apuntes

Historia de un figurante

El de figurante ha sido siempre un papel fundamental sin el que costaría comprender cómo funciona el entorno del poder. Antiguo como el poder mismo, los nombres para designar al figurante son muchos: cortesano, paria, comparsa, acólito, becario perpetuo. Lameculos, ladinos, avizores, pacientes. Los figurantes son como ese hombre que espera secretamente cada fin de semana que alguna ex le llame borracha como si fuera el golpe de suerte definitivo. Cuando por fin logran alcanzar el poder y tener su propio séquito de figurantes, parte del público suele preguntarse cuáles son sus méritos para ocupar ese puesto; hola, señor Lasquetty. Sin embargo, a menudo podrían contarse entre los que más se han dejado la cara para hacerlo.

Decía Víctor Hugo en algún lugar de Los miserables que buena parte de la perversión en la curia eclesiástica francesa había llegado a través de los figurantes. Su trabajo es siempre el mismo: conseguir estar al lado de la persona adecuada en el momento oportuno. Esto puede suponer años enteros de estrechar manos y sonreír a personas que ni te conocen ni tienen el menor interés por hacerlo. Años de escuchar mucho y de callar todo. De repetir como un mantra el «greed is good» que entonaba Gordon Gekko, incluso —en muchos casos— de fraguar un odio secreto contra aquellos a los que debes, o dices, servir. En los círculos de poder se marca muy rápido a los figurantes. Y en este juego, como en el fútbol, también hay ojeadores con agendas ocultas y abultadas billeteras.

Siendo justos, si de algo puede estar orgulloso un figurante es de ser un superviviente. Y si además de conseguir escalar, el figurante sabe mantenerse callado —lo que hoy llaman perfil bajo—, puede llegar más allá de Buzz Lightyear. Cuando un figurante de carrera toca cimas de poder es normalmente porque ha conseguido ganarse el favor de alguno(s) de los ojeadores. Y no vender a tus amigos es una de las consignas básicas si uno quiere mantener todas las partes del cuerpo, especialmente la billetera, en su sitio. La vieja historia de la omertà.

La última época de la Unión Europea nos ha dejado sin duda a un histórico figurante venido a mucho más: José Manuel Durão Barroso. El hombre que pasó del maoísmo al liberalismo cuando vio la oportunidad. Uno de los símbolos fundamentales de la caída en desgracia de la socialdemocracia europea. Un figurante obstinado y eficaz. Durão ha conseguido una hazaña política: ser el anfitrión de uno de los episodios más vergonzosos de nuestra Historia reciente, la Cumbre de las Azores, y no salir en gran parte de las fotografías. Un éxito rotundo. Si comparamos su devenir político con el de los otros tres participantes, a saber, José María Aznar, George W. Bush y Tony Blair, queda claro que, en términos de poder, Durão es un gran corredor de fondo.

Él y Blair son también culpables en buena parte del declive imparable de la socialdemocracia europea, a día de hoy percibida como poco más que una versión light del Partido Popular Europeo, lo que sin duda no les ayuda mucho en el momento de los comicios. Tras proclamarse Primer Ministro el 6 de abril de 2002 gracias al apoyo del Partido Popular portugués, Durão acometió un abrasivo plan de reformas para intentar reducir el déficit del país al 3% (¿les suena la película?) con un programa muy parecido al que hoy sigue recomendando la troika; similar proceso se vivió en Alemania durante la cancillería de Gerhard Schröder, otro que empezó marxista y acabó desnortado, aunque es cierto que éste siempre se declaró en contra de la intervención armada en Irak. El viraje general de la socialdemocracia en el continente tuvo otro de sus grandes episodios en el pacto por el que el Presidente Zapatero y Mariano Rajoy reformaron la Constitución para incluir el techo de gasto en agosto de 2011. De González, Almunia y Rubalcaba es mejor no comentar nada, que se dice por ahí que hablar mal de los muertos trae mala suerte.

No tuvo mucho tiempo Durão, eso sí, para disfrutar de su éxito como figurante al frente de Portugal —había hecho muchos amigos dirigiendo la cartera de Asuntos Exteriores entre 1992 y 1995—, porque un año después de organizar la Cumbre de las Azores en la que se decidió la invasión de Irak, la Unión Europea consideró que un paria de su talla tenía que estar dirigiendo algo. Le pusieron un carguito, Presidente de la Comisión Europea, el órgano legislador de la Unión. Ahí es nada. Su hoja de servicio como Primer Ministro había sido impecable, y ahora los ojeadores de Durão necesitaban que aplicara el mismo plan al resto de la Unión.

Y en ello está desde el año 2004 ininterrumpidamente. En 2010 tuvo que reformar su Comisión, en buena parte quemada por los escándalos que se generaban a su alrededor, pero él se ha mantenido inamovible en su puesto. Es un hombre que lleva en las altas esferas de la política más de veinte años, dirige uno de los brazos fundamentales de una de las mayores potencias mundiales, y a pesar de ello en muchas ocasiones cuando le vemos aparecer en comparecencias oficiales nos preguntamos por qué está exactamente Durão ahí.

Como le cantaba el actor secundario Bob a Bart Simpson, I’ve grown accostumed to your face. Este hombre es uno de los mayores ejemplos históricos de figurante. Nadie sabe exactamente cuánto poder tiene, pero seguro que es mucho, y sin embargo nunca ha dejado de parecer ése que pasaba por allí. Un paria, un tío que llegó sonriendo y dando la mano, un tipo aparentemente inofensivo. Ésa es la gran victoria de Durão Barroso. Es uno de los mayores responsables del debacle de la UE y a nadie se le ocurre acusarle en voz muy alta o pedirle explicaciones.

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