apuntes

La sociedad red: el individuo y la hidra (III)

PARTES ANTERIORES: I / II

RED, ESPACIO, TIEMPO

Dentro del contexto de esta nueva sociedad red se abre todo un nuevo campo de análisis de creación y uso de espacios –o no-espacios-. Estamos muy lejos ya de la época en que “la ciudad”, que aquí funciona casi como ideal abstracto, formaba el núcleo central y el muro de carga de la existencia social. De hecho, como teoriza Habermas y resume muy bien Andrew Edgar en su ensayo Habermas: the key concepts, “los medios se han convertido en el espacio público” (Edgar, 2006). Como han venido diciendo durante las últimas décadas tanto sociólogos como semióticos, los medios de comunicación están en proceso de afianzarse como uno de los principales elementos socializadores de nuestra civilización, si no en el principal. En un mundo donde las tres instituciones socializadoras históricas (la familia, la escuela y la iglesia) sufren un proceso de progresiva deslegitimización y desintegración, al menos en su modelo tradicional histórico, el medio de comunicación de masas, controlado por una macro-empresa privada, ante el cual un ciudadano occidental cualquiera pasa más de tres horas diarias de media, parece haber tomado el lugar de educador que en algunos países socialistas se entrega al Estado. Y no sólo ocupa un lugar prominente en este proceso socializador: también es la principal plataforma para buena parte del intercambio semiótico y simbólico de mensajes y discursos, el sitio donde se realiza buena parte del debate que genera una sociedad red de manera intrínseca.

Al formar parte indeleble de la existencia como seres sociales, la Red también cambia la manera en que experimentamos esta realidad. Y el cambio más importante que incluye está íntimamente relacionado con una de sus características más destacadas: la del enorme potencial de flexibilidad que la red posee. A pesar de que la noción de red de comunicación es aplicable a prácticamente todos los estamentos de la vida social, la aparición del ciber-espacio y de Internet, de la World Wide Web y del correo electrónico, cambian la manera tradicional de entender el espacio y el tiempo.

En primer lugar, veamos algunas de las nociones que cambian el concepto del tiempo dentro de la sociedad red. Según Castells, en la sociedad red “la relación temporal viene definida por el uso de tecnologías de la información y la comunicación, en un incesante esfuerzo por aniquilar el tiempo negando la secuenciación” (Castells, 2004). En Internet se produce un progresivo proceso de indeterminación del tiempo conforme la red como conjunto va ganando en velocidad (mejores conexiones, mayor velocidad de procesamiento de los servidores, más capacidad de almacenamiento y mejores procesadores y discos duros, etc). En la actualidad, el “tiempo real” es un sintagma que cobra progresivamente más y más fuerza e importancia; la mayor velocidad de las conexiones, por ejemplo, ha hecho que el streaming de contenidos en internet se haya convertido en una práctica habitual, incluso para vídeo; en la mayoría de los países occidentales se puede ver en streaming una película completa en alta definición (cuyas tasas de transferencia son aproximadamente de cinco megabytes por segundo). De hecho, la instantaneidad de muchos procesos complejos que se consigue gracias al desarrollo informático se ha vuelto una práctica normalizada y que no provoca ningún tipo de asombro; la cultura del hipervínculo y del salto interminable entre una fuente de información y otra asume un tiempo indeterminado que no dista mucho de la noción de «tiempo glacial» acuñada en 1994 por los teóricos ecologistas Lash y Urry. La «ductilidad» de la tecnología empleada permite el “efecto de retroacción en tiempo real”.

A esta noción del tiempo como glacial, o incluso como «tiempo atemporal», se suma otra concepción novedosa del espacio, a la que se conoce como «espacio de flujos». Esta noción hace referencia a la “posibilidad tecnológica y organizativa de practicar simultaneidad sin contigüidad”. De hecho, podríamos pensar en el espacio de flujos que existe en la sociedad red como en la estructura atómica tal y como la describen los investigadores desde la enunciación del principio de indeterminación de Heisenberg y el auge del modelo cuántico. En cierto sentido, estar dentro de la sociedad red es estar en ningún sitio, o en varios a la vez, en un momento determinado; no estamos situados fuera del espacio, sino que estamos en un espacio “hecho de nodos y redes” (Castells, 2004).

