apuntes

Arrojados

El existencialismo heredó de los románticos el fatalismo, la noción de individualidad maldita enfrentada a una eterna otredad irresoluble. Un cuento chino, pero lo cierto es que cuajó muy bien. Primero fueron los Verlaine y Baudelaire, aquí tuvimos nuestro tardío Bécquer, y la afección alcanzó también a los alemanes, los charlatanes Schopenhauer y Heidegger. Este último llegó a escribir una de esas frases que se digieren mejor si uno se imagina al autor pronunciándola con la palma de la mano sobre la frente, la boca en gesto de disgusto y el monóculo a punto de desprenderse: definió al hombre como un ser «arrojado a la existencia». Una afortunada metáfora que ha hecho la delicia de muchos poetas y nos viene jodiendo sin parar desde entonces.

Los románticos iniciaron la época de supremacía absoluta del individualismo, sea éste arrojado o de cualquier otro tipo. Sin él, el existencialismo se habría visto cojo de ambas patas. Pero nos podemos ir mucho más atrás, hasta 1776, para encontrar una de las mayores defensas de esta doctrina: la obra fundacional de la economía moderna, La riqueza de las naciones de Adam Smith. En ella se postula, sin embargo, otro tipo de individualismo: el egoísta. Smith propone una idea a priori bastante paradójica: si generamos un mundo en el que cada persona lucha por lo mejor para sí misma, la única conclusión lógica es que al final el gran beneficiado sea el procomún, eso que compartimos entre todos. Lógico, ¿verdad? Exactamente: no. Y eso que Hobbes ya había publicado el Leviatán más de un siglo antes.

El axioma del egoísmo que postuló Smith se ha mantenido, con pequeñas variaciones, bastante fijo desde entonces hasta hoy. Por sorprendente que pueda parecer. Más de dos siglos después, se está discutiendo ampliamente la vigencia de la mano invisible que promovió; y sólo después de ver que no sólo no es invisible, sino que además se ha metido en todas las cajas que ha podido y se lo ha llevado calentito. Al menos sí que podemos constatar un hecho: el triunfo sin paliativos de los egoístas.

Vivimos en un tiempo que hace converger ambos vectores del individualismo. Puede que los seres humanos de la posmodernidad hayamos sido arrojados al mundo, sin que nadie nos haya preguntado si queremos venir o si queremos quedarnos, siempre tras las infranqueables murallas de nosotros mismos. Pero, ya que estamos aquí, esa voluntad que se nos niega al nacer es, precisamente, nuestra única arma contra todo lo demás. Ya estás en el tablero: juega. O mejor: pierde. El cupo de ganadores no es grande y los sitios suelen estar adjudicados de entrada. ¡Qué suerte nacer arrojado y rico!

Lo cierto es que el triángulo de metáforas que explora las similitudes entre la vida en sociedad, el juego y la guerra no es original ni novedoso, aunque sí muy fértil. Si trazamos un bosquejo muy elemental de la posición del individuo en la vida social a través del juego, hemos pasado del ajedrez al Monopoly. Si en aquel fantástico poema titulado Ajedrez Borges se preguntaba por el Dios que se escondía tras los individuos-pieza, la edad contemporánea ha elevado a cada pieza a la categoría de Dios y ha desatado una guerra de proporciones que ya hubiera querido para sí la mitología griega.

Lo que más sorprende de todo es la fe ciega de los jugadores en el conjunto de reglas. Sobre todo tras constatar que, especialmente en nuestro tiempo, las reglas se rehacen prácticamente cada día sin que parezca nada importante, ¡y además las rehacen los jugadores que llevan más ventaja! Tras la serie de crisis financieras desatadas entre 2008 y 2010 en Estados Unidos, el entonces presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, afirmaba estar muy sorprendido de comprobar que los agentes financieros no se estaban comportando según la lógica del racionalismo egoísta de Smith (recordemos, de 1776), que en el siglo XX tuvo su mayor exponente ideológico en Ayn Rand, que defendía esta creencia a la vez que pregonaba la obsolescencia y muerte del marxismo. Si me preguntan a mí, entre utópicos anda el juego.

En los últimos años hemos visto, sin embargo, un cambio en los planteamientos: desde la popularización masiva de Internet viene creciendo el juego en red que parte de planteamientos cooperativos. Este hecho viene a ejemplificar con claridad algunas de las nuevas formas de comportamiento derivadas de la articulación de las sociedades occidentales en sociedades-red, usando el término de Manuel Castells. A pesar de una generalización cada vez mayor de la percepción de la vida como juego, con la ficcionalización del propio hecho de vivir que ello conlleva, sea quizá éste un pequeño rayo de esperanza. Como lo es que las teorías de la economía del bien común tengan cada vez más seguidores entre los círculos científicos y la población en general.

Es difícil imaginar un juego sin perdedores. Ni siquiera sería divertido. Pero es cierto que se solía perder con honor y se honraba a los mártires. Hoy sólo adoramos al triunfador, no tanto porque ha ganado sino porque no hay ninguna cámara enfocando al que ha perdido. Como afirma Rafael Chirbes, “al contrario de lo que ocurre en el ritual cristiano, los mártires del capitalismo son el ejemplo que no hay que imitar. Los fracasados, los que quiebran, dejan acreedores, impagados, deudas. El capitalismo convierte a sus mártires en proscritos”. Un día los proscritos inventaron un juego nuevo, y ese día todos los demás empezaron a jugar a otra cosa.

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