apuntes

El vicio de fingir virtudes

(Publicado originalmente en TheCoolNews)

Como diría Raúl Minchinela, las buenas costumbres nos plantean muchas preguntas. Preguntarse cuáles son las buenas costumbres es un ejercicio fútil, porque se han convertido en una especie de signo de los tiempos y cambian a la vez que él, o sea, dos o tres veces por año, según los intereses de los de siempre. Una pregunta que me parece más interesante de plantear es cuál es la importancia real de las buenas costumbres, y de dónde emana esa supuesta importancia.

Tomemos por ejemplo el caso de la buena costumbre de levantarse temprano para aprovechar el día. ¿Cuál es la razón por la que es imposible aprovechar el día quedándose en la cama? Es el sitio idóneo para hacer muchas de las cosas más placenteras que puede hacer un hombre. Muchas otras costumbres son, tanto como ésta, construcciones sociales que en muchos casos no han cumplido el siglo y medio, y sin embargo muchísima gente las considera sagradas: la ducha diaria, los tres –como mínimo- lavado de dientes al día, el fin de semana en la playa, etc.; los ejemplos son incontables. La buena vida contemporánea es poco más que un convencionalismo. El bon vivant es, en ocasiones, poco más que un cúmulo de lugares comunes y opiniones adquiridas y repetidas sin reflexión. Esto es bueno, aquello malo. Es la costumbre.

¿Por qué es, pues, tan importarse levantarse temprano de la cama para aprovechar el día? No hace falta tirar mucho del hilo para comprender que, a su manera, lo que hoy llamamos civismo no deja de ser una especie de doctrina de comportamiento para una sociedad sin dioses ni metas. Igual que, según la doctrina católica, todos los cristianos están llamados a imitar a Cristo en el mundo y es el propio Jesucristo el que sirve de modelo de comportamiento para los creyentes, el siglo XX también ha creado su propio Jesucristo Cívico. Pero mientras que Jesucristo se encargaba de los pobres –de cuerpo y de espíritu-, de asuntos como el dolor y la muerte y el sentido de la existencia del cuerpo y el alma humanos, el Jesucristo Cívico de las sociedades occidentales se levanta a las seis y media de la mañana, se ducha por primera vez en el día, se lava los dientes con ahínco y se va en bicicleta a ser un miembro productivo de la sociedad, que en conjunto es lo mismo que decir que la existencia de Jesucristo Cívico es aburrida y vacía y hasta un poco desagradable; en esto se parece también al conjunto de no-ideales que conforman el civismo moderno.

La necesidad de creación de esta nueva y endeble religión, voluble y vacía por la carencia de Dios, tiene mucho que ver con cierta frase de G.K. Chesterton, visionario sutil de la decadencia occidental como ha habido pocos: “Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa”. A esta máxima podemos sumarle otra de Dostoievski: “Yo no niego a Dios, es sólo que no sé si Dios creó al Hombre o el Hombre creó a Dios”. Tras el asesinato de Dios por parte de Nietzsche con una mala hostia que ya hubiera querido para sí el asesino de Lincoln, acaba siendo racionalmente necesario creer en algo; y si es necesario crear aquello en lo que creer, así sea. Los ejemplos han sido múltiples a lo largo de la Historia, desde el politeísmo desbocado de algunas sociedades antiguas hasta la literal adoración por las flores y las plantas que profesaban los romanos de la última etapa del Imperio. El propio Chesterton argumenta en su biografía de San Francisco de Asís que, llegados a ese punto de decadencia en el Imperio Romano, era absolutamente inevitable que a esa época la siguiera otra “de ajuste” como la Edad Media; el símil que esto puede hacer con la actual situación de Occidente es tan evidente que ni siquiera me molestaré en hacerlo.

Después de librarse de la necesidad de Dios y de religión –o al menos eso se afirma a voz en grito-, el hombre se encuentra libre, respira aire fresco liberado de siglos de opio del pueblo, y está más perdido que Rompetechos en el Laberinto del Minotauro. Los rituales, los símbolos y las necesidades que antes cubría la práctica religiosa ahora se reencarnan en el civismo y en los buenos modales. Destruimos las tablas de los Diez Mandamientos para crear otros Diez Mandamientos, más modernos, más sencillos, que se puedan cambiar cuando nos apetezca y absolutamente estúpidos por lo general. El Jesucristo Cívico sonríe mientras las ruedas de su bicicleta se deslizan por el verde cascado del carril bici. Su vida está vacía, pero por suerte no se va a enterar nunca.

“De todos los rasgos de la modernidad que parecen señalar una especie de decadencia, no hay ninguno más amenazador y peligroso que la exaltación de los asuntos más nimios y secundarios frente a los verdaderamente grandes y primordiales, frente a los lazos eternos y la trágica moralidad humana. Si hay algo peor que el debilitamiento moderno de los grandes principios morales es el reforzamiento de los pequeños principios morales”. Chesterton otra vez. Claro.

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