prosita

Me gusta. Creo. No importa

(Ensayo publicado originalmente en TheCoolNews)

La frase la hemos oído todos cientos de veces entre cervezas. “¿Pero cómo va a ser malo? Malo de qué. Si a mí me gusta”. Es una de esas sentencias que hacen que cualquier conversación acabe en un encogimiento de hombros mientras uno alaba en silencio la existencia de la dorada y espumosa bendición de la cerveza. Sirve para cualquier cosa: desde Jackson Pollock a Transfomers 3, desde la filmografía de Zack Snyder o los discos de AC/DC hasta Águila Roja y Aída. El propio gusto es una suerte de ley del talión cultural, una sentencia totalizadora e irreductible. No hay nada más que decir de ello. Y ése es precisamente el contrasentido más absurdo.

Ver a un español terminar una conversación sobre arte con “pues a mí me gusta”, con el tono altivo y la mirada al frente, es como ver a un hombre que lleva treinta años a dieta de pan duro decir que el jamón de bellota le parece una obscenidad y que a él lo que le gusta es la miga seca. Se supone (o al menos era un acuerdo común hasta antes de ayer) que para valorar mejor las obras de arte que ante uno se presentan es necesario un conocimiento previo que ayude a ver en la obra más allá de lo que se muestra en las capas superficiales. Esto parece haber perdido su sentido: en el mundo de la inmediatez, en el universo Facebook, “me gusta” acaba por ser la expresión definitiva de la propia voluntad nietzscheana, una afirmación sin matices y autoconclusiva. Aún más curioso es que precisamente se haga a través de una expresión tan débil como “me gusta”, abierta por todas partes (en teoría) a la matización, el punto de vista o la disensión: es la muestra simbólica de la entrega total de occidente al relativismo, donde el todo depende es, paradójicamente, la única opción posible; ¿convierte esto a Pau Donés en el gran profeta filosófico de nuestro tiempo? Preguntas que dan más miedo que toda la saga de Saw.

La inmensa mayoría de las personas con las que converso parecen estar de acuerdo en que el arte está únicamente sometido al criterio de la valoración subjetiva. El descrédito hacia la crítica de arte parece no terminar de tocar fondo nunca, capaz de hundirse un poco más ante los ojos del público con cada edición de ARCO; si la crítica se pone unánimemente de rodillas ante la última ocurrencia de Damien Hirst, está claro que la crítica no tiene ni idea de lo que está diciendo. Sin dejar de anotar que es curioso que en este sentido el espectador medio es mucho más conservador en esto que el crítico medio, lo que me resulta más extraño es que este tipo de juicios los haga tranquilamente gente que en muchísimos casos no ha ido más allá de la LOGSE, y que por supuesto no tiene las más mínimas nociones históricas ni estéticas del tema del que está hablando. De algún modo, todo esto parece resultar secundario.

Me da la impresión de que esto se debe fundamentalmente a dos factores: el primero de ellos tiene que ver con el rol primario que ejerce la intuición a la hora de hacer arte (y de verlo). El espectador asume que una buena obra de arte tiene que comunicarse con él a una especie de nivel subconsciente o instintivo; una buena obra de arte tiene que moverle, que es el origen etimológico de la palabra conmover, claro. Y ésta es la fuerza innata de la intuición, como de ese trazo especialmente grueso y violento que otorga medio centímetro de grosor y dolor a un cuadro, o como esa serie de planos estáticos de inmigrantes ilegales (muertos vivientes, los llaman) en Le Havre (2011) de Aki Kaurismäki. Sin embargo, pocos parecen tener en cuenta que la intuición (tanto del artista como del receptor) es también moldeable, y que el conocimiento hace que reconozcamos en muchas obras hoy consideradas clásicas algunos rasgos que, a pesar de ser simbólicos, nos resultan igualmente intuitivos: algunas obras de Salvador Dalí o de Picasso podrían ser grandes ejemplos dentro del arte español del siglo pasado. Por no hablar de las simbologías en relación a los colores que son posteriormente intelectualizadas. La consecuencia de esto es clara: la necesidad del espectador –o lector- de sentirse conmovido a un nivel muy básico hace que triunfe la literatura de poca enjundia, tendente a la cursilería, el maniqueísmo y el truco técnico fácilmente detectable –las obras de Mario Benedetti, Paulo Coelho, José Saramago o Fernando Savater son todas ejemplo de esta intelectualidad a medio gas-, así como entrona en el cine al melodrama barato y cursi o la aventura vacía, efectista y con mucho ruido –las sagas de Piratas del Caribe o la de Harry Potter son un perfecto ejemplo reciente de la mezcla de ambas-.

