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¿Es Juanjo Cardenal el Gran Hermano? (Y otras preguntas mejores)

(Artículo publicado originalmente en TheCoolNews)

Es la voz de Saber y Ganar, y también el filósofo perfecto: Juanjo Cardenal no parece quedarse nunca sin preguntas que hacer. Su voz envejece lo mismo que la cara de Jordi Hurtado. Es elegante, formal: es un caballero. Y todo eso lo sabemos sin haberle visto bien nunca (al menos, la mayoría de nosotros nunca lo hicimos). Pero, ¿es realmente el Gran Hermano? Puede que sí. Al menos, a nivel simbólico. O simbólico e invertido.

No creo que nadie se sorprenda de que la creación de Orwell para 1984 tome muchos elementos tradicionalmente asociados a la divinidad: la ausencia de forma definida y representación simbólica, el don de la ubicuidad y la omnipresencia, el hecho de auto-proclamarse horizonte moral, etcétera. Estos rasgos pertenecen, claro, a una deidad monoteísta como la del cristianismo; sin embargo, podemos remontarnos más atrás y encontrar figuras similares en algunos relatos míticos –al fin y al cabo, la bús queda de la divinidad invisible es tan vieja como el ser humano y no ha acabado (los fanáticos de la espiritualidad new age siguen en ello con ahínco)-. Así pues, podemos establecer un primer patrón común en el que la experiencia sónica se relaciona con el subconsciente para crear sensorialidad: las voces que vienen desde arriba y que no tienen rostro son automáticamente figuras de autoridad. O más bien son percibidas así. Ya pueden imaginar la de trabajo que se ahorró la radio en el momento de su popularización para convencer a la población de que era un medio objetivo: lo tenían casi todo hecho. Aunque hay algunas matizaciones que hacer a esta afirmación. Me encanta llevarme la contraria.

Para cuando la radio era ya el medio de masas más consumido y valorado de la historia (aproximadamente en el momento en que empezó a incluirse de serie en los automóviles de nueva fabricación), su dispositivo ya había sido “fagocitado” por el cine. No creo que haga falta decir cuánto le debe a la radio el recurso de la voz en off, así, en general; pero veamos algún caso más relacionado directamente con la radio. Usaremos para ello una película noir, que es probablemente la etapa del “canon clásico” (si es que eso existe, que yo creo que no, pero aceptaremos barco) del cine que más ha trabajado diferentes niveles sonoros conceptuales. En mi experiencia, el noir es el género donde puede empezar a intuirse el amplio desarrollo de lo que se conoce como “sonido directo” en el cine posterior a la nouvelle vague francesa. Esta manera de montar el sonido, que se apoya sobre los pilares de la organicidad y el naturalismo, aparece claramente en películas como Where the sidewalk ends (Otto Preminger, 1950). En ella confluyen (casi) todos los elementos: la voz que viene de ninguna parte (aunque no es en off), la presencia de la radio, y la mezcla de todo ello con lo más parecido a una figura divina (en el sentido de horizonte moral) que existe en la sociedad posmoderna: la policía. Y ocurre a la vez en la radio del coche patrulla: la voz del speaker, indefinida, indefinible e invisible, es la voz de la ciudad misma, que anuncia asesinatos, robos y violaciones como se anuncian las verduras en el mercado, más allá de las puertas del coche de policía. La radio policial es, en realidad, la voz de la conciencia conservadora del propio Preminger, aunque hay que reconocer su maestría en disimularlo: el constante runrún de avisos de crímenes cometidos nos alerta contra la igualación entre ciudadano y criminal, contra el reconocimiento implícito del crimen como parte indeleble de la vida en la ciudad.

