apuntes, cine

Punishment Park: otro pasado es posible

Peter Watkins es, sin duda, uno de los maestros cinematográficos de la no-ficción. Su obra como “documentalista” se desarrolla sobre todo durante los años sesenta, y alcanza en Punishment Park (1971) su punto cumbre. La película es una suerte de falso documental con evidentes aunque difuminadas marcas ficcionales ambientado en los Estados Unidos sumergidos en la Guerra de Vietnam. Por aplicación de la Ley McCarran, de 1950, se autorizaba al Gobierno a detener e interrogar a personas sin pasar antes por el Parlamento; es una medida, que, de hecho, se reactivó no hace mucho, en la época posterior al 11 de Septiembre, y que dio lugar a fenómenos tan deleznables como el campo de Guantánamo. Punishment Park tira de este hilo para presentarnos una claustrofóbica película que, a pesar de coquetear con la distópico, se sumerge de lleno en el terreno de la ucronía, una especie de presente posible que es coetáneo al del autor. Así pues, la película nos presenta a un grupo de terroristas hippies y comunistas que han sido “juzgados” por un comité y sentenciados a diversas penas de prisión, que pueden conmutarse por una estancia de tres días en un Punishment Park (el guión deja caer que hay varios repartidos por el país).

Punishment Park (Peter Watkins, 1971)

Éste es el primer punto central que articula la obra: los interrogatorios -camuflados como juicios- a los que un comité de ciudadanos de bien estadounidenses somete a los activistas políticos contrarios a Vietnam. Si la otra gran estructura de la película, la narración del viaje por el parque en dirección a la meta, tiene un tono más narrativo, los interrogatorios son filmados de una manera muy teatral; es en estas conversaciones donde el autor plantea el corpus intelectual de la obra, donde expone su posición y se enfrenta a los argumentos que ofrece el sistema. A pesar de que, en algunos momentos, el tono de la conversación parece salido de una novela rusa o japonesa y pierde un poco de naturalidad, estos interrogatorios proporcionan algunos momentos de tensión contenida que nada tienen que envidiar a los de La Soga (Hitchcock, 1948). Los activistas, esposados, derrotados y constantemente vejados, son atacados sin cesar por los miembros del comité, hasta que no les queda otra opción que rendirse y dejarlo estar.

De hecho, ésta parece ser una de las ideas fundamentales que Watkins pretende comunicar a lo largo de la película: que la forma de derrotar al sistema no es oponiéndose frontalmente a él, que al cabo no es más que darse cientos de veces con la cabeza contra el mismo muro, sino que tal vez sería más valioso buscar los huecos que el propio sistema te deja y usarlo como altavoz para expresar tus ideas; usar sus propias armas contra él, por decirlo de alguna manera. En un sentido similar se manifestaba el dibujante El Roto en una entrevista para JotDown Magazine:

Cuando trabajas en esto te das cuenta de la dificultad que entraña moverte en direcciones distintas a la corriente de opinión. Es una corriente que tiene una visibilidad y es duro nadar en su contra. Más bien hay que aprovechar las corrientes para moverte en la dirección que tú quieres sin un esfuerzo digamos gratuito, sin una pérdida de energía innecesaria. Hay que saber qué es útil en cada momento y determinar qué cosas, que no van a ser ni escuchadas, son innecesarias. Creo que hay que buscar las fisuras del sistema, los lugares por donde puedes colar tu información, tus ideas, tu pensamiento; más que ir en bloque contra un muro que no se va a derribar.

De hecho, en una conversación entre dos activistas, uno de ellos le pregunta al otro si realmente cree que someterse al Punishment Park, que al fin y al cabo es algo impuesto por el Estado, es la misma forma en que se pueden solucionar los problemas de América. El otro le responde:

Sí, creo que sí. Creo que si juegas con las reglas de la gente que ha inventado el juego, incluso aunque sean un montón contra ti, ésa es la única manera en que es posible ganar el juego.

Mientras tanto, los miembros del comité representan los clichés las supuestas buenas intenciones, el doble lenguaje y la traición sutil y constante de los ciudadanos de bien, de las creaciones perfeccionadas del establishment. El eufemismo impregna cada una de las secuencias de la película:  los detenidos son llamados “amenaza para la seguridad nacional” y “defendido”, y la estancia en el Punishment Park es definida como un “curso”. Una y otra vez veremos los mismos argumentos a favor de la Guerra, de la censura y de la represión, siempre los mismos símiles y la preocupación absoluta y falsa por el PAÍS y por los niños, que es quizás la más cínica de todas. El chairman del comité llega a expresarse en estos términos.

