apuntes, prosita

La textura de sus bragas

Es obvio que ella tiene problemas de autoestima. En una conversación subida de tono, me confiesa que una de las cosas que más le pone es sentirse deseada; “aunque sólo sea durante ese momento”, matiza con un deje de temor. Miro un poco en sus ojos vacíos. Me pregunto con cuántos ojos huecos y muertos habrá dado para decir eso. En cuántas veces habrá mirado en los ojos de su amante y no habrá visto su cuerpo fundiéndose dentro de las pupilas. Como si sentir los cuerpos rugir como Cujo en cada acometida y en cada estertor fuera para ella la excepción y no la regla. Creo que es pánico lo que noto en el estómago al pensar en el vacío que tiene que haber sentido al entregarse y darse cuenta de lo inútil del esfuerzo; en ese momento en el que el propio cuerpo se hace mucho más consciente de sí mismo, incluso demasiado, y el movimiento armonioso pasa a ser torpe, como si lo hubiera olvidado todo de repente. Su cuerpo está ahora mecido, más bien arrastrado, por el vaivén de otro cuerpo que bien podría estar muerto.

Es triste darse cuenta, sin previo aviso, de sopetón y con la copa en la mano, de qué fácil es que el amor acabe así, deshilachado y por los suelos como un trapo viejo; tanto más triste es ver caído a algo que aspiraba a la mayor de las alturas. Como quien da unas cuantas migas de pan húmedas y mohosas a un hombre que acaba de salir de un banquete de bodas y que tiene serios problemas para mantener el cinturón en su sitio.

Dejo que siga hablando, y sólo la interrumpo para decirle que lo de desearla ya lo daba por sentado. Ella no se ha dado cuenta, claro, pero sólo con el “aunque sólo sea en ese momento” ha cambiado para siempre mi concepción de ella. Ya no es el animal salvaje, que araña y también que ronronea, y mis ganas de empotrarla contra una pared son en ese momento ganas de ponerle una comedia romántica lacrimógena y largarme a otra parte. Lo cierto es que no puedo decidir si lo que me produce es compasión o auto-compasión. Doy un par de tragos rápidos y miro el fondo del vaso; espero que el alcohol sea capaz de arreglar esta mierda.

Unos minutos después me insinúa que le haría ilusión que yo me quedara con sus bragas después de quitárselas. Mi afición por descubrir patologías psicosexuales vuelve a ponerme en marcha, porque el alcohol no ha sido capaz de apagarla aún, y es una putada porque es una afición muy mala cuando uno está intentando llevarse a una mujer a la cama. No sólo se siente, en general, poco deseada, sino también olvidada; no olvidada sin más, como se olvida el rostro de un tipo especialmente vulgar o mediocre, o el aniversario del primer beso con lengua en el lóbulo de la oreja. Se siente injustamente olvidada, o tal vez olvidada demasiado pronto por demasiada gente, con la impotencia de ése al que dejan atrás en una carrera a pesar de que está haciendo todo lo que puede, con la cara de idiota que se te queda al ver que has suspendido el único examen para el que habías estudiado. Lo que en el niño es rabieta y pataleo y sano derroche de adrenalina y de lágrimas, es en el adulto una especie de resignación a medias, una tristeza cínica y muda; como la de la mujer que despide a su marido agitando enérgicamente la mano mientras su barco zarpa, y ella sabe que es un barco que navega directo hacia la muerte, y cuando el barco se pierde de vista la mujer ladea la cabeza y deja de pensar en ello.