Un último apunte sobre el espacio de flujos. Considerado así como indeterminación, el ciber-espacio puede ser tomado por una suerte de «no-lugar», concepto acuñado por el antropólogo y etnólogo francés Marc Augé en 1993. Desde luego, habría que matizar: mientras que Augé defiende que para que exista el no-lugar tiene que haber una “falta de importancia”, este baremo no es aplicable a la red, que existe de manera unitaria e independiente y es de hecho una de las esferas más importantes de intercambio de significados y sentidos en la sociedad occidental. Sin embargo, la red sí que puede ser definida como un «lugar antropológico», «carente de la configuración de los espacios» y «casi exclusivamente definido por el pasar de individuos», así como también se produce dentro de ellos una especie de desnaturalización o cambio de naturaleza en la relación o comunicación, que la convierte en un poco «más artificial» (Augé, 1993). Mientras que en los no-lugares tradicionalmente descritos por el francés nos identifica normalmente un documento de identidad o una tarjeta de crédito, en muchos casos en la red no nos identificará más que un nickname que podemos elegir.

Esta modificación de la forma en que entendemos el espacio y el tiempo dentro de la sociedad red desencadena un proceso de adaptación y visión del mundo como realidad que se despliega, no ya frente a nosotros sino a nuestro alrededor, en un tiempo y espacio complejos, fragmentados o directamente inexistentes, formado por una miríada de comunicaciones simbólicas efímeras. La red reconfigura la manera en que entendemos el sitio y el tiempo en que vivimos, recrea el «cronotopo» bajtiniano convirtiéndolo en un «no-cronotopo», añadiendo los matices espaciales de Augé.

CUESTIONES POLÍTICAS Y SOCIALES

Volvamos al tema que planteábamos anteriormente con respecto al orden y los objetivos de las sociedades construidas como redes. Planteábamos dos preguntas esenciales: “¿quién tiene la capacidad de definir los objetivos y finalidades de una red concreta?”, una pregunta que sólo tiene validez si la respuesta a “¿es posible de manera efectiva proponer una serie de fines y objetivos concretos para una red?” es afirmativa. Como ya adelantábamos, la noción sobre la que girar aquí es la de «valor», uno de los conceptos que mantiene su equivalente en la sociedad red informacionalista igual que en el modelo tradicional industrialista: “valor es lo que las instituciones dominantes de la sociedad deciden que sea” (Castells, 2006).

Así pues, ¿quién tiene el poder? Castells entra aquí en un curioso bucle, ya que mientras afirma que las instituciones dominantes son las que deciden qué contenidos tienen «valor» dentro de una red concreta, también sostiene que “cada red define su propio sistema de poder en función de sus metas programadas” (Castells, 2004). Sin embargo, esta definición vuelve a enfrentarse a su primera aproximación a la red como un espacio descentralizado y horizontal, compuesto por nodos y redes. Mientras que en la teoría de la utopía hacker siempre se ha soñado con una sociedad red aplicada a Internet completamente horizontal y equitativa, la realidad es que todavía estamos muy lejos de esa meta; de hecho, vistas las legislaciones –o intentos de legislación- de los estados occidentales con respecto a la Red de los últimos, parece que estamos progresivamente más lejos de conseguirlo.

En realidad, es imposible ofrecer una respuesta unitaria con respecto a quién ejerce el poder en las sociedades red. En cada una de ellas convergen varios agentes que actúan en conjunción e interrelación constante; de hecho, estos agentes o «actores sociales», que son los que cuentan con la capacidad de definir y modificar los objetivos y metas de la red, forman a su vez una red nueva y diferenciada que los separa del resto de los usuarios. Además, estos usuarios no sólo tienen esta capacidad de modificar los objetivos, sino que también sirven para actuar como «enlaces» integradores entre distintas redes. Sólo en los últimos años esta realidad ha sido comprendida y explotada por el mercado económico occidental, pero este punto también será desarrollado más adelante.

