prosita

Tanta agua estancada

Las burbujas escalan, como náufragos que se ahogan, a través del champán rosado y vienen a morir a la superficie. Silvia observa el confuso danzar del gas. Introduce un dedo dentro de la copa de martini; el cristal tintinea un poco al chocar con su manicura. Treinta euros cada visita al spa luxury que le recomendó Marcos, un buen amigo de Gonzalo, su marido, que no volverá de Macao hasta el viernes. Tres visitas por semana. Pero lo cierto es que a él le encanta mirarle las manos, y también observar las marcas que le deja en la espalda. Además, preocuparse por el dinero es casi una impostura entre esta gente, piensa. Saca el dedo del champán y se lo chupa. Se pregunta por qué lo ha hecho; no hay nadie cerca que pueda verla.

También ella se siente a veces como esas burbujas. Aún le quedan algunos años para rozar la treintena, pero ya pesa sobre ella el peso de un fardo vital del que no puede desprenderse; debajo de él no hay nada, y existen pocas vergüenzas peores que la desnudez para quien quiere esconderse. Nadó y nadó sin rumbo, en un despreocupado carnaval de juventud. Pero las noches eran cada vez más cortas, y los días más largos. Decidió que tenía que subir a la superficie. Una simple cuestión de pragmatismo.

A lo bueno es fácil acostumbrarse, le decía a Silvia su madre. Lo decía muchas veces, como un acto reflejo automático hacia lo bueno, como quien vive con un temor amartillándole la sien, un resquemor a la vida; la vida siempre está a punto de traicionarte. Que ya lo sé, mamá. Silvia en realidad ni siquiera la escuchaba, sólo reconocía vagamente los sonidos y respondía también en un automatismo. Al menos hasta que dejó de venir a visitarla. Luego ya no la oyó más.

Al principio, cuando follaba con Gonzalo, conseguía a veces salirse de la escena, como esos pacientes que han estado al borde de la muerte y afirman haber visto sus cadáveres desde el techo de la habitación. La distancia es una necesidad de lo grotesco, y lo que más le impactaba el ridículo de toda la escena. Por un instante su cuerpo, moldeado y firme, bien formado y mejor cuidado, su obligación y su responsabilidad, no sentía nada en absoluto. Gonzalo entraba y salía de ella, sin variar apenas el ritmo, con fuerza; a veces ponía cara de disgusto, como si estuviera haciendo y sintiendo cosas que no conseguía explicarse. Y mira su propia cara de placer, mordiéndose el labio inferior, agarrándose a las sábanas, y la gran mentira que les envuelve a los dos, de hecho, lo único que les une. Gonzalo no sabía que cada embestida suya era para Silvia un empujoncito más para llegar a la meta. Eso la hacía volver en sí misma y la excitaba mucho más. Luego eso se acabó, y en ciertos momentos llegaba a pensar que estaba encima de su marido como un trámite necesario para poder pasar una noche más en su casa.

Subir a la superficie estaba bien. Un poco difícil al principio, pero bien. Silvia aprendió que la timidez irredenta que tantos problemas le causó durante su adolescencia se convertía de repente en su mejor arma. La literatura ha valorado siempre el silencio como un atributo de persona honorable; no así los niños de su barrio, que olían el miedo con igual sagacidad que el depredador más astuto. Silvia aprendió. Aprendió que a veces se acaban los gritos de madrugada en los portales, las vistas metálicas desde el balcón al polígono industrial, el gilipollas que te trata como una mierda sólo porque te va a invitar a un par de gramos para tirar la noche. También aprendió que no sólo en el barrio saber callar es una virtud necesaria, y que a veces nadie te pide que pienses ni que hagas nada en concreto. Al principio la halagaba esa sensación: un montón de personas la trataban con respeto simplemente por estar allí, de pie, dentro de un vestido de siete mil euros que la cosía a cuchilladas cada vez que intentaba moverse con naturalidad, sonriendo sin decir nada. No tenía que hacerlo: era la mujer de Gonzalo, y eso bastaba. También aprendió que hay muchas como ella, y que a veces las cenas se convierten en concursos de ver quién aguanta durante más tiempo la sonrisa en la misma posición. Le gustaría escupirle a todas en la cara, gritarles que están haciendo el ridículo, que nadie se cree su farsa de mierda. Nunca lo hace: no le haría ninguna gracia si se lo hicieran a ella. Se pregunta si los demás también piensan lo mismo, si están entre todos sosteniendo una farsa inmensa sólo porque es la opción menos complicada. Es imposible saberlo.

Apenas alguna burbuja díscola, de cuando en cuando, se eleva cual renacuajo o espermatozoide a través del vino rosa. La leve espuma se ha apelmazado y forma elipsis que se desplazan muy despacio por la copa. Parece más agua estancada que un manjar de la élite, piensa. Agarra la copa y se dirige al salón. Lo hace a oscuras, porque hay pequeñas lámparas, colocadas en sitios decididos por un decorador que pasó dos semanas haciendo fotos de la casa a diferentes horas del día, que salpican con luz tenue y anaranjada las negras paredes de la casa. Gonzalo le ha comprado una suerte de tapones para los oídos en los que Silvia enfunda los dedos de los pies para no hacerse daño al golpearse por andar a oscuras.

Al llegar al sofá, deja la copa sobre una pequeña mesilla de cristal y se tira sobre él con un salto, como si aún tuviera diecisiete años y la vida sólo estuviera a punto de traicionarla. Se acaricia las piernas, perfectamente depiladas. Lo hace con el cariño del vagabundo que acaricia a su perro, con el agradecimiento y la ternura de quien sabe valorar lo que tiene y no tiene más. Enciende la televisión. En ella, unas personas gritan todo el tiempo y discuten sobre la herencia de la madre de uno de ellos. Le parecen personas de verdad.

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