apuntes, cine, SEFF 2011

Panorama Festival de Cine Europeo de Sevilla 2011

Día 1

Tras llegar al cine alrededor de las cuatro de la tarde (las proyecciones empezaron cada día alrededor de esta hora), compruebo que no hay demasiada cola en las taquillas; ésta será la tónica general durante todo el festival, excepto para tres o cuatro películas contadas que sí atraerán a más gente a las salas. Lo curioso es que la película que abre este primer día de festival, The Turin Horse, el testamento fílmico de un Béla Tarr consagrado y retirado –según él mismo- antes de los sesenta años, debería ser una de ellas, y compruebo con desánimo que no lo es; a este desánimo se le sumará el de ver un reguero de gente que irá abandonando la sala, sin prisa pero sin pausa, a lo largo de toda la proyección. La película, probablemente lo mejor del festival junto a Le Havre de Aki Kaurismäki, es un mastodonte cinematográfico como se han visto pocos en los últimos años. A medio camino entre el film metafísico bergmaniano y la fantasía tenebrista a lo Vampyr de Dreyer, la película es un verdadero portento técnico y narrativo que, a pesar de ser una película difícil debido a su estructura y su composición en treinta largos planos secuencia, invita a sumergirse dentro de ella y dejarse llevar. Una película triste y desolada, como con toda probabilidad corresponde a los tiempos, y también una de las tres grandes películas de este festival. Desde luego, es una buena manera de empezar.

La siguiente película que tenía en mi planning para este día era 12, la adaptación rusa de manos de Nikita Mikhalov del clásico de Sidney Lumet Doce hombres sin piedad (Twelve angry men, 1957). Sin embargo, cosas de ser el primer día –pensaba yo con inocencia-, la proyección de The Turin Horse había comenzado prácticamente media hora tarde a causa de problemas con la organización, así que no hubo manera de ver esta película –que de cualquier manera tampoco me hacía muchísima ilusión-. De cualquier manera, éste no fue el caso más grave: una de las películas de la sección oficial que se proyectaba este primer día (creo recordar que era Los muertos no se tocan, nene) no se pudo proyectar y tuvo que aplazarse su exhibición hasta el día siguiente. En cualquier caso, sin desanimarme aún y hypeado por lo que me había gustado la película de Tarr, entré a la siguiente: Last Winter (John Shank, 2011).

Tal vez por una asociación mental automática e idiota, había pensado en que esta película se parecía a Winter’s Bone (Debra Granik, 2010); había algunos elementos en común y era posible. Sin embargo, en mi opinión, Last Winter se queda lejos de Winter’s Bone, y en todo lo que comparten la película de John Shank sufre en el agravio comparativo. Una película con nervio y ritmo en sus primeros compases pero que luego se diluye lentamente hasta ir quedando en absolutamente nada. Aprovecho para dejar una nota al margen: ¿cuándo van a acostumbrarse los realizadores europeos jóvenes a rodar en digital? Se sigue viendo demasiado transfer en 35mm. con lo que eso cuesta de producir mientras por cuatro perras alquilas una RED y ruedas una película como Winter’s Bone. Luego nos quejaremos de las subvenciones.

Después de esta película, una parada rápida para un par de cervezas que ayuden a olvidar rápidamente lo que acabo de ver y de vuelta a la sala, esta vez para ver una película israelí de la que tenía realmente pocas referencias: Policeman (Ha-shoter, Nadav Lapid, 2011). De todas las películas que he visto en este festival, sólo ha habido tres que me hayan sorprendido para bien, y ésta es la primera de ellas (aunque no la que más). Una obra arriesgada y difícil de realizar, entre los tonos de la narración moderna y la especulación intelectual propia de películas de movimientos contestatarios. Que realizar una película así es difícil lo dejó muy claro Bernardo Bertollucci con aquel fracaso enorme que fue Soñadores (Dreamers, 2003), y donde el sesentayochista italiano se hunde sin remedio, Lapid se desenvuelve con soltura, creando un relato profundamente humano y también contemporáneo.