Las implicaciones políticas de la sociedad red existen desde antes incluso de su formación actual, como ya hemos comentado anteriormente con respecto a los movimientos liberadores radicales sesentayochistas. Tanto entonces como hoy, estos movimientos sociales se han aprovechado siempre de los avances tecnológicos para poder mover sus mensajes dentro del espacio indeterminado y el tiempo líquido de la sociedad red. Y como también vimos que los tres procesos que confluyen en la aparición de la sociedad red (revolución tecnológica, refundación del capitalismo, movimientos liberadores) se interrelacionan constantemente, hemos llegado a un estado de cosas actual en el que “la resistencia al poder se efectúa mediante los mismos dos mecanismos que constituyen el poder en la sociedad red: los programas de redes y las conexiones de redes” (Castells, 2006).

Esta «resistencia al poder» se efectúa de manera muy distinta según el individuo, el grupo al que pertenezca, el momento concreto en que realice su acción, el nivel de implicación o de conocimiento de la red, o de si es uno de los miembros capaces de actuar como «enlace» o no lo es. De hecho, al afirmar que cada sociedad red –o red social- puede funcionar de manera independiente y unitaria, estamos afirmando que la existencia de ésta no es completamente unificadora; sus manifestaciones, en tanto culturales, son también propias de la comunidad que las practica. Los diversos lenguajes configuran las interacciones simbólicas diferentes según la herencia cultural de la sociedad o del individuo concreto. Por ello, hemos de considerar cada mensaje que circula dentro del «no-cronotopo» de una sociedad red como una “comunicación significativa codificada por la cultura”. Hecho así, “la cultura de la sociedad red global es una cultura de protocolos que permiten la comunicación entre diferentes culturas” (Castells, 2004), donde el matiz importante es el de potencialidad –“permiten la comunicación”, no “comunican”- y no el de realidad efectiva. De hecho, la base para la comunicación entre dos sociedades distintas no es necesariamente “de valores compartidos”, sino de “compartir el valor de la comunicación”, en una predisposición a comunicar y compartir que acercaría a los miembros de esa sociedad red a uno de los puntos más importantes de la ética hacker, que es el valor de compartir (Himanen, 2001). Castells comparte este punto de vista con Himanen, y llega a afirmar que “la cultura de la sociedad red es una cultura de protocolos de comunicación entre todas las culturas del mundo, desarrollada sobre las bases de una creencia común en el poder de las redes y de la sinergia obtenida al dar y recibir de los demás”.

Sin embargo, es importante hacer una aclaración con respecto a este tema. Son muchas las voces que han proclamado el triunfo ineludible de la desbocada huida hacia delante del desarrollo tecnológico, los que se entregan a una suerte de determinismo tecnológico optimista. Realmente, hay pocos motivos para la esperanza; según el sociólogo N. Stehr (2000), los avances en el conocimiento científico y tecnológico y su amplia difusión “causan más incertidumbre, fragilidad y contingencia”.

Por otra parte, no debemos olvidar que la evolución de la sociedad red en el último decenio la ha alejado mucho del modelo que planteaba Marshall McLuhan en su Galaxia Gutenberg (1962). Actualmente, Internet se encuentra mucho más cerca de un estatus «glocalizado» que de uno globalizado propiamente dicho. La integración entre las diferentes sociedades es un proceso que se está demostrando harto complicado (sólo hay que mirar la historia reciente de la Unión Europea para tener un ejemplo claro). A pesar del enorme potencial integrador que poseen, cada red suele tener sus propios objetivos, que normalmente no tienen nada que ver entre sí y que dependen de los «actores sociales», término que usa Castells para definir a aquellos elementos que tienen la habilidad de definir y reconfigurar estos objetivos, así como a aquellos que tienen la capacidad de funcionar como «enlaces». Lo que caracteriza a la lógica de la Red global es la “afirmación de la multiplicidad de identidades (…) más que la aparición de una cultura homogénea global” (Castells, 2004). La tendencia es hacia la progresiva fragmentación, no hacia la convergencia.

La sociedad red es, indudablemente, una sociedad global. Ello no significa, sin embargo, que todas las personas del mundo formen parte de ella, o al menos parte activa; si analizamos los datos objetivos respecto a la población mundial, la conclusión ineludible es que la mayor parte de las personas no forma parte de la sociedad red. Sin embargo, como comentaremos más adelante, todo el mundo se ve afectado, de una manera o de otra, por los procesos que se desarrollan dentro del contexto de estas sociedades.

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