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Top Chef: ¡Viva el capitalismo! (Y el apio)

(Publicado originalmente en Paperfront Magazine)

Los no sé cuántos canales de televisión de Ono fueron un efecto secundario de la conexión a internet de cincuenta megas. Como buen occidental adoctrinado por décadas de publicidad invasiva, ha dejado de importarme pagar más por algo que no voy a usar y que no necesito. O, más bien, por algo que no iba a usar. Hasta que descubrí el Canal Cocina.

Nunca he sido un gran aficionado a la televisión, lo que probablemente también tiene que ver con la publicidad. Durante mi infancia fui ávido devorador de libros, una suerte de trituradora de historias; por supuesto, era difícil ver más allá de la narrativa en volúmenes con títulos tan sugerentes como La Bruja Mon o Fray Perico, Calcetín y el guerrillero Martín (y, por extensión, al resto de la magnífica colección El Barco de Vapor). Me tumbaba en la cama y leía durante horas, sin parar, como los adolescentes actuales consumen series de televisión, sin reflexión y a dos carrillos (lo cual genera una pregunta interesante sobre el estatus mental medio de la generación de adolescentes de hoy, pero eso es tema para otro ensayo). Después de leer por primera vez La Historia Interminable, el acto de estar leyendo, tapado con una manta y aislado del mundo, adquirió unos matices épicos y de rebeldía contra el mundo en general que a día de hoy todavía no han desaparecido. Como comprenderán, en comparación, sentarme delante de la televisión a oír a unos tipos gritar, que para colmo eran interrumpidos cada cuarto de hora con epilépticos spots publicitarios, era una mierda de plan. Mi relación con la televisión se terminó de enfriar con el auge de los reality shows y los programas de corazón, y básicamente se reducía a mi cita diaria con Los Simpson hasta que el Canal Cocina apareció en mi vida.

Me he preguntado muchas veces desde entonces por qué siento esta fascinación por algo tan aparentemente insulso; es precisamente esto lo bueno de pensar acerca de los medios de comunicación; nos pueden enseñar cosas sobre aquello de lo que hablan –o no hablan-, desde luego, pero también pueden enseñarnos muchas cosas sobre nosotros mismos, sobre qué somos y sobre por qué somos precisamente eso y no otra cosa, y eso tal vez sea incluso más interesante. Así que cogí mi libreta y un bolígrafo y encendí el Canal Cocina. No anoté ni una sola línea en el cuaderno, desde luego, pero me daba a mí mismo una imagen como de estar haciendo algo serio (aunque un grupo de serios observadores hubiera coincidido en que yo estaba haciendo el idiota de una manera espantosa). En la pantalla, un tipo de Albacete cocinaba unas migas en un perol gigante y narraba su hazaña con un acento que ya hubiera querido Joaquín Reyes para sus imitaciones. En el siguiente programa, sólo de recetas para hacer con carne de caza, un tipo gordo y algo torpe, de voz profunda, bigote cano y risa desagradable, narró cómo había disparado a un ciervo en el cuello y lo había observado desangrarse, lo que le había parecido de lo más divertido e instructivo.

Estas dos pequeñas anécdotas ya pueden darnos una idea del valor sociológico de ver el Canal Cocina, pero los recovecos de los problemas mentales de los cocineros españoles es un tema que no quiero tratar aquí, aunque es sin duda interesante. En su lugar, me gustaría hablar del reality show estrella del Canal Cocina español: Top Chef. Este programa forma parte de una serie de reality shows liminares que tienen cierto éxito en el cable americano, como ocurre con Top Shot, que actualmente emite el Canal Historia por razones que desconozco y que es probablemente el reality-americanada definitivo: sin ningún motivo ni fin concreto, una serie de concursantes disparan a cosas al azar simplemente para ver quién dispara mejor, y se pasan el rato flipando con las armas y debatiendo sobre cuánto deben inclinar el brazo para que la bala entre justo por el centro y lo destruya todo a su paso. Como digo, fascinante. Pero de vuelta a Top Chef. En este programa, una serie de cocineros de alto standing de todo Estados Unidos tienen que cocinar un montón de cosas para alcanzar un premio que no sé cuál es, aunque en realidad el premio no importa en absoluto. Uno de los jueces es un tío que sale en Treme alguna vez y es dueño de Le Bernardin, y hay una mujer con las tetas muy grandes que por lo visto también hace algo en el programa aparte de llevar escote (a mí que me registren).