Otra aparición magistral de la radio en el noir viene de la mano de una de las películas menos conocidas y valoradas del director de Casablanca. En The Unsuspected (Michael Curtiz, 1947), una estrella de la radio, interpretada por Claude Rains… mejor no lo cuento. Vedla. La situación es, en este caso, opuesta a la de la película de Preminger: a pesar de que conocemos su cara, ésta permanece ausente del metraje durante el show para concentrar toda la presencia en el espacio recreado a través de la voz; mientras que en Where the sidewalk ends tenemos una presencia acusmática (un sonido cuya fuente nunca vemos ni conocemos previamente), en The Unsuspected tenemos una presencia oculta pero constantemente evocada. La voz genera una sensorialidad espacial que afecta directamente a cómo nuestro subconsciente recompone la escena que estamos observando; por decirlo así, elimina la distancia –psicológica y fisiológica- entre el espectador y la pantalla. Si, como apuntábamos antes, a esto le sumamos la influencia de los nuevos conceptos que desarrolla la nouvelle vague, acabaremos encontrando películas noir muy atípicas, como Blast of silence (Allen Baron, 1961), donde, por momentos, a través de la voz en off, del sonido directo y del uso de cámara, se produce una identificación global y completa –no sólo física, sino también intelectual- entre el espectador y el protagonista; apenas una década y poco después de los grandes noir canónicos, apoyados en la enorme fuerza de la banda sonora de score, como The Naked City, la maravillosa obra que realizó Jules Dassin (uno de esos autores que hay que reivindicar siempre) en 1948.

Y ahora, de vuelta a Juanjo Cardenal. En él confluyen características de todos los ejemplos puestos anteriormente (acabo de darme cuenta de ello mientras escribía el artículo). De hecho, probablemente habría que acuñar un concepto nuevo para su voz, que sería semi-acusmática: la fuente nunca es vista directamente (si obviamos cuando aparece durante los créditos, cuando ya se va apagando la imaginación; eso no cuenta); sin embargo, el caso es distinto que el de la radio del coche de policía; el espectador sabe que la fuente existe. Más bien, sabe que es un cuerpo concreto e individual. Así pues, difiere de la acusmática en que la voz de Juanjo Cardenal no tiene una aspiración universal o simbólica (como sí ocurre en términos pitagóricos o en la película de Preminger), pero opera de manera muy similar. A ello se le suma la capacidad evocadora –a lo que aquí también contribuyen elementos del dispositivo televisivo/cinematográfico, como la luz, la música o los efectos de sonido-. A añadir sensación de objetividad contribuye la propia textura de su voz. Como cualquier espectador de televisión o radioyente habrá podido comprobar, muchas de las voces de los medios son muy similares entre sí; a veces es como si el mismo tipo presentase cuatro programas a la vez en cuatro emisoras distintas. Esto, que puede (y sólo puede) que se base en qué texturas vocales son más agradables para el oído humano, tiene un efecto inesperado: la conjunción de voces similares hace que nuestro cerebro cree una especie de voz por defecto asociada a los medios, que pierde por completo la especificidad del hablante y adquiere, ahora sí, un valor funcional y simbólico: Juanjo Cardenal es a la vez acusmático y no acusmático. Sumémosle a ello la noción de conocimiento infinito que le aporta el grupo de guionistas de Saber y Ganar, y la brevedad y concisión de sus apariciones, su equidistancia… tiene todas las características de una figura que podría actuar como horizonte moral. Un ser que está sin estar, que todo lo ve y que todo lo sabe, pero prefiere callar. El ser humano definitivo, liberado de la presencia física. El cerebro en el frasco kantiano. Un Gran Hermano benevolente, que ha optado por hacer preguntas en lugar de hacer acusaciones. Sabiendo como sabemos aquello del homo homine lupus y el pecado original y todas esas cosas, puede que no pase mucho tiempo antes de que empiece a hacerlo. Y entonces es cuando tendremos que tener miedo. De una cosa, al menos, sí podemos estar seguros: Jordi Hurtado estará allí para verlo. Esperemos que ponga de nuestra parte.

P.S.: acabo de darme cuenta de que tal vez haya respondido (o no) la pregunta “¿es Juanjo Cardenal el Gran Hermano?” pero a su vez he planteado otra mayor, más importante, y más divertida: “¿es Juanjo Cardenal el altavoz de Dios?”. O, mejor aún: ¿es el Gran Hermano el altavoz de la noción posmoderna del Dios suburbano? Y, si rizamos aún más el rizo: ¿se han erigido los medios de comunicación en la voz de un nuevo Dios? Pero esto ya es un lío.

P.P.S.: y luego dirán que escribir no es divertido.

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