apuntes, cine

Me gusta el cine, me gusta Malick

(Publicado originalmente en TheCoolNews)

Corría el año 1911. Bueno, no sabemos si corría, pero al menos pasaba. 1911 es un año de importancia crucial para el cine, y por lo tanto también para los que a día de hoy seguimos amando el cine –aunque a veces cueste un poco-.

Sólo dos años después de que Marinetti abriera a golpe de manifiesto futurista la puerta a toda la corriente de las vanguardias artísticas, uno de los teóricos de este movimiento, Ricciotto Canudo, publica uno de los grandes textos fundacionales de la Historia del Cine: El nacimiento del séptimo arte.

Es de capital importancia entender hasta qué punto Canudo no es sólo un visionario, sino también un tipo que prácticamente se juega el cuello y los cojones a nivel intelectual cuando califica al cine de arte en 1911. Hasta la tarde anterior de que se publicara el manifiesto, el cine era un espectáculo de barraca de feria, que competía en los cafés cantantes y las salas de variedades con las muchachas bailarinas y los teatrillos de bulevar y los tablaos flamencos –en España-, habiendo heredado el espíritu que Edison había dado a su kinetoscopio cargado de imágenes de mujeres con menos ropa de la habitual y hombres musculosos a los que les costaba sonreír.

Por supuesto, había habido algunos intentos anteriores de alejar al cine del simple espectáculo, o de las tomas de vistas de los Lumière. Probablemente el ejemplo más famoso sea el Viaje a la Luna de Méliès, rodado en 1902, aunque los españoles también deberíamos estar orgullosos de nuestro pequeño gran Segundo de Chomón, que con piezas como El Hotel Eléctrico (1908), no sólo indagaba en las posibilidades de entretenimiento del cine, sino también en las estéticas.

Sin embargo, en 1911 el lenguaje del cine era poco más que balbuceos, y algunos escupitajos y un ocasional “papá” mal pronunciado, como las primeras adaptaciones literarias que luego darían lugar al movimiento conocido como film d’art, con películas como El Rey Lear, de 1909, en la que actuaba el luego gran director del cine primitivo Thomas Harper Ince. No sería hasta algunos años más tarde cuando David Wark Griffith sentaría las bases de la gramática cinematográfica, basada en el corte de montaje, con El nacimiento de una nación (1915).

Sin embargo, Canudo hace una fuerte apuesta en 1911 por las posibilidades estéticas y artísticas del cine, y no duda en calificarlo de “séptimo arte” cuando aún no había una sola película que se acercara a esta categoría. Este empujón intelectual, posteriormente respaldado por el academicismo cinematográfico del mudo –autores como Arnheim se me vienen a la cabeza-, permitió al cine moverse con mucha más libertad dentro de sus aspiraciones estéticas.

Creo que es cierto, por tanto, que todo cinéfilo de verdad, que ame el cine como arte, o al menos como posibilidad de arte, debe respetar las obras hechas con clara inspiración estética o intelectual; por eso siempre me chirría cuando una persona autodefinida como “cinéfila” dice de una película que “no le gustó porque es muy lenta”. Es mejor regalarle un Blu-Ray con la filmografía de Michael Bay, la caja edición coleccionista de Lost, y dejarlo pasar.

Yo iba a hablar de Malick. Sí. A juzgar por Filmaffinity, que es un sitio donde hay mucho cinéfilo de los de Michael Bay y Lost, El árbol de la vida es una película profundamente incomprendida. Esto no es de extrañar, desde luego. Visto el nivel de inteligencia medio de este país, es difícil que esto sorprenda. He leído muchas veces comparaciones entre la última obra de Malick y 2001 de Kubrick. Comparaciones que son a la vez acertadas y erróneas.

Si en algo se parecen 2001 y El árbol de la vida es en que ambas son películas profundamente personales, y también una clara apuesta intelectual e incluso ideológica. Ambas son películas que ponen todas sus cartas sobre la mesa. No engañan a nadie con lo que quiere decir y, temas de ritmo aparte, la interpretación de ambas obras es en realidad bastante unívoca, aunque en obras capitales como éstas hay, por supuesto, lugar para los matices.