Ambos shows tienen algunas características que los alejan de las reglas del reality clásico (léase Gran Hermano), siendo la más importante de ellas que son programas más cercanos al formato del concurso, que se centran en un aspecto profesional y dejan los conflictos de relación interpersonal a un lado (o, al menos, no tratan de alimentarlos todo lo posible de manera artificial). Los cocineros de Top Chef se dedican a cocinar, y cuando discuten o dicen frases con muchos beeps es por motivos relacionados con la cocina y no porque uno de ellos dijo de otra que llevaba tres días sin limpiar el baño a pesar de que era su obligación. En Top Shot disparan, disparan a todas horas, y en Top Chef cocinan (aunque, para ser sinceros, el enfoque en el proceso de preparación de los platos es casi nulo). Los concursantes sólo hablan (mal) de otros concursantes en los planos que tienen en solitario –a la manera del confesionario de Gran Hermano-, lo cual da como resultado un reality mucho más real que la inmensa mayoría de los otros: como el mundo real, Top Chef está lleno de gente que se desprecia y odia entre sí pero se sonríen todo el tiempo cuando están juntos; como el mundo real, es a la vez más sano y más hipócrita.

Y Top Chef no es sólo un reality sociológicamente más válido que la mayoría, sino que además puede darnos algunas ideas acerca de por qué el sistema social en el que vivimos, del que unánimemente se dice que es –en términos de comodidad y bienestar– el mejor que ha existido en la Historia del hombre, no parece generar más que ingentes cantidades de infelicidad. Y lo haré a través de la figura de uno de los concursantes de la séptima temporada: Stephen Hopcraft. Stephen es un tipo afable, con cara de haber acabado de llegar a América en el Mayflower, que por lo que se ve en el concurso dirige restaurantes de lujo pero no sabe cocinar. Stephen parece un tipo indeciso que a la hora de cocinar se siente como un niño ante un juego de Lego con demasiadas piezas que no sabe muy bien cómo encajar, aunque está seguro de que las va a usar todas por sus santos cojones. De una idea aparentemente normal para un plato –dentro de los estándares de la nueva cocina­­-, a Stephen se le va la olla y acaba creando unos esperpentos con más colores que un Pollock y a los que genéricamente titularé «batiburrillos». Los batiburrillos de Stephen no tienen mala pinta, es sólo que parece que no van a ningún lado; se asemejan más el trabajo de un niño emocionado con Asperger –si se me permite el oxímoron- que al de un chef profesional. Creo recordar que en uno de los programas tenía que preparar un desayuno y acabó haciendo una tarta a la que le puso una salsa de apio por encima (!), con la consiguiente cara de asco de Tom Colicchio (una especie de supercoach para chefs, sea lo que sea eso) y de Eric Rippert (que es el tipo canoso que sale en Treme del que os hablaba antes). Mientras mastican lentamente el batiburrillo de Stephen van comentando (todo a la vez, sin parar de comer) lo que les parece. Y el comentario general ante los batiburrillos es éste: tiene demasiadas cosas.

Un mensaje, desde luego, sorprendente, tanto más si viene de dos de los representantes de la nueva cocina en América. La nueva cocina es esa práctica culinaria que ha terminado por crear platos que uno puede comerse antes de terminar de pronunciar (el «calamar a la plancha relleno de boloñesa de calamari al vino tinto» -respiren si no se han asfixiado aún- es una de las delicias disponibles en Le Bernardin). En el mundo de las esencias, la deconstrucción, el nitrógeno líquido, las espumas y las croquetas de fitoplancton con reducción de jugo de papaya de las Seychelles no hay lugar para el pobre Stephen y su tarta con salsa de apio. Y esto es indignante (mucho más que el 15-M). Y por muchos motivos. Dan ganas de reventarle la cabeza con una sartén a Tom Colicchio, aunque puede que esto no tenga nada que ver con Stephen y sí mucho con el encanto natural del bueno de Tom.

El principal motivo por el que este tipo de críticas me molesta es la arbitrariedad. Al juzgar un plato de cocina, al igual que con cualquier otra obra de arte, hay un componente objetivo, relacionado con los estándares del lugar, el momento, la técnica, etc., y otra parte más subjetiva relacionada con el juicio del gusto (los que dicen que todas las opiniones sobre arte son igual de válidas, obviamente, no tienen ni idea). Sin embargo, la mayoría de las críticas hacia Stephen son del tipo “no me gusta esto así”, o directamente no se ponen de acuerdo sobre qué es lo peor de sus batiburrillos, o no lo saben. Y tal vez juzgan a Stephen como ellos mismos fueron juzgados antes –o como lo fueron sus antepasados culinarios que hicieron cocina de vanguardia a pesar de las críticas-. Esto demuestra que, matizando el refrán, el hombre puede considerarse afortunado si sólo tropieza dos veces con la misma piedra. La otra cosa que me resulta curiosa, y el punto central de este ensayo, es cómo la actuación de Stephen –y de los jueces- es prácticamente una simulación perfecta del funcionamiento del sistema capitalista en toda su grandeza y absurdo.

