apuntes, cine

El progreso o el hombre

En la obra La couple témoin (William Klein, 1977), de factura cinematográfica ciertamente no envidiable, se plantean, sin embargo, algunas cuestiones interesantes que merece la pena debatir. Es ésta una película tal vez muy apropiada para cinefórums; considerándola, a su manera, una especie de película-ensayo es, de hecho, de la manera en que se vuelve realmente interesante su visionado. A través de capturas de la propia película, vamos a intentar tratar algunas de ellas.

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En primer lugar, es interesante comentar que La couple témoin es una película que ha sido referenciada muchas veces en productos cinematográficos y televisivos posteriores. La obra de Klein, que aúna, en una suerte de amalgama posmoderna, modos cinematográficos tan dispares como las nuevas olas europeas, el surrealismo o el teatro del absurdo, remite directamente a obras de autores franceses como Jacques Rozier o incluso un cierto Jean-Luc Godard. En ella, los dos protagonistas, Jean-Michel y Claudine, ganan un sorteo para formar parte de un experimento del Gobierno francés que lleva a cabo el Ministerio de Futuro. A pesar de esto, la película en muy rara ocasión, por no decir en ninguna, transita por el terreno de la ciencia ficción, acercándose más a un cierto tono naturalista, más propio de las nuevas olas y del cinéma verité -que influencia especialmente el uso de la cámara-, que entronca directamente con el tono distópico de otras películas como el Fahrenheit 451 de François Truffaut (1966).

Como parte del experimento, Jean-Michel y Claudine vivirán en una casa diseñada especialmente a efectos del experimento, y serán observados y escuchados durante las veinticuatro horas del día por cámaras y micrófonos dispuestos por toda la casa. Casi veinte años antes de que el primer Big Brother hiciera daño a la inteligencia de millones de espectadores en todo el mundo, La couple témoin se atreve a plantear este escenario en un tono distópico que ha resultado ser tristemente profético. Es aquí donde se produce la primera rotura de la cuarta pared que se opera en la película: desde el principio somos conscientes de un cambio que se opera sobre la propia naturaleza del espectador: ya no somos observadores, en cierto modo, partícipes de la historia: somos seres omniscientes puestos por el director en una posición privilegiada que invita al juicio -moral o racional- sobre lo que se está viendo. Esto se consigue a través de la constante presencia del observador en las vidas de los observados. Desde que la pareja entra por primera vez en la casa, un corte de plano nos muestra a un dicharachero y desagradable presentador de televisión que les desea un ya clásico buenas noches y buena suerte.

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Pero aún hay otra rotura más. Las ratas de laboratorio, el elemento aislado, observado y con el que se experimenta, Jean-Michel y Claudine, son conscientes también de que son observados, ya que pueden ver lo que se emite sobre ellos a través de unas pantallas de televisión de decoración kitsch dispuestas por el salón. De hecho, es éste uno de los primeros choques emocionales que contiene la película. La pantalla, en esta ocasión, invierte su naturaleza de puerta abierta hacia otras narraciones o modelos de mundo, sino que actúa directamente como espejo maldito que le devuelve una imagen modificada de ella misma. Esto producirá no sólo incomodidad en el personaje de Claudine, sino también miedo.

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(continúa debajo)

Así pues, Le couple témoin propone un modelo de proto-reality show donde los espectadores son profundamente partícipes de la vida de los personajes que ven en pantalla. Esto es tan así, de hecho, que incluso se organizan visitas de ciudadanos franceses hacia la casa de la pareja, lugar por el que deambulan a sus anchas y se entrometen en la vida de la pareja como si fuera el asunto natural del mundo. El resultado son unas escenas absolutamente cómicas por desconcertantes, pero que dejan al observador con una cierta sensación de incomodidad; al fin y al cabo, lo que hace aquí Klein no es más que materializar al espectador para poner en evidencia su condición de voyeur y hacerle profundamente consciente de su -incorrecto- lugar en la acción. Aquí podemos ver algunos momentos de las visitas a la casa, donde una señora pide un autógrafo a Claudine, un tipo observa a Jean-Michel mientras se afeita, y un grupo de visitantes discute sobre cómo podrían mejorar la decoración del hogar. También los observan mientras comen con total naturalidad.

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E incluso, tristemente, podemos ver que algunas de las ideas que el director expone como pruebas dentro de la experimentación con la pareja de protagonistas han recorrido limpiamente el camino hasta el Gran Hermano español. Durante una secuencia de la película, Claudine es obligada por los investigadores a hacer la compra con un dinero fijo -400 francos- que no puede sobrepasar, y hacerlo en menos de treinta minutos. ¿A alguien le suena lo de hacer la compra semanal, etc, etc.? Posteriormente, la mujer tiene que razonar el por qué ha elegido comprar unos objetos y no otros.