Resignación a medias, decía; como esta chica, que remueve un poco su copa apoyando la uña sobre el hielo, que sigue intentando que la deseen en cada polvo, que sigue obsequiando con sus bragas a hombres que se obstinan en olvidarla. El ser humano se enfrenta una y otra vez con la fuente de su dolor, como un caballo viejo y con orejeras, hiriéndose cada vez sin que importe nada en absoluto. Así hacen, al menos, los hombres sensatos; otros prefieren la huida hacia delante, una carrera sin volver la vista que acaba dejando a la mayoría con la misma cara de idiota que a los otros. El único problema es que a veces, para éstos, es demasiado tarde cuando se paran a mirarse al espejo. Tal vez ambas opciones sean igual de buenas, o igual de inútiles, y estemos condenados a repetir el mismo error una y otra y otra vez hasta que ya no quede nada, como le ocurre a la pareja protagonista de El caballo de Turín (Béla Tarr, 2011), y también al propio caballo.

Ella sigue hablando. Yo sonrío y asiento. Sí a todo. Te desearé y me quedaré con tus bragas. Es lo menos que puede hacer un hombre. Ella también me sonríe, y luego me besa mientras dirige mi mano hacia su entrepierna. Palpo sus bragas; la textura es un poco desagradable, como de poliéster; me figuro que son de un color azul metálico, con una especie de lentejuelas brillantes espantosas, como las bragas de la primera mujer que me llevó a la cama. No sé qué coño hago acariciando las bragas cuando me las voy a quedar, así que las aparto y la palpo con suavidad; por suerte, ya está un poco mojada. De repente me la imagino montada encima de mí, mirándome con gesto de duda, moviéndose despacio, buscando una reafirmación en mi mirada, en mi boca, en la forma en que mis manos la agarran de la cintura. Es terrible sentir vergüenza del propio cuerpo, y ocurre cada vez más a menudo; la sobreexposición a la publicidad y a la pornografía crea unos modelos físicos que no son sólo inalcanzables sino directamente irreales; el cuerpo normal “no está a la altura de las exigencias del porno”, en palabras de Michel Houellebecq, y la vergüenza y la incapacidad para una verdadera comunicación –y comunión- durante el sexo se acentúan. Esto, que en la adolescencia es algo común y que se toma a la ligera, es en la edad adulta un miedo enquistado que condiciona completamente la manera de estar en el mundo. Un asesino en serie ha de sentirse feo necesariamente; es constantemente juzgada y sentenciada al limbo de los que merecen ser olvidados, y acaba por desconfiar y despreciar el juicio de los demás, y pronto, por extensión, a los demás como conjunto.

Sin embargo, esta chica es diferente: en su infinita misericordia hacia los hombres –aunque con toda probabilidad ella no lo ve así- se entrega cada vez y espera sentirse deseada. Pero, como Uno que también cuentan que es infinitamente misericordioso, todo lo que hace es sufrir cada vez, caballo ciego pero vigoroso rompiéndose siempre contra el mismo muro. Ofrece su dolor, que es todo lo que tiene, despojada de la ropa y de las medias tintas; el cuerpo desnudo, el temor y la vergüenza en cada poro de su piel. Ella siente su cuerpo ir y venir, y mira a los ojos muertos de su amante y se pregunta, como Aquel: “¿por qué me has abandonado?”; luego el otro cuerpo se detiene y ella nota el leve calor de unas gotas de semen ingrato escurriéndose por la entrada de su vagina. En el último segundo antes de cerrar la puerta, se pregunta si él estuvo alguna vez ahí.

Pagamos y nos vamos. Llegamos a su casa, que recorremos a tientas, entre besos. Sé que ella necesita amor, cada gesto suyo lo grita. Pero no hay nada que yo pueda hacer por ella. Yo mismo sólo soy un hombre, un montón de miedos y de vergüenzas que me ponen a la vez encima de ella y a un millón de kilómetros, que me impiden entregarle lo que ella necesita, lo que con toda probabilidad yo mismo necesito.

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14 thoughts on “La textura de sus bragas

  1. Muchas mujeres deberían leer esto.Así se darían cuenta de que buscando desesperadamente algo que no encuentran sólo consiguen que los que se topan con ellas, huyan.Los hombres por tontos que sean, huelen esta necesidad cómo huelen las cañerias cuando va a llover.Siempre se lo digo a mis amigas¿Es porque ellas están vacias?¿O los hombres cada vez más llenos de sí?¿Es por la musa que nadie sustituirá? No sé pero muy buen reflejo del asunto.

