apuntes

La sociedad red: el individuo y la hidra (IV)

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IMPLICACIONES ECONÓMICAS

Como avanzamos anteriormente, las imbricaciones que el modelo económico capitalista, reconfigurado a lo largo de la década de los setenta, con el establecimiento más o menos global de la sociedad red en los países occidentales, son múltiples y muy significativas. Como ya hemos visto, en las sociedades red la información y el conocimiento adquieren valores fundamentales como elementos de poder no sólo político sino también económico. Este poder emana directamente de la naturaleza y la ontología de la actividad comunicativa dentro de estas redes, que ya definió el creador de la World Wide Web, Tim Berners-Lee, al hablar del hipertexto: la “habilidad para recombinar información sobre las bases de la comunicación recurrente e interactiva” (Berners-Lee, 1980). Así pues, esta actividad comunicativa se vuelve “un proceso interminable de producción de información, comunicación y feedback en tiempo real o en un tiempo determinado” (Castells, 2001), y este proceso sirve como motor económico en aquellas sociedades inscritas en el ámbito de la sociedad red.

El nuevo modelo económico planteado por las corporaciones capitalistas a partir de los setenta también bebe no sólo del carácter de los movimientos liberadores de finales de los sesenta, sino también de otra manifestación que de este espíritu se produce en aquellos agentes decisivos en el proceso de revolución tecnológica; buena parte de los valores considerados positivos actualmente en el mercado tecnológico y de la comunicación vienen de una vieja máxima de la ética hacker, que afirma que «jugar es producir»; esta máxima resume en unas pocas y esenciales palabras el principio detrás del aumento de las inversiones en investigación y desarrollo de las sociedades red (o al menos de aquellas que son conscientes de la capacidad para potenciar estas posibilidades).

Si tenemos en cuenta la creciente importancia de la actuación de los agentes dentro de Internet en muchos sectores de la actividad económica, en especial dentro de la publicidad y de los hábitos de consumo de las personas que forman parte de la red, pero también en el interior de los movimientos liberadores, podemos seguir a Castells al afirmar que “la influencia más importante en el mundo de hoy es la transformación de las mentes de la gente” (Castells, 2006). Así pues, como afirma Capra, “la competencia [en lo económico] depende de la habilidad para superar a otras redes gracias a (…) la capacidad de cooperación” (Capra, 2002, p. 9).

Si asumimos el lugar preeminente que ocupan los medios de comunicación en su capacidad para crear y difundir mensajes, hemos de considerarles como redes esenciales dentro de este modelo. Operan no sólo como redes de creación y codificación de mensajes, codificación que varía según la sociedad a la que éstos vayan destinados; los grandes oligopolios comunicativos occidentales “son la fuente principal de los mensajes que llegan a la mayoría de las personas”. Si a esto le sumamos la noción explicada anteriormente sobre quiénes ostentan la capacidad para definir los objetivos y metas de las redes, obtenemos el resultado económico de que “quien ostenta el poder (a menudo alguien diferente a quien está en el gobierno) decide lo que es valioso” (Castells, 2004).

De hecho, el mercado capitalista es el lugar donde mayor capacidad globalizadora adquiere la existencia de la sociedad red, como demuestran organismos como la Organización Mundial del Comercio. A partir de la reestructuración de las eras Reagan-Thatcher, las grandes corporaciones que comienzan a adoptar estas nuevas nociones tecnológicas, así como valores del toyotismo, se descentralizan y deslocalizan, pasando a funcionar internamente como redes. Esta nueva economía, como afirma Castells, “es indudablemente capitalista, pero se trata de un nuevo tipo de capitalismo, [que] depende de la innovación como fuente de crecimiento productivo”. Como afirmaba Harvey, “el capital siempre ha gozado de un mundo sin fronteras (…) de forma que las redes financieras globales llevan ventaja como entes definidores del valor en la sociedad global” (Harvey, 1990).

Incluso cuando analizamos el fenómeno económico a gran escala, no queda más opción que rendirnos ante la evidencia de la omnipresencia de la sociedad red en el entramado del mercado capitalista contemporáneo; el centro de la economía mundial está en los parqués, en los mercados financieros absolutamente globalizados, que no funcionarían sin una red de conexiones entre millones de ordenadores distintos. “Internet ha permitido el desarrollo vertiginoso de la transacción financiera electrónica, el desarrollo de mercados financieros [y] bursátiles (…) sin un lugar físico en el espacio” (Castells, 2006).

