apuntes, música

Nada como un músico

Los músicos son una pieza fundamental en cualquier intento por comprender un poco mejor la insondable mente femenina. Por lo general, la forma en que las mujeres –en especial las adolescentes- se relacionan con aquello(s) que “adoran” poco tiene que ver con los patrones de comportamiento de los adolescentes de sexo masculino. No recuerdo haber visto a muchos hombres llorando mientras hacían cola para un concierto de los Backstreet Boys o Take That (chúpate ésa, memoria histórica), e incluso las girl bands fruto de la ingeniería social musical (o sea, creadas ex profeso para vender merchandising) como las Spice Girls tenían un núcleo duro de fans que eran, en su mayor parte, de sexo femenino.

Es difícil decir en qué momento exacto los músicos se convirtieron en los nuevos actores, pero es probable que, sea cual sea, ande rondando por las décadas de los cincuenta y los sesenta. En Estados Unidos hubo algún que otro suicidio tras conocerse la noticia de la muerte de Rodolfo Valentino; parece impensable hoy que la muerte de Johnny Depp o Ryan Gosling pudiera provocar ganas de matarse en nadie. Sin embargo, hay algo en las imágenes de grupos de fans de Justin Bieber que resulta inquietante en este sentido.

Los músicos que viven en el ojo del huracán mediático son, por lo general, pura mentira e invención publicitaria, de la misma manera que para los actores más famosos del cine mudo se creaba no sólo un nombre sino también una historia; era una suerte que, al menos, en las películas no pudieran hablar para estropearlo todo. No hay una sola palabra en las declaraciones públicas de Miley Cyrus (herencia directa del horror para el mundo de la música que es la existencia de su padre, Billy Ray Cyrus) o Lady Gaga (cómo intentar ser Madonna treinta años tarde) que no suene a impostura escrita por algún pez gordo del sello multinacional que les edita los discos. Y quizá es ésta la razón por la que, como a los carismáticos predicadores de sectas, poco más que sofistas metidos a religiosos extravagantes, es tan fácil adorar a una figura del mainstream musical: prácticamente no existen. Es ésta una constante en el Occidente capitalista, llevado y traído por los tejemanejes del márketing: se adoran cosas simbólicas alejadas años luz de la existencia cotidiana (como en aquel anuncio de Chanel nº 5 con Nicole Kidman) construidas a través del estereotipo reinventado una y otra vez. El método ha variado en lo esencial muy poco desde Elvis y los Beatles, pero sigue funcionando.

La otra cara de la moneda es, si cabe, más absurda. El bohemio con sombrero (él dice que es un borsalino, pero no sabe que en realidad no lo es), vaqueros, barba de tres días y guitarra a medio afinar. Va para cansautor desde que tiene uso de razón, afirma, y le duele mucho el alma por todas partes y es un tipo muy especial. Las letras de sus canciones tienen la altura lírica de la poesía de Benedetti (aclaro: esto es una altura lírica muy reducida) y están escritas con faltas de ortografía. Pero nada de esto es importante: es un idealista romántico que habla del amor y la nostalgia e inventa “elaboradas” metáforas para hablar de sexo, que parece ser el único tema importante en la música pop de los últimos ¿30? años. ¿Qué mujer podría resistirse a eso?

Llegar a comprender el proceso por el que (casi) toda mujer lleva una groupie dentro es realmente complicado. En mi opinión, el sobreexceso de vacío disfrazado que recorre toda la cultura de masas de la segunda mitad del siglo XX y todo el XXI ha generado una curiosa reacción: en una especie de proceso de legitimación de la propia idiocia, las groupies crean elaboradísimas e increíbles interpretaciones para cada palabra que sale de la boca de su músico favorito (o de cualquiera a quien se quieran follar, según el caso). La forma en que la música actúa aquí como cómplice necesario pero a la vez inocente es bastante curiosa.

Son ya muchos los que han repetido que la música es, con toda probabilidad, el lenguaje más perfecto que existe, y a la vez el más intransitable de todos. El idioma más perfecto y cerrado que existe, que puede comprenderse por completo a través de la matemática, es el mismo capaz de expresar algunas cosas inefables que están reservadas sólo a él. La perversión es presuponer que cuando un artista no dice algo en realidad lo está diciendo de una manera infinitamente más sutil: eso es algo que puede hacer Bach, pero, entiéndanme, no Ismael Serrano ni Nacho Vegas. Quizá Bob Dylan en algunos momentos sí que haya conseguido hacerlo: curiosamente, y hasta donde yo sé, es uno de esos artistas que nunca se ha caracterizado por tener una gran estirpe de groupies simiescas arrojando sus bragas sobre el escenario. Lo cual es bastante comprensible: estaba hablando de cosas importantes.

En infinidad de casos, alguien que se dedica a la música lo hace porque ha asistido a conservatorio desde pequeño, posiblemente por “obligación” de sus padres. No hay nada misterioso, ni una vocación repentina que compita con la de San Agustín: sólo la fuerza de la costumbre. Algunos de ellos, a veces, aprenden a comunicarse de una manera completamente íntima a través de su instrumento, y ésos son los verdaderos músicos. Aprender el funcionamiento racional de una escala mayor y otra menor puede hacerse en quince minutos: la misma característica que convierte a la música en algo universal también la convierte en una herramienta perfecta para la manipulación sentimental. La recaudación de Titanic no habría sido ni la mitad de no haber sido por la espantosa y lacrimógena música de Horner. Hay discos enteros que parecen haber sido escritos en piloto automático. Un tipo capaz de tocar una pentatónica arriba y abajo pero que habla como un imbécil no es un diamante en bruto cual Aladdin con guitarra, un ser complejo y profundo al que hay que descifrar: es simplemente un imbécil. Detrás de la media sonrisa de venir de vuelta de todo no hay normalmente nada en absoluto: sólo unas ganas enormes de encantarse a sí mismo y de encantar a la señorita de turno. Y, por supuesto, ella va a estar encantadísima: lleva persiguiendo ídolos recreados, mentiras y vacíos con un énfasis impresionante desde que era una niña.

Lo mejor de todo es cuando además la groupie en cuestión decide revestir su ausencia de sesera con una especie de pose de dignidad, riot grrrl y otras actitudes que han envejecido peor que los pantalones de campana y la música de Cher. Obviamente, repiten el patrón en el que participan, de manera consciente o inconsciente: revestir una nada basada en la sexualidad más primitiva y mal disimulada con artificios y rebeliones se le daba bien a Rivette. A la mayoría de mujeres no. No cuela.

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6 thoughts on “Nada como un músico

  1. Jesús Álvarez dice:

    Me acabas de destrozar a Horner, pero he de reconocer que me parecen buenas reflexiones. Lo has clavado con Lady Gaga y las “fans” adolescentes de la generación Disney. Creo que en este artículo hay cabida también para las tunas universitarias: en ellas hay cada elemento que se pavonea enormemente como tú dices, para encantarse a sí mismo y a las chicas encantadoras de turno .

  2. Majo dice:

    Nada es tan atractivo como crear castillos en el aire. Crear el arquetipo de perfección masculina a partir de unos pantalones ajustados, una actitud lejana y música vaga. El sexo vende, el que te lo envasan como no sexo mil veces más, y si aumentas el nivel de imposible e incalcanzable obtienes lo suficiente para retirarte entre montones de dinero. Soy una chica y he disfrutado de lo lindo con este texto. Probablemente porque lo veo todos los días y me río constantemente de ello.

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