apuntes

Condenados por la campana

(Publicado originalmente en TheCoolNews)

Terminábamos deprisa el bocadillo y mirábamos el reloj. Uno fumaba un cigarro aprisa y con torpeza, otro se quejaba de la siguiente clase, o de la anterior, y en esos cinco minutos nos sentíamos adultos de verdad, sólo que mejor, pues éramos aún niños de mochila y recreo y todavía no habíamos recibido el “reajuste existencial” que viene con la primera juventud.

Luego sonaba la sirena. Era un pitido incómodo y demasiado largo que se podía oír en todo el barrio. Nos levantábamos, sacudiéndonos las migas o limpiándonos las palmas de las manos en los pantalones, y volvíamos a clase. Durante ese tiempo tuve muchas veces la sensación de ser uno de esos obreros que vuelven a la fábrica después del siempre demasiado corto descanso para el bocadillo. Ahora creo que no me equivocaba mucho.

En este país se debate el tema de la reforma educativa cada vez con menos intensidad, y con menos ganas. En el principal púlpito que tiene un español, la barra del bar, parece que ya se dieron por vencidos con el tema de la educación; nos hemos resignado a que España sea el país de los analfaburros hijos de la LOGSE. Las reformas, cuando se plantean, suelen ser insuficientes e ir mal encaminadas. La clase dirigente mira los informes PISA, finge su mejor cara de disgusto y luego pasa a otra cosa donde haya dinero más a corto plazo. Mientras tanto, el nivel educativo del país se compara ya al de esa gran piedra de toque de la cultura occidental que es Malta.

Una de las grandes paradojas del mundo contemporáneo es el enorme valor que desde todos los ámbitos de la vida pública se le da a la creatividad mientras las escuelas, los periódicos, la televisión y las tiendas de ropa nos convierten a todos en pequeños clones difíciles de distinguir a simple vista. Ser original y creativo se valora mucho en la vida personal y también en la profesional, mientras que desde que eres pequeño te dan golpes en la cabeza para que seas igual que los demás. Siendo exactos, para que seas igual de malo que los demás; destacar por bueno es realmente imperdonable en este país; por qué demonios ibas a tener tú derecho a ser más listo que yo. Así que todos igual de imbéciles, que es más fácil de conseguir, y ya nos las apañaremos para maquillar los informes y que nadie se enfade mucho. Cuando el barco se hunda, que se encarguen otros.

Llevamos décadas hablando alegremente de la sociedad de la información y del conocimiento; sin embargo, no parecemos estar realmente más cerca de ella que cuando empezamos. Hemos compartimentado el fordismo, y también el posfordismo, y hablamos de ellos como si ya fueran cadáveres podridos cuando en realidad siguen siendo la espina central de nuestro sistema. Nos consideramos una generación post-industrial, pero todavía no hemos aprendido a comportarnos como tal.

El colegio, que es el lugar donde por primera vez el niño tiene contacto con una vida con ciertas reglas fuera del núcleo familiar, con lo que “se supone que es la vida”, no es más ni menos que una fábrica. Un horario de trabajo fijo, un empaquetamiento en grupos según un baremo tan absurdo como la edad, sirenas y bocinas y gritos para regular los descansos; en el peor de los casos, un uniforme para todos los obreros. Hay muchas cosas que están mal aquí. Hay demasiadas malas costumbres que se adquieren. En la sociedad que busca la productividad, seguimos defendiendo los horarios fijos, el picar el entrar y al salir, que es mucho más cómodo que intentar estimular la cabeza del alumno. En la sociedad del conocimiento grupal –incluso global- y las múltiples respuestas (a ser posible, creativas) para casi todos los problemas, al niño se le enseña que hay una sola respuesta correcta, que está en las últimas páginas, y que es muy malo copiar. No hay diferenciación ni búsqueda del propio desarrollo, sino una tendencia a la estandarización (siempre poniendo un límite por arriba) que crea alumnos desmotivados y desconectados que memorizan conocimientos y los vomitan en un examen para luego volver a olvidarlos.

Probablemente por eso se acabe por valorar tanto la creatividad: en un sistema educativo como el que padecemos, llegar al final de la adolescencia y ser todavía original e inventivo es un auténtico milagro. La mayoría de las mentes han sido vaciadas durante el proceso de aprendizaje –curiosa paradoja, también- por esa gran institución, ese mastodonte anticuado licuador de cabezas, llamado escuela.

Hemos vuelto ya del recreo. Estamos haciendo fila; de a uno o de a dos, depende del día. El profesor nos llama y entramos en orden. Todavía somos capaces de cumplir ciertas normas. Mientras entramos, nos cruzamos con un grupo de niños de primaria, probablemente de primero o de segundo, no más mayores. Miramos cómo sonríen y nos preguntamos por qué.

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