El montaje de la película es básicamente dual, y alterna escenas de los interrogatorios con escenas donde se apuntan breves momentos del viaje por el desierto del grupo de hippies. El objetivo es simple: tienen tres días para cruzar casi 100 kilómetros de puro desierto para llegar a una bandera de los Estados Unidos. Si lo consiguen, quedarán libres. Sin embargo, estarán en todo momento perseguidos por oficiales de la policía y del ejército, y si son apresados volverán a cumplir sus sentencias. Los cuerpos de seguridad tienen derecho a usar violencia y armas de fuego. Todo el planteamiento está organizado sobre bases muy reales: las protestas estudiantiles de Chicago en 1968, la serie de juicios a los chicos conocidos como los Chicago Seven, la masacre de Kent State. Así comienza una persecución deleznable, un hobbesiano día de caza donde unos hombres en uniforme matan a otros hombres que han decidido no llevar uniforme. El tema de la persecución y la caza de seres humanos ha sido tratado a lo largo y ancho de la Historia del Cine, no siempre con la misma fortuna, desde la gran The Most Dangerous Game (Schoedsack & Pichel, 1932) hasta la más reciente y mucho más espantosa The Condemned (Wiper, 2007), e impregnando obras de otras categorías como el videoclip; el trabajo de Romain Gavras para M.I.A. en el vídeo de Born Free, que fue una de las piezas más discutidas y estudiadas del año 2010, está obviamente influenciado por esta obra de Watkins.

Si nos adentramos en lo puramente cinematográfico, podríamos definir Punishment Park como un mockumentary, pero uno que va muy en serio. Aquí no hay intención humorística ni buena voluntad, y cuando es usado el humor es siempre como arma, un sarcasmo y un cinismo desgarrados que parecen ser la única comunicación posible entre seres humanos que no se oyen ni se entienden, que parecen vivir en universos distintos incapaces de coincidir bajo riesgo de explosión (como en Fringe). Esta perspectiva dialógica y dicotómica está presente a lo largo de la película, como ya comentamos antes: los jóvenes por un lado, la policía y el sistema por otro. Es cierto que aquí se le puede achacar a Watkins un cierto maniqueísmo en las posturas: en todo el metraje el director se posiciona de parte de los jóvenes activistas. De hecho, en muchas ocasiones tendremos la impresión de oír hablar a Watkins por cada una de las bocas de los detenidos, en un ejercicio retórico clásico de legitimación de la postura que sigue siendo muy común a día de hoy, y no sólo en el cine: buena parte de una de las novelas gráficas más interesantes del pasado año, Paying for it (Chester Brown, 2011) está construida de esta manera. Además, la película también adolece de cierto endulzamiento en algunas de las posturas, aunque bien es cierto que en el tramo final del metraje finalmente encontramos el reverso a todo el punto de vista de la narración, aunque tal vez no llegue a ser suficiente.

Como decimos, pues, Punishment Park se trata de un falso documental. Y todos los elementos clásicos del falso documental están aquí también presentes; de hecho, Watkins es uno de los que marcan este canon. Un uso de la cámara muy cercano al estilo vérité, con movimientos rápidos y descuidados y zooms marcados, y abundantes y bruscos cortes de montaje que le dan sensación “periodística” al metraje. A esto le sumamos una total ausencia de música extradiegética, el naturalismo de la conversación y de la puesta en escena, y ya lo tenemos. Por si no quedara claro, Watkins deja a lo largo de la película varias marcas de la presencia de un hombre rodando con la cámara: a través de alusiones de otros personajes, sobre todo, pero en algunos momentos también le oiremos gritar y hablar con ellos; así, se produce una ruptura total de la cuarta pared que permite otorgarle una mayor verosimilitud al relato, que en todo caso ayuda a la sensación del realismo de la narrativa ucrónica.

Esta película entronca también con una hoy sólida tradición de películas en las que realizadores y autores europeos arman sus cámaras para hablar de América, y normalmente lo hacen de manera muy distinta entre sí. La obra de Watkins, mucho más cercana al social commentary que a la narrativa ficcional usual, tiene mucho que ver con los actuality dramas de otro de los grandes documentalistas de la época, el canadiense Allan King, y de hecho si comparamos Punishment Park con Come on children (King, 1973), por ejemplo, e incluso con Le couple témoin (Klein, 1977) veremos apuestas estéticas y humanas realmente muy similares. En lo europeo, además, Watkins entronca con pesos pesados del cine de alturas como Godard, que bajo el grupo Dziga Vertov también trató el tema de Vietnam en obras tan infumables como Letter to Jane (An investigation about a still) (Godard & Gorin, 1972) o Michelangelo Antonioni, que también abordó la situación de las revueltas de Chicago en su colosal y explosiva Zabriskie Point (Antonioni, 1969). Las películas europeas sobre el fenómeno hippie y contestatario tienen muy poco que ver con sus homólogas americanas, que en muchos casos abrazan mucho más la narración institucional y tienen un componente mítico o dignificador que las hace entroncar directamente con el sistema, convirtiéndolas en parte del problema y no de la solución: ejemplos de esta mitología creada son los motoristas de Easy Rider (Hopper, 1969) o el dúo audreyhepburn gone bad de Bonnie & Clyde (Penn, 1967). Aquí no hay solución posible, ni esperanza, y el juego en realidad no es juego -pues son perseguidos- ni tampoco es justo, como los exhaustos participantes en el curso averiguan al divisar finalmente la bandera, que está custodiada por un grupo de hombres armados de la policía que no les dejarán pasar. Como dijo el gran Bodie Broadus en The Wire: this game is rigged, man.

Las mentiras de siempre.

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