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Códigos genéricos en televisión: de Expediente X a Fringe (y II)

(Viene de este artículo)

A esto, además, se le suma el componente de lo científico. Ya desde Julio Verne la aparición de la ciencia como capacidad humana para llevar al hombre a sitios improbables y desconocidos es un elemento de la literatura de ciencia ficción. La exponencial evolución del desarrollo científico a lo largo del siglo XX ha hecho que, en la realidad naturalista descrita anteriormente, la ciencia pueda funcionar como elemento probable de introducción de ese elemento extraño, sea por error, por el fruto de la experimentación, o voluntariamente. Es a través de esta asunción como se llega a la noción de la ciudad como laberinto o como conspiración. Aunque, de nuevo, esta noción opera de manera distinta en Expediente X y en Fringe. Mientras que en Expediente X opera de manera fundamental el elemento sobrenatural e inexplicable, que como mucho puede ser atribuido a nociones genéticas, pero que en muchos otros casos están directamente relacionados con tecnología extraterrestre de la que nada se sabe, en Fringe todo es producto de un intenso estudio científico; todo es cuantificable, mesurable y explicable, aunque sea en términos que en ocasiones resultan humorísticos para cualquier espectador que sepa algo de ciencia, y este conocimiento se desarrolla a través de las marcas narrativas del género procedimental: los planos detalle de la actividad forense e investigadora, del trabajo en el laboratorio, en planos breves y deslocalizados acompañados de música de fondo, como en las ya mencionadas Bones y CSI. Esto es también un síntoma del cambio del foco de preocupación del propio público –y de los creadores- con respecto a lo que puede ser peligroso para la sociedad: en el mundo posterior al 11 de septiembre de 2001, la gran amenaza para el mundo ya no son los herederos del alien de Roswell, sino los terroristas dispuestos a meterse fuego donde sea; incluso, más aún, está el terror a lo que no se ve, que en este caso se representa a través del terrorismo biológico.

También el 11-S tiene mucho que ver con el enfoque que cada una de las dos obras da a otro de los elementos importantes en ambas tramas: el papel y, sobre todo, la actitud del Gobierno. Para el caso, podríamos considerar que, de la misma manera que ocurre en The Wire (Simon, 2002-2008), el Gobierno en estas series actúa como una especie de Olimpo que toma decisiones por encima de la participación de los protagonistas, determinando de manera fundamental lo que les ocurre a ellos. En Expediente X, Chris Carter coloca al Gobierno en el centro de la trama conspiratoria: los mismos para los que Mulder y Scully trabajan resolviendo casos son los que crean los casos y ocultan la verdad al público. Es tan así que de hecho la frase “El Gobierno niega todo conocimiento” aparecía en la cabecera de cada episodio de la serie. De hecho, otra de las frases más aparecidas durante las cabeceras, junto a La verdad está ahí fuera, es una que otorga a la serie un carácter mucho más laberíntico en este sentido que a Fringe: TRUST NO ONE. No confiar en nadie es la única manera de conseguir acercarse a la verdad. Sin embargo, en la serie de Abrams, es el Gobierno el encargado de solucionar todo aquello que va mal, con bastante eficacia y casi ningún error, por cierto, y cuando la verdad se oculta es siempre en favor del bien mayor. Esta postura benevolente con respecto al Gobierno y a la Policía (en este caso, el FBI) tiene mucho que ver con el 11-S y es un cambio que también se ha operado, a su manera, en el cine: mientras que en el noir clásico, por ejemplo, abundaba la figura del beat cop, del poli malo, o del investigador privado que no tenía nada que ver con la ley ni ganas de hacerlo, la verdad; sin embargo, en el cine moderno la película de detectives ha pasado a ser la película policíaca; el policía es bueno, funciona como una especie de norte moral y ejemplo de conducta, y además es un héroe de uniforme con unas capacidades que dejarían a McGyver a la altura de Juan Diego en cuanto personaje de acción. La idea final que impregna estas películas, así como la que en el fondo impregna Fringe, es que, a pesar de todo, el sistema funciona; hay quien ha visto en esto un síntoma de la intención del modelo sociopolítico actual de perpetuarse a sí mismo en momentos difíciles, y es probable que no les falte parte de razón. Así pues, a pesar de estar envejeciendo con dificultad, de sus problemas de maniqueísmo y de su por momentos cargante aspecto episódico, servidor se queda con los paisajes azules, fríos y lluviosos de la Canadá-Estados Unidos de Expediente X. Se pierde uno los efectos especiales, ya, y a Anna Torv, pero Gillian Anderson tampoco está mal, y además la ciencia ficción de ahora se está volviendo demasiado conformista. Nada hace disfrutar más que una buena trama conspiratoria donde el Gobierno esté en medio de todo, donde cada apretón de manos pueda ser una sentencia de muerte. Y, por mucho que digan, Fringe jamás tendrá a un personaje como El Fumador. Y eso basta.

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2 thoughts on “Códigos genéricos en televisión: de Expediente X a Fringe (y II)

  1. Ambas partes son excelentes y me llegan, por casualidad, en el momento justo: estoy leyendo en “Previously on” sobre quality television. Fringe/ Expedientes X una comparación muy productiva, aunque -como vos- me quedo con la primera (de lejos)

  2. Pingback: Códigos genéricos en televisión: de Expediente X a Fringe (I) « Siguen sin pagarme…

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