apuntes

Salò, o de cómo el sexo es para egoístas

(Publicado originalmente en TheCoolNews)

He tenido oportunidad, hace unos días, de volver a ver la que es considerada según muchas listas la película más horripilante de la Historia del Cine: Salò o los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini. La película, basada en los textos del Marqués de Sade, ha envejecido realmente mal: a un servidor su tono provocador ya no provoca ni medias sonrisas; es lo malo de hijo y siervo de la generación del porno raro ubicuo en internet, de una sociedad que con paso firme pero seguro va superando muchos tabúes que aún continuaban siéndolo, en mayor o menor medida, mientras se filmaba esta película (la homosexualidad, por ejemplo). Pasolini se muestra delicado a la hora de filmar muchas de las secuencias más explícitas, manteniendo en la mayoría de las ocasiones la cámara a una distancia prudencial de los sujetos, provocando así también un distanciamiento psicológico que, no nos engañemos, es una llamada explícita a un cierto tipo de juicio moral de lo que estamos viendo.

En cualquier caso, Salò sirve como buena introducción para analizar un fenómeno que todavía hoy es carne de análisis y alrededor del cual gira bastante literatura interesante publicada en los últimos cuarenta o cincuenta años: el cambio del modelo sexual, sociosexual e incluso psicosexual en la posmodernidad. Dicho de otra manera, menos gafapasta y con menos neologismos: ¿qué ha cambiado en los hombres hijos de la posmodernidad que ha cambiado su modo de ver el sexo?

Muchas cosas, probablemente. Aquí me voy a limitar a presentar algunos de los síntomas. Un desarrollo profundo de las causas probablemente sería demasiado extenso y requeriría entrar dentro del estudio de lo que muchos llaman el subconsciente colectivo, término ambiguo y que sigue desagradando profundamente a los grandes cientifistas entre los psicólogos y sociólogos, si es que tal cosa puede existir.

Salò es, desde luego, una mirada (asqueante, si quieren) hacia la concepción del sexo burgués y sus ramificaciones. A menudo se ha dicho que esta película es una alegoría del fascismo, cosa que sin duda es cierta, pero se aleja de nuestro propósito a la hora de poner los ojos donde pone Pasolini la cámara, lejos de los personajes, y observar sus conductas sexuales.

El sexo en Salò, y en general, en mi opinión, la visión sexual posmoderna, tiende mucho más hacia la estandarización de lo que se ha venido en llamar como sexo sucio. Es común oír, sobre todo entre la gente joven, que eso de hacer el amor está pasando de moda y que donde se ponga hacerlo de pie, el gagging, el deepthroating y todas esas cosas, que se quite el sexo aburrido y de viejos. Y muerte al misionero.

También podríamos preguntarnos, por supuesto, cuánta de la gente que dice esto dice la verdad y en cuántos casos es pura pose o seguimiento de cierta tendencia general. Sin embargo, para el propósito de este artículo (porque si no lo termino un señor grande, feo y peludo me pega mucho), asumamos que es cierto. Asumamos que este aumento del gusto por el sexo sucio entre las clases medias, y sobre todo entre los jóvenes, en detrimento del hacer el amor, es una tendencia. Llevémoslo un paso más allá.

Si lo pensamos detenidamente, el sexo es más sucio cuanto más racional es, dentro de las clases medias. Tomemos como ejemplo las prácticas sádicas que se ven en Salò, y también las prácticas masoquistas. Son prácticas muy regladas y racionales, en las que todos los participantes tienen que ser perfectamente conscientes de lo que está haciendo para poder parar en cuanto sea necesario. Las normas del BDSM son estrictas y, en todos los casos, previamente acordadas por los sujetos que lo van a practicar.

El auge de la corriente de pensamiento materialista e individualista tiene, desde luego, mucho que ver a la hora de ver estas prácticas. En el fondo, el hecho de que exista un masoquismo sexual, no necesariamente derivado de patologías psicológicas, ya nos da una idea de por dónde va el asunto: el masoquismo sexual no es más que la experimentación de uno mismo con su cuerpo de hasta dónde puede soportar, o disfrutar, el dolor, obteniendo excitación de ello. También el BDSM sigue esta misma tendencia: los individuos, aunque en parejas o grupos, exploran su placer sexual de manera individual, racional y activa; en ningún momento existe una entrega al otro, y cuando lo es, probablemente sea aún más racional que todo lo que han hecho antes. No se produce el mero abandono a la presencia física del otro –o los otros-, la admisión de la propia fragilidad, el deleite con el cuerpo de la pareja; probablemente esto también tenga que ver con la sobreexposición a la pornografía que tiene la mayoría de la gente joven.

Tanto en Las partículas elementales como en Plataforma, el polémico autor francés Michel Houellebecq abordaba este tema. Veamos algunas citas de estos dos libros:

“-Eso es lo maravilloso de ti: te gusta dar placer. Lo que los occidentales ya no saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural. No sólo se avergüenzan de su propio cuerpo, que no está a la altura de las exigencias del porno, sino que, por los mismos motivos, no sienten la menor atracción hacia el cuerpo de los demás. Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal, de un cierto estado de dependencia y debilidad. La exaltación sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo origen, las dos proceden del olvido parcial de uno mismo; no es un terreno en el que podamos realizarnos sin perdernos. Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia; para colmo, estamos obsesionados con la salud y con la higiene: ésas no son las condiciones ideales para hacer el amor. En Occidente hemos llegado a un punto en que la profesionalización de la sexualidad se ha vuelto inevitable. Desde luego, también está el sadomaso. Es un universo puramente cerebral, con reglas precisas y acuerdos establecidos de antemano. A los masoquistas sólo les interesan sus propias sensaciones, quieren saber hasta dónde pueden llegar por el camino del dolor, un poco como con los aficionados a los deportes extremos. Los sádicos son harina de otro costal, siempre van lo más lejos que pueden, quieren destruir: si pudieran mutilar o matar, lo harían.
-No me apetece pensar en eso -dijo ella, estremeciéndose-. Me repugna de verdad.
-Porque sigues siendo sexual, animal. De hecho eres normal, no pareces de Occidente. El sadomaso organizado, con sus reglas, sólo le interesa a la gente culta, cerebral, que ha perdido cualquier atracción por el sexo. Para todos los demás sólo queda una solución: los productos porno, con profesionales; y si uno quiere sexo de verdad, los país del Tercer Mundo.
-Bueno… -Valérie sonrió-. ¿Puedo seguir chupándotela?”

Otra más:

“En una sociedad racional como la que describe Un mundo feliz, la lucha puede atenuarse. La competencia económica, metáfora del dominio del espacio, no tiene razón de ser en una sociedad rica, que controla los flujos económicos. La competencia sexual, metáfora del dominio del tiempo mediante la procreación, no tiene razón de ser en una sociedad en la que el sexo y la procreación están perfectamente separados; pero Huxley olvida tener en cuenta el individualismo. No supo comprender que el sexo, una vez disociado de la procreación, subsiste no ya como principio de placer, sino como principio de diferenciación narcisista; lo mismo ocurre con el deseo de riquezas.”

Y finalmente…

“-Es más simple de lo que parece. Está la sexualidad de la gente que se ama, y la sexualidad de la gente que no se ama. Cuando ya no hay ninguna posibilidad de identificación con el otro, la única modalidad que queda es el sufrimiento… y la crueldad.”

Así pues, como vemos, es posible que pueda interpretarse el auge en popularidad de estas prácticas con estas tendencias individualistas, profundamente hedonistas, y en cierto sentido, rotas, que hemos venido explicando en este artículo.

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