Como balance, dos películas buenas de tres vistas en un día está bastante bien. Pienso en esto mientras recojo mis cosas; ojalá que todos los días sean igual que éste. Sería una sorpresa agradable para mí y buenas noticias para el festival. Por supuesto, era una ilusión falsa.

Día 2

El segundo día lo empiezo con ganas y con tiempo agradable. La primera película que voy a ver es una apuesta más o menos segura de que al menos veré algo decente. La obra en cuestión, Attenberg, es el último trabajo de la productora de una de las películas que más han dado que hablar en los últimos tiempos, Canino (Kynodontas, Giorgios Lanthimos, 2009). Como además el propio Lanthimos estrenaba su última obra, Alps, también a lo largo del Festival de Cine Europeo, decidí ver Attenberg en lugar de esta última por ver si encontraba los elementos de encuentro y de desencuentro entre ambas películas. Y los hay, muchos más de encuentro que de desencuentro, eso sí. Aquellos que disfrutaran con Canino disfrutarán sin duda con Attenberg, con su tono y con sus diálogos y con su aire bucólico y desarraigado, con sus referencias sexuales y sus momentos surrealistas. Una película que me pareció intensa, divertida, y sobre todo, humana. Era una buena manera de empezar el día.

Después de eso me metí en un auténtico ladrillo sabiendo además que lo hacía; había recibido aviso de Manuel J. Lombardo esa misma tarde tomando café de que The Mill and the Cross (Lech Majewski, 2011) era un auténtico pestiño. Y vaya que si lo era. Una película pretendidamente arriesgada y experimental que trabaja sobre la obra pictórica de Pieter Bruegel el Viejo, que por otra parte es ya casi un “pintor clásico” de la Historia del Cine, que ha llegado al espectador a través de obras tan colosales como Solaris (Andrei Tarkovski, 1972), a la que por supuesto esta pieza de Majewski no llega ni a la suela del zapato. Más que una indagación sobre la obra pictórica del autor o lo que quiera que esta película pretendiera ser, acaba siendo un encuentro de las películas de Franco Zefirelli acerca de Cristo que podemos ver cada Semana Santa en la televisión con la estética –muy esforzada en After Effects, eso sí- de un telefilme británico de los ochenta. Ésta es la primera película del festival de la que tuve ganas de salirme, aunque desde luego no sería la última, por desgracia.

Tras un largo receso para recuperarme de los casi irreparables daños que The Mill and the Cross había hecho sobre mi cerebro, vuelvo a la sala para ver uno de los documentales estrella de la edición de este año del SEFF: Ibiza Occidente (Günter Schwaiger, 2011), una obra interesante sobre el Hollywood de la música electrónica. El documental hace un esfuerzo totalizador y encomiable por abarcar múltiples aspectos de la relación de Ibiza con la música, más allá de lo evidente; indaga en terrenos que se alejan del House y de las grandes macrodiscotecas, aunque un servidor no está seguro de que ésta fuera la mejor idea; uno acaba la película con la sensación de que el autor probablemente quiso meter demasiado en demasiado poco espacio, y terminó por no dar una idea clara de nada en absoluto, sino más bien de mostrarte una panorámica de puntos de vista acerca del tema sin mojarse mucho en ningún sentido cuando, en mi opinión, el tema sí que requería algo de esto. De todas maneras, como con la acreditación había una fiesta gratis con DJs de House en la Sala Cosmos, no tuve tiempo de quejarme. Mañana sería otro día, y yo tendría otra resaca.

