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Valientes y muertos

Éramos, por supuesto, los únicos valientes dispuestos a bajar a la calle a las cinco de la tarde. Al abrir la puerta de mi casa, de hierro pintado en un color indefinible, entre azul y gris, y que siempre se trababa un poco con el suelo al moverse, la bofetada de calor asfixiante, que se pegaba al pecho, al cuello y a la espalda, te recordaba que estar en agosto, en Sevilla, a las cinco de la tarde y en la calle es una combinación mortífera que haría tambalearse y suplicar clemencia a cualquier superhéroe americano. Pero eso era lo de menos: teníamos once y años y ganas de jugar. Todo lo demás no importaba.

Lo demás, eran, en este caso, los efectos secundarios de nuestro juego: los gritos interrumpiendo la hora de la siesta, las quejas de las vecinas, los balonazos en las paredes y en las puertas de las cocheras. El que más ruido hacía era uno que estuvo durante unos años de moda en los colegios del barrio, un Mikasa blanco y negro –aunque el nuestro ya era amarillo y negro gracias a una gruesa capa de albero pegada al cuero- que además era el que más dolía cuando te daban un pelotazo. Golpeaba sordo, plaf, especialmente contra las puertas de las cocheras, y al terminar el verano todas las paredes blancas de la calle estaban profusamente adornadas por manchas negras y redondas, como si fueran unos trajes de flamenca muy tiesos.

Cuando éramos cuatro, jugábamos surrealistas partidos de dos contra dos en una calle más estrecha que El Molinón. La figura del portero-delantero, que desaparece del imaginario colectivo de los niños al entrar en el mundo reglado y compartimental de la adolescencia, nos salvó más de un mes de agosto. Pero las más de las veces éramos tres, y jugábamos un gato, o nos tirábamos penaltis. Tirábamos dos o tres y luego cambiábamos de sitio: queriendo no usar siempre la misma pared como portería, acabábamos despertando a toda la calle de la siesta. Entonces salían nuestras madres al balcón, al parecer muy descontentas de tener hijos sordos que desoían sus órdenes todas las tardes, y a jugar a otra parte.

Fuimos casi los últimos niños del barrio. A los catorce, cambiamos las manchas de balonazos por las de las firmas y los graffitis. Eran horrendos y divertidos: todo lo que un adolescente alienado necesita. A veces, incluso daban para momentos de creatividad. En una ocasión, volviendo borracho a casa en el autobús nocturno (!), me bajé y pinté con spray azul TAXI sobre el capó de un taxi. Yo aún tampoco termino de explicármelo.

Hoy, en uno de esos raros días en que no voy en coche a todas partes, he ido a dar una vuelta por el barrio. Es un sitio agonizante desde hace décadas, pero que muere tan despacio que parece inmortal. Sus calles de piedra sin aceras, asfaltadas a medias por primera y última vez hace más de sesenta años, tienen una mala salud de hierro. La puerta de la casa donde vivía sigue chirriando y trabándose en el suelo, pero en las paredes blancas ya no hay nada. Son solo paredes blancas, muertas y tiesas y blancas, como las largas hileras de pisos blancos que siguen a largas hileras de pisos rojos, impolutos y deleznables, donde nunca pasa nada. Es como si estar en la calle se hubiera vuelto un síntoma de mala educación, una ofensa hacia la comunidad; si tu niño puede estar en su cuarto jugando y dando gritos, que te moleste a ti. Me molesta que mi vida corra el riesgo de cruzarse con la tuya.

He cruzado mi calle bajo el zumbido de abeja de una miríada de aires acondicionados. Hacía mucho calor, como entonces, pero en las paredes no había manchas, y estaban muy blancas y muy limpias, y se morían de cansancio, languideciendo, las macetas en los balcones. Todo el mundo podía dormir en paz su siesta. Todo estaba bien. Pero era insoportable y aburrido.

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