Sin embargo, ambas películas son diametralmente diferentes. Incluso opuestas. Mientras que Kubrick hace en2001 un repaso por el pasado, el presente y el posible futuro de la inteligencia del ser humano, único tema central de toda la obra, en El árbol de la vida hay una apuesta mucho más clara por la espiritualidad, por la relación de un hombre consigo mismo, con otros hombres y con el universo como totalidad a través del alma, si queremos decirlo así. La inteligencia y el razonamiento quedan aquí relegados a un segundo plano, y juegan un papel mucho más fundamental las sensaciones y los recuerdos –y también, si queremos, cierta dosis de psicoanálisis y de espiritualidad new-age descafeinada-.

Kubrick ha tenido ya el beneplácito del tiempo y de la crítica, e incluso quienes detestan 2001, o no la comprenden, o se duermen viéndola de manera inevitable, procuran no ser muy virulentos con sus críticas por temor a quedar en ridículo –y con razón, en opinión de un servidor-. Sin embargo, los calificativos de basura,infumable y demás se suceden por todas las webs donde se almacenan críticas sobre el último trabajo de Malick. Y sin embargo en ese punto esencial ambas películas son iguales: ambas son obras de arte –en el sentido en que las concibió Canudo- desde su concepción. Y por supuesto, también lo son en su ejecución.

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Yendo un poco más allá, en mi opinión 2001 es una de esas –pocas- películas de la Historia del Cine a las que se puede aplicar el término Gesamtkunstwerk –en español, obra de arte total– que acuñó Wagner para referirse a su nuevo concepto de ópera, y cuyos antecedentes se remontan hasta las tragedias griegas de autores como Sófocles. Son obras en que lo visual, lo auditivo, lo sensorial y, en general, cada aspecto del film, funciona a su propio nivel y tiene su propio modo de significar y de comunicar. Kubrick lo hizo escogiendo la música de Strauss –discípulo de Wagner- para ciertos momentos clave de significación simbólica de la película.

Rechazar estas obras de plano es un error. Está bien si eres de esas personas que ve películas como podría leer el dominical de El Mundo o masturbarse con una piel de plátano. Pero me preocupa más cuando los cinéfilos lo hacen y se quedan tan a gusto. Me parece que en el caso de Malick hay mucho de opinión reaccionaria: a la gente no le gusta la película porque no le gusta la moraleja de la película. Esto, que en cierto sentido puede parecer comprensible, es también un error fundamental de concepto.

Está claro que la espiritualidad new-age, con influencias de las religiones asiáticas y también de la pérdida del norte del occidente post-WWII, está tan en boga como en entredicho desde hace ya muchos años. Esta filosofía está muy presente en la obra de Malick, especialmente en los primeros tramos de la película y también en la parte final –la puerta que cruza Sean Penn hacia el final de la obra es, en mi opinión, un símbolo demasiado evidente y tal vez hasta un poco cutre-. Sin embargo, me parece sorprendente que alguien pueda rechazar una obra sólo porque no esté de acuerdo con el planteamiento intelectual del autor. ¿Es realmente eso lo único que tiene la película? ¿Es motivo suficiente para calificarla de basura? ¿Realmente todas las personas a las que nos gusta2001 pensamos que alguna vez seremos seres etéreos compuestos sólo de intelecto y espíritu?

Un cinéfilo que ataca a grandes obras del cine como estas dos películas, que contribuyen a darle al cine entidad ycorpus como arte independiente, tal vez debería leer de nuevo a Canudo, o dedicarse a la caza de la nutria con chicle Boomer de fresa del extralargo, del que a los dos minutos ya no sabe a nada. Todavía nos cuesta a muchos de los que consideramos el cine un arte explicar que no es sólo entretenimiento, dinero, palomitas y efectos especiales. Que el cine no es, o más bien no es solamente, como una montaña rusa. Harían mejor estos cinéfilos pensando un poco antes de hablar. Que se ve que no está tan de moda como llamar basura infumable a algo que uno no comprende.

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