Día 3

Creo que este tercer día de festival fue el último en que realmente acudí con ganas a la taquilla aún con los últimos bocados de la comida danzando de la mano de la gravedad camino del estómago. El nivel de las películas que había visto durante los dos primeros días había sido básicamente bueno, aunque algo en mi interior no dejaba de decirme que no me acostumbrara. El primer contacto fue duro y directamente a la boca del estómago con los nudillos cerrados: Everybody dies but me (Valeriya Gai, 2008). La película es un ejemplo perfecto del nivel medio que se pudo ver en el cartel de la selección Nuevo Cine Ruso del Festival. Una película básicamente floja, con ese aire pretendidamente joven y rompedor mezclado con ínfulas de un cierto tono alternativo –mal entendido, en mi opinión- que no deja de recordar a otras infames películas femeninas como Las Vírgenes Suicidas o María Antonieta, ambas de mi amada –por si no queda claro- Sofia Coppola. Tengo la impresión de que a través de esta sección de películas de jóvenes directores rusos se ha querido dar la impresión de cierta tendencia del cine europeo como de accesible y cercano como manera de combatir contra el gigante distribuidor estadounidense; pero no estoy seguro de que estos intentos de nouvelle vague con más vergüenza ajena que tino venga a conseguir precisamente esto; en realidad, termina por dar la impresión de que el cine joven ruso es básicamente bastante malo. Cosa que no es para nada cierta, desde luego.

Tras una película tan floja como Everybody dies but me mi ánimo empezaba a decaer. Menos mal que la siguiente película a la que acudí este día, Oslo, August 31st, consiguió darme ánimos –y de qué manera. Esta película es la última obra de Joachim Trier, pariente lejano de nuestro danés favorito –o al menos del mío- que ya cosechó gran éxito entre la crítica europea con su debut, Reprise, estrenado en 2006. Y también es la mejor película que he visto en el festival, más allá de las cabezas de cartel de sobra conocidas por todos, como The Turin Horse (Béla Tarr, 2011) y Le Havre (Aki Kaurismäki, 2011). Oslo, August 31st es una historia contemporánea y clásica a la vez, un prodigio de humanidad y honestidad, un derroche actoral de Anders Danielsen Lie, una película nórdica, un puñetazo helado, un disparo de asquerosa realidad a cara de perro, y también otras cosas. Si tuviera que quedarme con una sola de todas las películas del festival de las que no tenía muchas referencias, sería sin duda ésta. Atrapa y te arrastra y acabas por salir de la sala de cine agotado, habiendo recibido una pequeña paliza en el espíritu. Y eso siempre es de agradecer en el arte. Si tienen oportunidad, no se la pierdan.

Tenía entrada para alguna película más este tercer día, pero después de ver la inmensa obra de Joachim Trier lo que de verdad me apetecía era meterme en un bar a reflexionar con tranquilidad y una cerveza por delante. O varias. Y eso fue lo que hice.

Día 4

Primera sesión matutina para mí en el Lope de Vega. Suelo evitar en la medida de lo posible este lugar cuando acudo al Festival de Cine Europeo: como lugar de exhibición me resulta un poco extraño, la presencia constante de gente de la organización corriendo de un lado para otro me pone nervioso y, siendo sinceros, como alfombra roja la entrada del Lope de Vega tiene mucho que mejorar. La película que abría las proyecciones de este día era Code Blue, dirigida por Urszula Antoniak, que venía precedida por cierto tonillo de película controvertida y arriesgada, tono que después acaba por corresponderse poco con la realidad de la película, a menos que la audiencia de los cines se esté volviendo progresivamente más mojigata en lugar de todo lo contrario. Que Code Blue pase por controvertida y desagradable cuando se han estrenado recientemente películas como The Human Centipede II, A Serbian Film o The Bunny Game es profundamente incomprensible. La película comienza siendo un vigoroso drama centrado en los vericuetos psicológicos –más concretamente, psicosexuales- de la protagonista, interpretada con mucho acierto por Bien de Moor; estos momentos son, de hecho, lo mejor de la película. Posteriormente, la directora decide abandonar del todo la mayoría de la complejidad del personaje para convertirlo en una especie de súbdito idiota de su propio impulso sexual, en una manera de castigar al personaje femenino que recuerda directamente al tipo de trato que Lars Von Trier ha solido dar a sus mujeres. Una película muy floja que no hace presagiar nada bueno para este día.