El segundo factor tiene que ver con la manera en que hemos creado y consumido arte durante el siglo XX y hasta hoy (y lo que nos queda). La propia naturaleza de la industria cultural hace que surja como oposición frontal a esta noción, ciertamente un poco elitista, de que el conocimiento es imprescindible para apreciar las obras, que se unía con el tono irónico o directamente cínico de los movimientos de la primera vanguardia y su desprecio por el consumidor medio incapaz de ver el avance imparable de la Historia del Arte. Así pues, la industria cultural nace con el convencimiento de hacer “arte para todos”, y lo entrecomillo porque el foco de atención estaba en este caso en el “para todos” y mucho menos en el arte. El leitmotiv de la industria cultural no es más que una reformulación de otro viejo (y engañoso) refrán: el cliente siempre tiene la razón. Me parece a mí, en todo caso, que el cliente tendrá “razón” en cuanto tenga dinero; pero también resulta lógico que alguien experto en lo que hace sabrá más del tema en cuestión que alguien que sólo va a comprar con el bolsillo lleno. Es éste otro pequeño gran triunfo del capitalismo en el lenguaje: el dinero en el bolsillo es la única razón plausible que existe. Si tienes un millón de dólares para comprar una obra de Hirst (por poner un ejemplo cualquiera, no es que esté intentando cebarme con él), entonces Hirst vale un millón de dólares. Y ése es el criterio de calidad que, en suma, acaba usando también la crítica, y es aquí donde se corrompe, puesto que hoy es casi imposible encontrar críticos independientes de la monetización de las obras; es un problema que ha sido denunciado a veces pero que a nadie parece interesarle demasiado; o igual es que nadie le ve una solución plausible.

Pero, aun por encima de todo esto, la dictadura del “me gusta” es síntoma de otro de los grandes problemas del occidente contemporáneo: el egocentrismo. Oír una conversación sobre arte entre dos personas con gustos distintos no dista mucho de poner dos pistas de audio en mono, completamente distintas y aisladas la una de la otra, y darle al botón de reproducir a la vez: pocas veces estuvo una conversación más lejos del diálogo. El arte no es, por supuesto, el único campo en que esto ocurre: la política, la religión y otros temas del estilo son también carne de acumulación de monólogos en un desagradable estéreo. La razón por la que esto ocurre es muy sencilla, y a la vez profundamente aterradora: las opiniones sobre estos asuntos, influidas desde la base, cuando no directamente dictadas, por los medios de comunicación, son las cosas que al adulto medio le conforman socialmente como persona. Por lo tanto, el individuo asume que estas creencias tienen que ser lo suficientemente inamovibles como para que uno pueda sentirse algo más que un espantapájaros esclavo de la dirección del viento. Un síntoma más del miedo a perderse a uno mismo (o, peor aún, de no haber existido nunca de verdad) en una sociedad masificada e informe. Las consecuencias de esto las podemos observar (con tristeza y resignación) en cada edición de El Gran Debate de Telecinco (donde el nombre es un perfecto ejemplo de neolengua orwelliana, porque tiene poco de debate y menos aún de grande; mi propuesta de título para el programa sería La Gran Barra de Tasca de Barrio, o La Gran Cola Para Pagar En El Mercadona). En la edad de Internet, donde cada usuario tiene ante sí cientos o miles de opciones posibles entre las que elegir, se siente uno obligado a legitimar la decisión que ha tomado. El problema es que la ausencia de conocimientos hace que esta legitimación no pueda en la mayoría de ocasiones ir más allá del “me gusta” o “me entretiene”, y por lo tanto esta nimiedad adquiere una suerte de validez universal. Al fin y al cabo, es el argumento que todo el mundo puede esgrimir por igual: no hace falta nada para poder aplicar ese criterio.