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En el plano puramente visual, este tono de película de ciencia ficción de serie B (que por momentos, me reitero, recuerda mucho al del Fahrenheit 451 de Truffaut) probablemente provocado por la ausencia de presupuesto se mezcla con escenas que podrían ser sacadas perfectamente de obras de Buñuel -en esta película también hay mucho de velada crítica social, como veremos más adelante-. Lechugas que caen del techo mientras los protagonistas comen tranquilamente se mezclan con escenas de baile y canciones de carácter cercano al burlesque que se pueden ver en películas que Du côté d’Orouët (Rozier, 1973), y en otras más recientes, como Attenberg (Athina Rachel Tsangari, 2010), que suelen actuar a la manera en que el coro lo hace en algunas tragedias, comentando de manera irónica o directamente cínica el desarrollo de la acción. Algunos de los versos tal vez recuerden a algún espectador a conocidas canciones de Radiohead.

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Si pasamos al análisis ideológico de la película, se abren muchos caminos distintos. Durante los primeros compases del film, la narración actúa prácticamente como social commentary de la Francia actual -por entonces- distópica, con un cierto desdén irónico sobre la modernidad impuesta después del fracaso del experimento sesentayochista. Desde la pasión moderna por el plástico, que lleva a que se alardee de que en la casa de los protagonistas hay plantas de plástico real, hacia el gusto por la meticulosidad y el orden, Klein hace un análisis sociológico superficial en el que luego profundiza.

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Desde el primer modelo esto nos da la idea de que la crítica va dirigida tanto a los de abajo -los ciudadanos en su vida anodina y repetitiva, sin esperanzas ni aspiraciones- como a los de arriba. El comentario sobre el sistema gubernamental y político es constante, seco, y duro, aunque en ocasiones uno tiene la sensación de no saber muy bien si el autor está haciendo parodio o realmente es un sesentayochista trasnochado que musita líneas de Le Corbusier para justificar el comunismo. Lo que sí es cierto es que su crítica a los males del sistema capitalista, especialmente a la ubicuidad de la publicidad, es aguda y acertada. Desde el principio, el show en el que participan Jean-Michel y Claudine tiene tres vertientes: la científica/racional, dado el carácter de experimento, la lúdica, en tanto que reality show, y una tercera como gran espacio publicitario. Durante la primera visita por la casa, el guía del Gobierno intenta explicar a Claudine los electrodomésticos de última generación que han sido instalados en su cocina, pero es constantemente interrumpido por un montón de personas que están allí por ninguna razón y que parecen todos ser vendedores de los que van de puerta en puerta o presentadores de productos nocturnos en la teletienda. Aquí un fotograma en el que todos los vendedores tratan de captar la atención de Claudine, en una escena rococó y terrorífica que recuerda a algunos de los mejores planos de Repulsión (Roman Polanski, 1965).

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Según explican a los protagonistas, la intención del experimento es ver cómo es posible satisfacer de manera total a una pareja media (son escogidos porque son 78% normales) en una hipotética ciudad francesa del futuro construida ex profeso. Pero, como ya hemos visto, el futuro -como el presente- es la publicidad, y también el ahorro de costes. El nuevo modelo de ciudad desarrollista propuesto por el Gobierno francés en la película de Klein propone una revolución sin revolución, un cambio de modelo que no cambia nada, si consideramos este cambio a nivel sociológico y humano. De hecho, en la misma escena del anterior fotograma podemos ver un perfecto ejemplo de esto. Uno de los vendedores, mientras enumera las bondades de su producto a una Claudine en estado de estupor, encadena una serie de declaraciones que demuestran que la revolución del futuro es sólo de formas y no de fondo, que está condenada a reproducir estereotipos considerados indeseables por cualquier sociedad moderna, como el sexismo. Según el vendedor, el producto está hecho para tontos. “No estoy diciendo que sea tonta – Dios me libre -, especialmente durante “El año de la Mujer” (¡sic!). Además, no es su culpa (…). Todo el mundo sabe que un marido bien alimentado nunca engañaría a su mujer”.

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Las viejas ideas racionalistas sobre el progreso, que en el contexto del desarrollo del experimento se ve en el esfuerzo idiota de los investigadores por anotarlo totalmente todo e intentar medirlo todo en números y escalas y tests de cuatro opciones, se entremezclan aquí con un cierto tono new age de otras de las pruebas, que requieren que Jean-Michel y Claudine se hablen a través de números o se busquen con los ojos cerrados para medir su nivel de confianza.

