apuntes

El cerebro y la cuerda

La llaman “la playa de la cuerda” y creo que es la única playa que he visto en mi vida en la cual puedes caminar diez kilómetros y no ver en la arena mojada más pisadas que las tuyas. Para llegar a ella hay que recorrer varios kilómetros de un pequeño sendero que atraviesa una pequeña parte del inmenso coto de Doñana. Al llegar al final del camino, repleto de pequeñas dunas y cuyo absurdo recorrido sube en una cuesta pronunciada durante la mitad de la distancia para luego bajar en la otra mitad, el paisaje se recorta abruptamente en un acantilado que resulta un mirador excelente.

El problema viene al tener que bajar. La pared es casi completamente vertical y la idea de tener que hacer rappel para ir a la playa no es la más cautivadora de todas. En todo caso, agarré la cuerda con fuerza y me dispuse a bajar; al fin y al cabo, no había recorrido kilómetros de arena cuesta arriba para quedarme ahí. Gracias a la inestimable ayuda de la gravedad, unos segundos más tarde estaba en el suelo. A pesar de estar en pleno invierno, el sol pegaba con ánimo, y un par de cervezas más tarde me encontré dormitando. Era difícil mirar el reflejo del sol sobre el agua sin que dolieran los ojos, y el sonido de las olas rompiendo contra la arena rebotaba en los acantilados y llegaba a los oídos como una auténtica sinfonía de truenos. Se me ocurrió por primera vez la idea de que subir la pared iba a ser menos gracioso que bajarlo. Lo dejé pasar.

A día de hoy, no podría decir cómo llegué arriba. Recuerdo que estaba medio borracho, que habíamos fumado hachís, que se me había bajado la tensión, o el azúcar, o todo. Que estaba en ayunas. Las mejores perspectivas para una escalada. Luego estaba arriba, dolorido, con el cuerpo entero ardiendo desde dentro hacia fuera. Me sentía exhausto y enfadado conmigo mismo, como casi siempre que hago un ejercicio extenuante, así que me senté a pensar, que se me da mejor que escalar paredes (o no).

Estaba furioso por mi propia debilidad; en realidad, siempre lo he estado. Había subido la pared, sí, pero de manera torpe y casi cómica. Estaba al lado de una mujer hermosa y me sentí como si tuviera de nuevo siete años y fuera el niño zambo, gordo, torpe y retraído que intenta bailar durante la actuación de la gala de fin de curso y provoca la carcajada general del público; os aseguro que tener siete años y cientos de carcajadas clavadas en los oídos es algo que no se olvida fácilmente. Mi corazón era una suerte de martillo hidráulico bombeándome en el pecho. Me sentía avergonzado.

Volví a intentar recordar la subida sin éxito. Recordaba los dos primeros impulsos hacia arriba; todo lo demás había sido una especie de esquizofrénica y aterrorizada huida, como a veces hacen los caballos en las películas cuando cruzan un río. Podía sentir mi cuerpo en cada una de sus partes, como un puzzle vivo o un complejo engranaje poco engrasado. Era como si mi cabeza se rebelara contra el hecho de hacer ejercicio; como si la hipertrofiada racionalidad de mi cerebro se negara a entregarse a la práctica del deporte, que requiere abandonar un poco ese ser que piensa, que categoriza y que observa, para ser un animal que actúa guiado por una especie de memoria genética que dicta sus movimientos. No recordé la subida, ni tampoco cómo lo hice; mi cuerpo solo había mandado las órdenes de cuándo mover qué extremidad; yo no tenía ni idea de ello, pero él sí lo sabía. Me había dicho dónde apoyar los pies, me había obligado a tirar con más fuerza cuando creía que ya no me quedaba ninguna. Me bloqueó y encerró dentro del cerebro y asumió el mando, en una especie de movimiento instintivo-revolucionario a lo Tron, no sé si me explico. Los libros, las películas, las ideas o el amor son conceptos que le importan una mierda a una pared de piedra. Y hay una parte de mí que habla el idioma de las piedras; es sólo que no soy consciente de ello, y ni siquiera estoy seguro de si me gusta.

Con la mano sobre el corazón, intentaba medirme las pulsaciones sobre el pecho. Seguía estando al lado de una mujer hermosa, y también seguía haciendo el idiota. Nos miramos. Ella dijo: “lo bueno es que ahora tenemos la cuesta arriba al principio y la última mitad del camino la haremos cuesta abajo y podremos descansar”. Puedo decir que sobreviví. Lo que no puedo decir es cómo.

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4 thoughts on “El cerebro y la cuerda

  1. Está muy requetebién. “Los libros, las películas, las ideas o el amor son conceptos que le importan una mierda a una pared de piedra. Y hay una parte de mí que habla el idioma de las piedras; es sólo que no soy consciente de ello, y ni siquiera estoy seguro de si me gusta.”

    En otro post ya si eso nos hablas de la hermosa mujer.

  2. Sophia dice:

    Hola Juan Jose F. Cerero, soy Sophia y tengo 18 años. Aunque no nos conocemos y estemos a más de 10.000 kilómetros mas o menos, lo admiro mucho. Es usted una inspiración para mi. Jamas creí encontrar a alguien tan sabio, tan preciso, tan completo en este mundo cibernético como usted. Me gusta mucho como escribe, y me he leído todos sus escritos y me hace muy feliz saber que estarán siempre hay esas sabias palabras, que aunque su maravilloso autor no sepa que los leo, ni que existo, esos escritos plasman en mi mente un mundo de colores, olores y sabores que es exquisito y en el que me pierdo constantemente. Por lo menos presiento, que debe sentir un hormigueo en los labios de todos los besos que le envió con la mente en agradecimiento a compartir parte de su sentir, de su pensar.

    Se que es tonto preguntar esto, pero quisiera saber como se llama la imagen que tiene de fondo en su twitter, me llama mucho la atención y me gustaría ponerla como wallpaper en mi computador, solo para recordarlo. Podría enviarme la respuesta si quiere bleuelundi@gmail.com , espero no tome esto como inapropiado.

    Me despido no sin antes decirle GRACIAS, por crear en mi vida un hermoso mundito al que puedo escapar cuando quiera.

    Con mucho amor, y deseando que se encuentre bien.

    Sophia

  3. MLR dice:

    Admiro ese énfasis a la hora de añadir palabras malsonantes sin hacer que la frase parezca vulgar.

    En cuánto al corazón que se desboca y la piedra en el camino, veo que pueden llegar a adoptar formas literales y no tan poéticas como suelo leerlas en muchos escritos.

    Buena entrada :)

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