Así que voy a ser yo quien cometa la impostura: a mí me gustan un montón de cosas que son una mierda. Disfruto con algunas películas de la Troma, con la Serie B japonesa de los sesenta, con las películas de monstruos hechos de cartón. Vi seis temporadas de una serie horrenda como House y cuando acabe este artículo voy a perder una hora de mi vida viendo un producto tan vacío como Juego de Tronos. Y no pasa nada. No me parece una locura afirmar que Rubber es una de las películas más divertidas de 2010, o que me lo pasé muy bien viendo Black Dynamite. De hecho, me resulta totalmente comprensible. Lo que para mí no tiene sentido es que, simplemente porque me gusten estas películas, estén automáticamente a la altura de Ciudadano Kane o de Berlin Alexanderplatz; por mucho que pueda llegar a reírme con Will Ferrell en El mundo de los perdidos (con una considerable cantidad de marihuana de por medio, eso sí), esto no convierte a Ferrell en Orson Welles. Y que no lo sea no tiene por qué significar que no tenga que gustarme.

Esto parece ser lo más difícil de asumir para algunos. Que la valoración del arte no es completamente subjetiva. Que hay criterios objetivos de valoración, que oscilan entre lo puramente técnico o formal (normas de composición, de uso de elementos, de armonía, de contrapunto, etc.) hasta otras que tienen más que ver con el momento sociológico y contextual en el que se concibe, crea y expone la obra. Es ésta la razón por la que las películas de Griffith siguen teniendo un extraordinario valor como obras de arte a pesar de ser por momentos moralmente deleznables en relación a temas como la esclavitud del pueblo negro. También es la razón por la que hacer arte contemporáneo no es emborronar un lienzo o componer música concreta no es hacer ruido: la intencionalidad artística puede permitirse romper todas las reglas, pero siempre que ésta sea una ruptura consciente y con intencionalidad expresiva; por supuesto, si el espectador no conoce cuáles son estas reglas, difícilmente va a poder darse cuenta de cuándo, cómo y por qué han sido rotas. Y entonces vemos manchurrones en los Kandinsky, y rayas absurdas en los Miró; el absurdo es uno de los sobrenombres más repetidos en estos casos, y yo me pregunto qué pensaría Camus del uso de este adjetivo.

Parece una conspiración perfectamente orquestada, y tal vez lo sea, aunque la impresión final que me queda no es otra que la de una broma macabra: el público iletrado quiere obras simples que le conmuevan y se produzcan y comercialicen como paquetes de pipas, y mientras tanto la élite cultural (un nicho de mercado como otro cualquiera, por cierto, con sus propias reglas ilógicas y sus miserias) y la crítica juegan a otra cosa distinta. Pero en ambos casos sólo hay un elemento que rige y que gana a la vez: el dinero. El dinero legitima al imbécil porque tiene dinero a pesar de no tener cerebro, y eso basta, y legitima también al elitista porque entre ellos han acabado por asumir que el círculo vicioso del dinero tiene algo que ver con la calidad o el valor artístico.

El dinero establece las reglas y se lleva todos los beneficios sin que nadie se percate mucho por su presencia ahí. Una victoria completa y sin paliativos: conseguir hacer que la industria cultural funcione como la banca de un casino. Y la banca siempre gana.

Cada día, miles de personas pasan por delante de La Gioconda y por debajo de la Capilla Sixtina sin saber lo que están viendo. De hecho, es probable que en realidad no estén viendo nada. Y esto no parece preocuparle demasiado a nadie. Supongo que entonces no es relevante. Mientras tanto, una gente que sabe mucho de arte, el Massachussets Institute of Technology (!), crea en 2006 un aparatito con el simpsoniano y ridículo nombre de Art-O-Meter (marca ACME), que mide el valor artístico de una obra a través del tiempo que pasan los espectadores frente a ella. Leer parece que ha quedado descartado como opción. Las discusiones sobre arte y cultura entre dos españoles siguen siendo la escenificación perfecta del Duelo a garrotazos con el que Goya describió para siempre la idiosincrasia de este país. Y a todos parece gustarnos, y eso es lo único que importa.

