apuntes, prosita

Conversaciones con un pájaro

(Publicado originalmente en TheCoolNews)

Cada tarde, alrededor de las cinco y media, cuando bajo a prepararme el café, el pájaro canta. El pájaro y yo tenemos una relación íntima, aunque él no lo sabe, y sólo menea la cabeza, como curioso, mientras yo le miro, minuto tras minuto, mientras el cigarro se consume en mi boca y la cafetera humea furiosa.

El pájaro ni siquiera es mío. Es de mi vecina, que se llama Rocío, aunque yo tengo más relación con el pájaro que con ella. No sé si tiene nombre, y yo no me decido a ponerle uno; aprendí de los ents de Tolkien que ponerle nombre a algo es una tarea importante y sobre la que uno debe adquirir cierta responsabilidad, así que prefiero no hacerlo. Es un canario de color verde negruzco y alas amarillas. Salta de un lado a otro de su jaula, canta mucho y muy fuerte y a veces picotea de unas hojas de lechuga y un trozo de zanahoria que se pudren lentamente entre los barrotes mínimos.

El pájaro y yo compartimos cada tarde diez minutos mientras se hace el café. Y siempre mantenemos la misma conversación. Yo le observo dar saltos por la jaula y cantar y gorjear, y también observo a la jaula. Como tiendo a tener compasión por mí mismo, le miro desgañitarse encerrado por los barrotes y pienso en mí mismo, en mi casa que me protege de un mundo espantoso durante muchas horas al día, en estas cosas que escribo a diario sin saber muy bien por qué, que parecen no servir para nada. Me imagino que el canto del pájaro es un grito desgarrado por la libertad, que su belleza incomprensible anhela el aire y el batir de las alas. Tomo consciencia de mi propia casa, de mi propia cárcel, de la manera en que todas las ciudades son como grandes complejos carcelarios, llenas de cientos de miles de pequeñas jaulas donde millones de pájaros viven silenciosamente, rumiando sus hojas de lechuga, sus coches y sus teléfonos móviles; graznando a veces, como yo, con un poco de libertad, aunque eso no aleja nunca a los barrotes ni abre la jaula. El pájaro y yo somos el mismo, durante diez minutos cada día, y estamos en paz. O más bien yo estoy en paz, porque no creo que al pájaro le importe demasiado.

Pero, como ocurre a menudo cuando uno trabaja con esmero en imaginar algo que no conoce del todo, la realidad acaba por ser mucho más sencilla y decepcionante. Ayer por la tarde, mientras el pájaro y yo nos lamentábamos de las cosas de siempre, una señora mayor pasó a mi lado, sonriendo. El pájaro cantaba muy alto, llenando todo el aire a nuestro alrededor, con el cuello doblado y el pico apuntado directamente hacia el cielo (o más bien hacia el techo de la jaula). El eco se mantuvo unos segundos después de que parara. La señora me dijo: “si hubiera una hembra por aquí cerca se iba a enterar”. La señora me explicó –nótese aquí mi desconocimiento en los recovecos de la existencia pajaril- que la única razón por la que el pájaro (macho) canta así es para atraer a las hembras. La realidad es, así, tan decepcionante como certera. No hay gritos quejumbrosos o rasgados lamentos por la libertad o por el aire. No importa la existencia de los barrotes blancos, de la infame y sempiterna dieta de lechuga y zanahoria, de la vida confinada a cuarenta centímetros cuadrados; todo el quejío del pájaro es porque no tiene una hembra a su lado.

El café hirviendo empieza a chapotear dentro de la cafetera metálica, señal de que mi encuentro diario con el pájaro toca a su fin. Todavía puedo oírle cantar durante muchos minutos después de cerrar la puerta.

Ahora le miro de manera distinta, sabiendo con certeza el motivo por el que canta. Hoy más que nunca, estoy convencido de que el pájaro y yo no somos demasiado distintos.

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