parte de quienes participaron en aquel movimiento han seguido incansables en cualquiera de los movimientos que surgieron al calor de sus brasas, como las mareas, la PAH, etc. Pero asusta mucho ver la media de edad de las personas que, dos años y poco después, uno ve habitualmente en los escenarios de diálogo de colectivos sociales. Es algo que resulta escandaloso incluso para quienes dirigen o coordinan estos movimientos, que vienen lamentándose continuamente en los últimos meses de la poca presencia joven.

Hay varias preguntas que yo no he conseguido responder aún: ¿qué coño les pasa a los jóvenes? Y, aun más, ¿dónde carajo están? Les dejan un país con un nivel de derechos sociales de finales del franquismo, les desmantelan el Estado del Bienestar, les fríen a impuestos —a los tres que trabajan— y les arrojan a un mercado laboral que se niega a dar un sueldo medianamente digno al menos hasta los treinta años y en cuanto cumples los 45 está buscando desesperadamente la manera de echarte para no dejarte volver a entrar. ¿A quién coño puede importarle el puto cartel de un festival en este campo de minas?

Tal como afirmaban J.R. Moreno y M. Torcal el viernes pasado en EL PAÍS, el problema de la política no es tanto el descontento como la desafección, puesto que uno implica intención de cambio y el otro sólo dejadez inútil. La insatisfacción con nuestra democracia anda ya por el 70%, y sólo el 12% de los ciudadanos tiene alguna confianza en Rajoy, lo que demuestra de paso que el optimismo y la ingenuidad a veces recorren caminos paralelos. Tuve oportunidad hace poco, en una mesa redonda de periodismo contrainformativo, de comprobar cómo de perjudicial es la desafección cuando se une a la incapacidad de pensar. Algunos periodistas de aquella mesa llegaron a afirmar, sin pudor, que se planteaban optar por no hacer preguntas a los políticos, dado que mienten descaradamente la mayoría del tiempo —que es mucha asunción seguida, por otra parte—. El argumento en contra de esta postura es obvio y aplastante: imagínense la cara de felicidad de un político al saber que ya no va a tener que dar explicaciones, aunque sean falsas, frente a los periodistas. Se montan una fiesta para celebrarlo y todo, eso sí, con el dinero de todos.

Tengo la impresión de que a quien apostó por la estrategia de no preguntar le interesaba tanto el valor simbólico de la acción que no había pensado en las consecuencias. Esto parece ser una constante en los patrones de comportamiento de muchos jóvenes españoles, desde buena parte de los adolescentes hasta muchos que superan ya la treintena. La generación de identidad cultural, es un hecho, se produce a través de los patrones de consumo; somos lo que consumimos. Ninguna sorpresa, en este entorno, que los libros anden de capa caída desde hace bastante tiempo: leer nos llena por dentro, no por fuera, y es más difícil demostrarle a los demás que estás lleno por dentro; a mucha gente, directamente, este aspecto parece no interesarle.

En este sentido, creo que se equivocan quienes señalan con un dedo acusador a la industria cultural como único agente del adormecimiento de las generaciones más jóvenes, entregadas al bieberismo y los reality shows. Es, sin duda, culpable en tanto que bombardea incesantemente a la población con contenidos culturales de dudoso gusto e inexistente calidad. Pero comparte la culpa junto a millones de jóvenes que han aceptado estar vacíos por dentro porque es la opción más fácil.

Así, cambiamos los libros por los tatuajes: la tinta exterior se explica sola. Leemos los mismos libros porque son los libros que todo el mundo lee, escuchamos a cualesquiera grupos de música que sean de los que se habla en las terrazas y las revistas in, y nos dejamos cientos de euros en abonos de festivales de música y en cristal y cocaína porque así es como se pasa bien: rodeados de un montón de gente tan vacía como nosotros. Que así se nota menos lo vacíos que estamos. En masa, nadie nos pide que pensemos, sólo que actuemos, mejor dicho, que compremos.

Puede que detrás de toda esta alienación voluntaria exista un sentimiento muy básico: el miedo. El miedo a una realidad que no comprendemos del todo, ni hemos ayudado a montar ni a funcionar, que parece no esperar nada de nosotros ni tampoco pedirnos nada demasiado concreto. Que sigamos siendo lo que somos: masa distraída. Un producto perfecto del capitalismo volátil: un envoltorio caro, obediente y a la moda. Queda por ver si, como con tantos productos, queda algo debajo que justifique tanto adorno.

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