Este cambio en el modelo empresarial llega, por supuesto, hasta nuestros días. Hasta hace algunos años, la mayor parte del comercio en Internet era mimético con respecto a su homólogo en la vida corpórea y estaba basado en un modelo B2C (Business to consumer), que implica una noción unidireccional de alguien que ofrece un producto o un servicio a un cliente o consumidor; sin embargo, en la actualidad, cada vez hay una consciencia mayor de que, en muchas ocasiones, quienes más necesidad tienen de los productos business que hacen uso de las capacidades de la sociedad red son precisamente otros negocios; así, en los últimos años han florecido múltiples plataformas de tipo B2B (Business to business), como Box.net, Minus.com o Mediafire.com, que centran buena parte de su oferta en el trabajo corporativo y en la capacidad de manejar información de manera completamente transparente y en tiempo real en un entorno descentralizado, pudiendo incluso editarse documentos en tiempo real por parte de varias personas a la vez, como ocurre en la plataforma Google Docs.

En lo que respecta a los medios de comunicación, podemos ver un patrón similar al resto de elementos del mercado. El modelo tradicional de la comunicación mediática, definido por su verticalidad y la direccionalidad estricta de su flujo comunicativo, “se desliza hacia un modelo horizontal no centralizado en que una cantidad elevada de datos se genera y difunde fuera del control de los profesionales”, en palabras de Castells. Fruto de la diversificación y la fragmentación de las audiencias, este nuevo sistema multimedia de comunicación, aunque sigue estando basado en un modelo oligopólico empresarial, ha perdido su característica de ser fundamentalmente unidireccional, mostrando “una gran variedad de canales de comunicación, con una interactividad cada vez mayor, y no son la aldea global de una cultura centrada en Hollywood”.

Ya que el receptor se vuelve sujeto activo en el proceso comunicativo cuando éste se enmarca dentro del ámbito de la sociedad red, hemos de anotar brevemente la creciente importancia que está adquiriendo que ese receptor tenga lo que se conoce como «capacidad de influencia». Esta noción de influencia como valor intrínseco se ha desarrollado sobre todo a partir del auge de las redes sociales como instrumento publicitario, con la popularización de Facebook y la inclusión casi omnipresente de los anuncios de Google Ads. Una persona que vive inmersa en lo que se ha denominado «cultura de la sospecha», apoyándose en el trabajo teórico -basado en las ideas de Marx, Freud y Nietzsche- de Foucault, Weber, Fromm y otros autores, tiende a confiar más en el mensaje que genera un miembro de su red, a quien considera igual a sí mismo, que a un mensaje que le llega desde las grandes corporaciones empresariales. Así, el marketing ha abrazado con fuerza esta noción de influencia, que se ha convertido en un importantísimo valor de negocio; una persona «influyente» en Internet puede generar mucho dinero, precisamente debido a la capacidad descrita anteriormente de funcionar como «enlaces» entre distintas redes, ampliando así el público target de la empresa anunciante. Como afirma Karsten Krüger en su ensayo El concepto de ‘Sociedad del conocimiento’: “un sistema en el que las ideas y los conceptos, como los sujetos, entidades e instituciones, son todos ellos agentes y catalizadores de un proceso de transformación social y cultural.” (Krüger, 2006).

Y todo ello a pesar de que el mundo de la empresa, en el germen, no tuvo (ni quiso tener) nada que ver con el desarrollo de Internet. De hecho, es famosa la anécdota que cuenta cómo el Pentágono le ofreció a AT&T la capacidad de explotar de manera privada el uso de ARPANet, el precedente de Internet tal y como lo conocemos, en 1972; la mastodóntica empresa telefónica respondió que no veía la manera de que aquello fuera rentable y se negó a comercializarlo. Ni unos (el mercado) ni otros (los gobiernos) quisieron tener mucho que ver con Internet al principio; por eso, como afirma Castells, “desde el principio Internet se autogestiona, de forma informal, por una serie de personalidades que se ocupan del desarrollo de Internet sin que el Gobierno se meta demasiado con ellos” (Castells, 2006). Actualmente el órgano de «gobierno» de Internet es el ICANN, creado en 1988, aunque existe un debate sobre si debería crearse una nueva organización sin ningún vínculo con la actual y también sin ánimo de lucro, como ocurre con el caso de OpenNIC, o abandonarse definitivamente cualquier tipo de control sobre la Red.

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