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One thought on “Me gusta. Creo. No importa

  1. Julio Fdo Vicent Clemente dice:

    tu escrito me ha producido, interés, mas interés, asco, mas asco, y desconcierto.

    1º No niego que el problema de las discusiones actuales sobre artes son espejo del “me gusta” del Facebook o el ” Pues a mi me gusta”. es cierto es un gran problema que tiene ese tipo de discusiones abstractas y de incomprensible iniciación que hace que dos personas seudo inteligentes hagan de una charanga de bar una conversación sociofilosofica sobre “el plano vacío de las escenas de Ozu”(yo también se nombrar a diserto y siniestro) pero lo que no se puede haces es quitar el derecho a estas dos personas a hablar del tema que se le ocurra por el simple hecho de no ser lo bastante inteligente…si no, me se de muchos sofistas que debieron haberse callado…

    2º Sin duda, volviendo al tema del arte en si, la valoración es primordialmente subjetiva alejada a si imprevista por todo el recurso técnico del artista. Una obra (de cualquier materia) es sin duda un objeto en el que un ente, plasma en sí una cualidad a realzar. La técnica, para aquel que la conozca es un punto importantísimo y el contexto histórico del mismo calibre…el 2 de mayo no seria tan brillante sin saber que la rendición de tal fecha provoco el asesinato, la cara nos parecería graciosa. No podemos juzgar una obra de arte pr que la simple obra de arte no puede ser descifrada, no con un solo sentido o criterio, no se le puede dar un valor y por tanto el valor técnico a veces es despreciado por el buen significado de un mensaje(Clercks tenia una calidad pésima y aun así fue el bombazo….guión brillante calidad pésima) Pongo como ejemplo a la criticada Avatar, que en si la ves y el Guión es Mediocre, pero…demostrando que mi idea es valida lo que importa aquí es esa parte técnica que deja a un lado todo el mensaje que se quiere trasmitir(nulo ya de por si) para enseñarnos de una forma legible y “emotiva, por que si, el cine es emotivo” una técnica brillante.

    3º Aqui empezare a ser breve pues me alargo demasiado y deo de saber que digo.
    Temetes incansablemente con la industria, y al mismo tiempo con el arte y los espectadores del arte. También te metes con los artistas y aquellos que ayudan al desarrollo de ellos…entonces mi pregunta es…¿Te gusta el arte? por que criticarlo tampoco. Una creación artística se basa siempre en un factor, y este crea el camino; El objetivo dado del artista. Tu(y empiezo a criticar ahora) que te importa lo que es emotivo o emocional, que mas da que venda o no, el arte es arte se mire por donde se mire, y cada uno tiene el derecho y el deber a desarrollar el suyo. Que sea del “gusto” o el “disgusto” de la gente lo tiene que decidir la gente y el hecho que prives unas cualidades artística te hace ser opresor y “privador” de unas mínimas humanas que nos hacen crear de nuestros sueños, la belleza.

    No somos quien para juzgar nada del arte, es como dios, es así y punto. Ni tu ni el ni el otro y mucho menos yo, somos enemigos del arte. El arte fluye y es creado por las manos, orquestadas por las ideas y teñidas con los materiales. No somos nadie si pensamos que el arte puede ser “estipulado”

    Existen mil y unas formas de hacer arte pero, y con eso acabo: Cada uno desarrolla su arte basandose en lo que uno sabe. Y no es lo mismo una técnica que otra es cierta, pero no por ello una de ella es valida.

    soy de cine y es lo que entiendo….Griffith se cago en la “4º pared” y pego un tiro al publico…es eso ¿no Valido? o lo es por que funciono?

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