  2. Siempre parece que las únicas necesitadas de afecto y amor son las mujeres, y son muchos las hombres que van desechando mujeres y las usan para inflar su ego. Ellos no piden cariño, ellos saben que se lo daremos pero ellos lo consiguen con otras armas. Muchos piensan que hay que conquistar a una mujer y engañarla para llevarla a la cama y no es necesario. Tienen la necesidad de sentirse conquistadores y simplemente es un intercambio.

    • Natt dice:

      Entiendo tu critica y siempre hay excepciones,como en todo.Pero aqui cada uno usa sus armas.Porque las mujeres podemos tener sexo cuando queramos,ellos se las tienen que ingeniar un poco mejor.Asi hay un cruce de caminos.La tendencia general es la de las mujeres ofrecer sexo con la esperanza de conquistar. La de los hombres es jugar con los sentimientos de las mujeres para llevarlas a la cama. En ese cruce de caminos si hay punto de encuentro hay relacion.Yo hubiera agradecido mas de una vez que me lo dijeran sin rodeos,me hubiera ahorrado bastante tiempo y escuchar muchas gilipoyeces.A veces las tias solo queremos echar un polvo.Pero eso ellos no lo entienden.

  3. Kim_jwd dice:

    “Porque las mujeres podemos tener sexo cuando queramos,ellos se las tienen que ingeniar un poco mejor.”
    “La tendencia general es la de las mujeres ofrecer sexo con la esperanza de conquistar. La de los hombres es jugar con los sentimientos de las mujeres para llevarlas a la cama.”

    Increíble, cliché tras cliché. Por muchas diferencias de género que pueda haber, en esencia los hombres y las mujeres buscan lo mismo cuando se trata de sexo y es satisfacer una necesidad. Que esa necesidad sea más física o más emocional depende de la persona, no de si son tíos o tías.

    Y lo de ir buscando el sentirse querido y valorado en sexo ‘vacío’ yo, por lo menos, lo he visto tanto en mujeres como en hombres. En vano, obviamente.

    • Natt dice:

      Los cliches lo son quizas porque tengan mucho de realidad,nos guste o no.Precisamente de esto trata el texto, buscar sentirse valorado mediante el sexo es inutil.Y que esta tendencia es bastante mas notable en las mujeres por Dios,es innegable .Creeme que me parece triste.Yo no invente esta sociedad.

  4. Efectivamente Natt, porque hay hombres que juegan con los sentimientos de una tía cuando sería mucho más fácil echar un polvo el primer día y punto. Son películas que se montan ellos mismos, muchos por la necesidad de atención y sentir que han conseguido algo.

    Y lo de buscar sentirse querido en vano, según el tipo de sexo y con quien, puede darte el cariño puntual que necesitas en ese momento, sin más, como el que busca una dosis de cafeína para afrontar el día

  5. MAcarena (señora de Beades) dice:

    bueno: me ha sobrecogido. Ese tono triste, amargo, melancólico… me enternece. SUpongo que nadie habrá usado la palabra tierno para definir este post, pero ese poso miserable, esa forma que tiene ella de usarse, de entregar lo único que piensa que tiene valioso y esa fomra que tiene él de describirlo es muy humana, demasiado humana. Lo que queremos, lo que anhelamos, lo que somos y en definitiva lo que entregamos de nosotros mismos está muy bien descrito, te felicito. Me parece un texto sencillamente genial, que explica muy bien ese vacío tremendo que sentimos frente al otro cuando somos conscientes de nuestra desnudez, de nuestro miedo, de nuestra vergüenza. JOe, me quedo con el cuerpo “temblón”, aquí no hay botón de “me gusta”.

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