Esta intuición no hará sino sumarse a la realidad de uno de los peores bodrios que tuve que ver a lo largo del Festival, Lidice (Petr Nikolaev, 2010). Queriendo pasar por una especie de gran producción europea, una película de enjundia, con muchos euros gastados en ambientación, ropa y maquillaje, Lidice no deja de ser un ejemplo perfecto de cómo hacer una película siguiendo punto por punto el manual de cómo hacer películas lacrimógenas que el espectador olvide a los diez minutos de haber salido de la sala. La narración es muy débil e inconexa, la empatía con los personajes echados a llorar resulta peligrosamente cercana a cero y, en general, toda la obra despide ese tufillo a obra cursi y manierista donde los buenos buenos son muy muy maltratados por los malos malos y hay que ver qué triste es todo. Y para colmo, dura más de dos horas. Una película que probablemente habría funcionado bien en salas comerciales, pero que probablemente no encaja muy bien con la idea del Festival; o, al menos, de lo que es para mí la idea del Festival.

En todo caso, después de estas dos horas larguísimas con la obra de Nikolaev, a lo que se sumaban los tres días previos de cine sin descanso y dormir muy poco, decidí irme a casa pronto y prepararme psicológicamente para lo que quedaba de festival. Echando un vistazo, casi nada de lo que me quedaba por ver me resulta interesante, más allá de The Artist de Michel Hazanavicius y Le Havre de Aki Kaurismäki, probablemente dos de las películas más comentadas en internet del festival y de las cuales me ahorraré crítica porque seguro que encuentran opiniones más desarrolladas por internet.

Día 5

La falta de sueño comienza a notarse en mi irritabilidad; menos mal que no hay nadie cerca con quien pueda pagarlo. El cartel de estos días es cada vez peor y ya entro a la sala casi con desgana. Éste va a ser prácticamente mi último día en el Festival, así que intento reunir fuerzas y entro a la primea película, Siempre Feliz, una de las dos películas que presenta este año la noruega Anne Sewitsky, su directora. La película es una comedia romántica bastante al uso, con lo que eso pueda tener de bueno –para los acérrimos del género- y también de malo –para casi todos los demás-. Para darle la etiqueta de europea, se añaden unos diálogos acelerados sobre temores vitales y parejas al más puro estilo Woody Allen y algunas referencias supuestamente sociales sobre temas de raza, cameo final –y desagradable- de Obama incluido. Sólo el personaje protagonista, Kaja, interpretado por Agnes Kittelsen, se salva del clichlé y se comporta de manera digna; el resto de personajes son puro estereotipo y lugar común, defecto también aplicable a la trama.

Completamente desanimado ya, entro a otra de esas películas de la temida sección Nuevo Cine Ruso: Suicide Room (Jam Komasa, 2011). Esta es una película de adolescentes para los otros adolescentes, los que critican en internet a los adolescentes que sí van a ver películas de adolescentes –menudo retruécano-. Dejando aparte algunas interesantes indagaciones alrededor de la imagen digital y sus posibilidades expresivas, a las que se suman en este caso las del videojuego como motor social, la película se desarrolla de manera lenta y repetitiva, lanzando dardos aquí y allá y ofreciendo un falso final al cual sigue una interminable hora más de coda; en total, más de dos horas de odisea emo de la que poco se puede sacar cinematográficamente hablando. Totalmente agotado y casi enfadado por las dos horribles películas que había tenido que ver hoy, decidí tomarme un largo descanso y volver al día siguiente para ver la última película de mi paso por el Festival de Cine Europeo de Sevilla del año 2011.

Día 6

La película elegida fue Bullhead, una producción belga que cuenta con la dirección de Michael R. Roskam. En la línea de otros clásicos contemporáneos del cine francófono como Un prophète (Jacques Audiard, 2009), la película juega en un tono a caballo entre géneros tan dispares como el noir o el melodrama con los códigos del cine clásico. Una película de ritmo ágil y guión sobrio y eficaz. Un puñado de diálogos realmente bien escritos, una película seca y desarraigada a pesar de todo. Una buena forma de despedir esta edición del SEFF. El año que viene, más.

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