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El objetivo de todo este batiburrillo experimental no es otro que conseguir una figura mágica y aberrante: el de la felicidad media con el que un individuo puede vivir, para intentar luego adecuado a un sistema de reducción de cortes que, desde luego, es negado oficialmente por el poder político. De hecho, sus porcentajes de felicidad son analizados por semana, y algunas de las evidencias que se encuentran y se consideran importantes son que la pareja aceptaría vivir con tejados ocho pulgadas más bajos, con cuartos de baño y habitaciones que no tuvieran ventanas, o que tal vez sería mejor hacer todos los fregaderos de dieciséis pulgadas porque total, todo el mundo come en un solo plato.

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De hecho, el asunto económico y publicitario acaba por formar parte de la vida de Jean-Michel y Claudine de una manera tan esencial, que incluso empiezan a reproducir ese comportamiento adquirido. Aquí podemos ver a Claudine mirando a cámara mientras cocina y explicando cuáles son los cacharros que usa.

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Es en el tramo final de la obra, sin embargo, donde la crítica adquiere mayor fuerza y empaque. A través de la visita a la casa del Ministro del Futuro, después de unas situaciones un poco tensas que casi hacen abandonar la casa a la pareja, todo el poder de la dialéctica, y de su capacidad para ponerse en evidencia a sí misma, queda al descubierto. Esto ocurre en primer lugar fuera de la casa, donde, como ya vimos antes, hay una observación y disección constante del comportamiento de Jean-Michel y de Claudine, pero también del Gobierno, del organizador, de cómo es capaz de condicionar desde fuera el ambiente de vida de dos personas aparentemente libres sólo con fines económicos. Tras ver cómo los dos protagonistas comienzan a tener una discusión provocada por los propios investigadores, este sistema es puesto en duda por los contertulios del programa de televisión, que tristemente nos recordará también a más de uno que ha pasado por el territorio patrio.

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Otro contertulio va incluso más allá. Tal y como decía antes, hay quienes son capaces de citar aquella famosa frase de Le Corbusier de “nada hay más parecido a un hombre que otro hombre” para justificar el comunismo, la obligación de ser absolutamente iguales en todo a todos los demás. Éste y no otro es el peligro de establecer un modelo de vida respecto a una media. Las medias, como términos matemáticos que son, rara vez se corresponden con una realidad física y compleja, y por lo tanto desarrollar un modelo vital -en este caso, de vivienda o de ciudad- con respecto a esa media lo único que consigue es no satisfacer a absolutamente nadie, igual que a una garza no le gustaría vivir haciendo media con un perro, y viceversa, porque a ninguno de los dos le haría mucha gracia tener que vivir con tres patas. Las implicaciones ideológicas de este asunto son tan peligrosas que Klein hace una analogía directa con las sociedades totalitarias.

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Mientras esto ocurre fuera, dentro de la casa, el Ministro y un colega suyo, el Dr. Goldberg (sic), comen con Jean-Michel y Claudine. Aquí el director dispara a bocajarro y plantea directamente y a la vez la pregunta y la respuesta: “¿Quiere la humanidad progreso o felicidad? No se pueden tener ambas”. En ese mismo dilema seguimos debatiéndonos hoy, casi treinta y cinco años después, y de momento parece que va para largo.

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Para terminar, creo que es necesario mencionar que el propio Klein hace algo cercano a posicionarse ideológicamente a lo largo del film, especialmente cuando habla en ocasiones a través de la voz de los investigadores, que en multitud de ocasiones conversan a solas mientras observan a sus ratas humanas. Esto también se articula a través de una tensión constante con la pareja que habita en la casa, puesto que prácticamente coexisten en la vida diaria pero siempre se mantienen a años luz de distancia psicológica. Esto hará que Klein saque el cinismo a pasear y, en una discusión a cuatro a voces, articula por boca de uno de los investigadores un discurso muy crítico con la corriente de pensamiento de cierta sociología fuertemente ideologizada de la época, un alegato profundamente pesimista y desencantado que rompe cierto tono juglaresco de la película:

“-Ustedes diseccionan gente, los examinan, los manipulan.

-Con una licenciatura en psicosociología, ¿cuáles son nuestras opciones? Una es el Sistema, con S mayúscula: marketing o publicidad, un cheque gordo a final de mes, y un montón de lo que usted llama manipulación. La otra es el sistema, con una s minúscula: la investigación, la universidad, y sitios como éste, el Ministerio del Futuro (…). Así de perversas pueden llegar a ser las ciencias sociales. Ustedes fueron elegidos porque eran 76% normales, y después de sólo unos días, apenas están en el 44%.

-Marque “felices.”

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La película se cierra con una serie de escenas donde irrumpe otro de los elementos favoritos de algunos directores de la nouvelle vague: la presencia de niños. La película acaba por dejar con la boca abierta y cara de bobo tanto a los protagonistas como a los expectadores. No sabemos si el experimento ha sido un éxito o un fracaso. Lo que sí sabemos es que se ha terminado.

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One thought on “El progreso o el hombre

  1. Roxana Quinteros dice:

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