Todo cocinero actual asume que para tener estrellas Michelín y salir en los periódicos y en la revista Food & Wine tiene que hacer nueva cocina, cocina de vanguardia o como ustedes prefieran llamarlo. Yo prefiero cocina de vanguardia porque la inclusión del último sintagma ayuda a entender mejor el fenómeno al compararlo con el arte. La vanguardia culinaria es un síntoma de una posmodernidad tardía, una adaptación a los tiempos que llega cuando casi todo lo demás ya se ha adaptado (y por eso se celebra en los medios de comunicación). Si entendemos posmodernidad como la capacidad de auto-reflexión (en tanto vuelta sobre sí mismo) que adquiere el arte al darse cuenta de que, de manera inmanente, existe en cuanto arte de la misma manera en que existe en cuanto producto, podremos darnos cuenta de que el dadá no anda muy lejos de El Bulli. Por esta misma razón, juzgar con la mirada seria y el bigote hirsuto un batiburrillo de Stephen o la última innovación de Arzak es una impostura tan grande como hacerlo con las performances de Tristan Tzara (aunque la crítica de arte lleva décadas viviendo de ello). Al paraíso de la nueva cocina, como al del arte contemporáneo o a cualquiera de las élites socioeconómicas del mundo capitalista, sólo se accede si los tipos del Olimpo te dejan pasar, aunque como cortafuegos muestran un libro muy gordo de reglas que hay que cumplir; si alguna vez dejaran a alguien mirar en el libro de reglas, seguramente podría comprobar que está lleno de páginas en blanco. En este tipo de barrera de entrada basada en la arbitrariedad y la inspiración divina, el capitalismo no se distingue mucho de sus abuelos, la monarquía absolutista y los círculos de nobles y cortesanos (y, si no han visto la gran obra maestra de Kubrick, Barry Lyndon tiene mucho que enseñarnos sobre este asunto). Sé que esto puede parecer una paradoja para muchos lectores, especialmente al hablar de arte contemporáneo, pero les aseguro que no hay desregulación más regulada que la de las obras expuestas en ARCO o en el MoMA.

La cara del pobre Stephen al ver cómo los jueces escupen su batiburrillo por mezclar demasiado es la misma que la de cualquier occidental al pasear por una gran ciudad llena de carteles publicitarios. Por todos lados la publicidad nos anima a perseguir unos modelos irreales e idealizados, tanto por la industria como por los propios consumidores, en una carrera a toda velocidad que no lleva más que a un enorme abismo. Las adolescentes están casi obligadas por la publicidad a ser como Kate Moss, Rihanna o Lady Gaga, y que me parta un rayo si yo tengo alguna idea de por qué estas mujeres son dignas de ser ejemplo de algo. Los adolescentes son invitados a tener como modelos a Cristiano Ronaldo o a César Alierta (dependiendo de qué tipo de palurdo quiera uno ser), y hasta un simple aficionado al café es invitado a ser George Clooney; como aficionado al café, esto me da ganas de reventarle la cabeza a George Clooney con una sartén. Una mujer que compra perfume tiene que identificarse con Nicole Kidman, y un tipo que se echa colonia no vale nada si no se parece Jonathan Rhys-Myers. Ya entienden por dónde voy. La cultura de consumo ha convertido a las personas en objetos cualesquiera; en realidad, no hay ninguna diferencia entre George Clooney y una máquina Nespresso: ambos son exactamente la misma cosa vendible y manufacturada (o maquinofacturada).  La función principal de la publicidad es generar un deseo que debe ser satisfecho y que te hace tener la necesidad de consumir el producto anunciado; la función principal del capitalismo es hacer que ese deseo último sea jodidamente difícil de satisfacer, cuando no directamente imposible. Piénselo así (o al menos piénselo así si quieren deprimirse durante un rato): imagine uno de esos burros que corren eternamente persiguiendo una zanahoria que el jinete sostiene con una cuerda delante de sus ojos –y si han jugado durante algún tiempo a World of Warcraft sabrán perfectamente de qué les hablo-. ¿Ya lo tienen? Pues en el diagrama básico, usted es el burro, la zanahoria es lo que usted quiere satisfacer consumiendo, y el capitalismo es el jinete.

