apuntes, cine, música, prosita, televisión

And the winner is…

(Publicado originalmente en 1001 Experiencias)

Si hay algo que puede acercarnos hoy, a las puertas de la Segunda Modernidad, al sentimiento de la desesperanza humana más absoluta es mirar durante unos veinte segundos la “agenda cultural” de cualquier informativo y/o medio de prensa escrita. El carnaval de los premios culturales, con su carrusel de alfombras rojas, su fanfarria de actuaciones en directo (quiero decir, playback) y su pasacalle de declaraciones de famosos irrelevantes aparece como un tren imparable por nuestros medios de comunicación llegando también febrero.

En nuestro mundo, decía Ulrich Beck, las tres grandes fuerzas que han de pugnar para lograr eso que llamamos “equilibrio social” son tres: el capital, la sociedad civil y la política nacional. Resulta curioso, pues, que esta afirmación, que se hace evidente por sí misma enseguida, sea revertida o directamente inexistente cuando hablamos del mundo del espectáculo. Quizá el término inglés para este concepto, show business, pueda ayudarnos a hacernos una idea más clara de las relaciones simbólicas que se ponen aquí en juego.

 Yo he visto a algunas de las mejores mentes de mi generación discutiendo con fervor sobre quién debía ganar un Grammy o un Oscar (en el caso de los que están peor, un BAFTA), situación que no deja de ser un poco estrambótica desde el punto de vista del individuo, quiero decir, consumidor. Al menos con los Oscar afirman sin lugar a errores que se trata de los premios de la industria del cine. He aquí una diferencia fundamental con el tratamiento que a veces se les da a los Grammy, calificados aquí y allá como premios de la música en un ejercicio de cinismo sólo comparable al de los que afirman que los premios de festivales como Sundance o Cannes reconocen el mérito artístico de las cintas presentadas —esas películas independientes— por encima de cualquier otro valor.

La distinción entre el arte, el mundo del arte (que, con sus corrillos, mentideros, eventos programados, favores de críticos y curadores, etc., no se aleja mucho del funcionamiento de cualquier entorno político institucional o institucionalizado) y la industria cultural es radical en fondo y forma. Sin embargo, y siguiendo el razonamiento de Beck, el capital siempre busca (necesita) nuevas formas de relación con la política y legitimación ante la sociedad civil. En el caso de la industria de la música, el momento de cambio decisivo ocurrió alrededor de la irrupción de MTV como fenómeno internacional (quizá uno de los síntomas más evidentes de una inminente globalización cultural a lo grande) y la cultura del videoclip, universal por definición en tanto hecho cinematográfico.

Es comprensible, pues, que el mismo fenómeno se haya extendido al mundo del cine tanto como al de la música: somos inducidos por un bombardeo constante de información a ver estas galas como si de verdad fueran las obras más artísticamente relevantes del año las que van a concurso. ¿De verdad puede alguien pensar que Somebody that I used to know de Gotye es la mejor pieza musical grabada el año pasado, con un nivel de composición musical de parvulario (que en todo caso supera a toda la discografía de Rihanna) y lírica para niños de guardería? ¿O que The Artist de Hazanavicius, un refrito, un pastiche de mal gusto, un producto vacío hecho para halagar el ego del espectador a través de la nostalgia impostada de algo que nunca vivieron, es la película más relevante producida en 2011? Estas preguntas parecen responderse solas. Y sin embargo,¿por qué se discute sin cesar sobre estos premios?

Para dar una explicación plausible es necesario volver al asunto de la globalización y la Segunda Modernidad. A pesar de estar en franca e inevitable decadencia, el modelo romántico del Estado-nación sigue siendo el contrapoder básico frente al mundo del capital globalizado, y la idea de que todas las naciones tienen caracteres específicos que hacen necesarias las fronteras está aún demasiado arraigada. Sin embargo, la Historia no se para, y durante las últimas décadas hemos podido ver diferentes procesos de aculturación (especialmente flagrantes en algunos países, como Japón) que han hecho que, en la mayoría de los países occidentales, desde la generación de los que ahora andan a mediados de los treinta en adelante se compartan cada vez más elementos simbólicos culturales que van tejiendo, poco a poco, una especie de cultura global común. Como todo lo global común, esta cultura es siempre de mínimos, muy mínimos.

Las prácticas culturales son, en todo caso, uno de los más importantes elementos de cohesión de los que dispone una sociedad humana, máxime si es supranacional, o transnacional, o como ustedes prefieran llamarlo, donde no impera siempre la misma ley para todos los sujetos. Así, comentar los premios de la industria cultural se convierte en un acto social, pragmático, casi de chismorreo, donde unos sujetos dados ponen en común referentes culturales globales. Y aquí es donde la industria juega sus cartas. Porque estos premios y estas galas no están hechos para hablar de arte; si me apuran, ni siquiera están hechos para vender arte. Están hechos para vender flashes, vestidos, y poses. Es el espectáculo del dinero vendiéndose a sí mismo. Un acto puro de marketing sublimado que revierte el arte y lo convierte en instrumento. Por eso nadie habla del Grammy a mejor disco de Gospel o al mejor álbum de jazz conjunto. Eso no nos posiciona dentro del foco cultural, no es un referente compartido por la mayoría de la población. Puede que sea arte de verdad. No sirve. Como ya dijo Godard, que de esto sabía un rato: «la cultura es la regla, el arte la excepción».

No me gustaría cerrar sin dejar planteada una pregunta abierta. Siguiendo el modelo de choque de fuerzas de Beck (a saber: capital globalizado, política nacional y sociedad civil), este artículo sostiene la tesis de que existe en la actualidad una identificación entre la mayoría de miembros de la sociedad civil y el establishmentde la industria cultural, con la política nacional como un arma accesoria del proceso de aculturación. Si en este proceso el papel de fuerza viva de una gran parte de la sociedad civil desaparece, ¿quién lo cumple? En el terreno del arte y lo cultural en un entorno globalizado, a mi entender, sólo hay una respuesta posible: la piratería.

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