El mercado tecnológico es probablemente el mejor ejemplo de esta tendencia: comprar un iPad 2 satisface una necesidad inexistente y creada, o al menos lo hace durante algunos meses; el anuncio del iPad 3 genera un nuevo deseo, tan irreal como el anterior, que también ha de ser satisfecho. Ante cualquier persona que analizara lógicamente la situación, esto no es más que un absurdo; pero el consumo desmedido es absurdo en sí mismo, y en lugar de no consumir ningún iPad, los consumimos todos, satisfaciendo varias veces la misma necesidad, con ligeras modificaciones; aunque, si somos honestos, diremos la verdad al afirmar que en realidad no hemos satisfecho ninguna necesidad. Porque, en la mayoría de los casos, el márketing de las últimas décadas ha hecho que al comprar un objeto estemos en realidad abrazando una cosmogonía completa, una manera de ver el mundo. Cuando una señora de treinta y siete años compra un bote de Chanel nº5 está abrazando en secreto su deseo de vivir en el mundo barroco y sobreexpuesto de los anuncios de Nicole Kidman; por esta razón, no será extraño encontrar a dicha señora llorando amargamente cada noche abrazada a su bote de colonia. Al comprar un Nespresso estás efectivamente comprando la imagen de George Clooney como modelo de hombre y caballero (que, obviamente, no son la misma cosa). De esta reflexión pueden sacarse dos conclusiones: 1) Los actores de Hollywood son, a su manera, pequeños jesucristos de pequeñas religiones de menores de 25 años, y 2) La publicidad deprime. La publicidad hace que los hombres se sientan feos y las mujeres gordas, y que en general todo el mundo se sienta pobre y sin estilo; el glamour y el dandismo modernos son en sí mismos paradigmas del vacío y la ausencia de sentido basados en la arbitrariedad y el mercadeo, pero no son sus únicas manifestaciones. De hecho, la tendencia a crear necesidades que no pueden satisfacerse está en casi todas partes: sólo tienen que contar los cientos de miles de minutos que se han dedicado en la televisión mundial a planos de vestidos de actrices en la alfombra roja de los Oscar. Incluso aunque estamos muy acostumbrados a que esto se repita todos los años, como las noticias de los informativos que dicen que hace calor, que hace frío o que llueve, les invito a re-pensar este asunto en profundidad: el medio de comunicación más importante del mundo (después de Internet, si quieren), el que más potencial tiene para hacer cosas buenas, el motivo por el que Rossellini abandonó el cine, dedica cientos de miles de minutos a hablar de vestidos y de encajes y palabras de honor, y aparentemente para el mundo occidental lo más importante que ocurre en un día es que Angelina Jolie enseña una de sus piernas (!). Cientos de miles de personas dedican horas de su tiempo a estar en Internet comentando la ropa que llevan una serie de personas que son exactamente iguales a ella; lo curioso, la gran magia de la industria, es que ha conseguido que, de alguna manera, esa gente que pasea por la alfombra roja no sean iguales a nosotros; o, al menos, no lo son mientras están sobre la alfombra roja. Es la victoria definitiva: no tienen que obligarnos a pensar como quieren a la manera orwelliana, porque lo han conseguido de manera pacífica y casi inadvertida. Hordas de mujeres comentan las bondades y los fallos de un vestido de Prada que jamás van a poder llevar, comprar o, en muchos casos, ni siquiera observar en un escaparate. Pero sienten la necesidad de tener un vestido así, porque el mundo sería mejor si ellas tuvieran ese vestido (!), y no tener este objeto -que en primer lugar no sabían que existía y que por supuesto no necesitaban- hace que se depriman y se sientan mal. A los treinta y siete años, una de estas mujeres entrará en un Corte Inglés del futuro, comprará un bote de Chanel nº 5 y llorará abrazada a él noche tras noche, y no sabrá por qué.

P.S.: como los más avezados habrán podido adivinar, es probable que podamos achacarle al cine la culpa de que la sociedad capitalista de consumo se comporte de esta manera descabellada. Pero eso es un tema para tratar en otro ensayo. Ahora voy a prepararme un pastel de morcilla que aprendí del tipo del Canal Cocina que dispara a ciervos  y los observa desangrarse, y tal vez le pondré un poco de salsa de apio como homenaje a Stephen Hopcraft, uno de los héroes de la modernidad, que se enfrentó al olimpo de la nueva cocina y, como todos los héroes trágicos, fracasó.

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