apuntes

Fútbol y Volksgeist

(Artículo publicado originalmente en TheCoolNews)

A veces surge en la típica conversación de estar borracho. “¿Pero tú irías a la guerra?”. Normalmente pongo mi mejor cara de póker, o lo intento, o creo que lo intento; al fin y al cabo, suelo estar borracho. Suelo entonar entonces aquella máxima que desafiaba a los ciudadanos franceses durante los primeros momentos de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Línea Maginot aún no había sido cruzada. Pour qui et pourquoi?

Normalmente no suele haber respuesta. Es probable que, para alguien con ganas de interpretar libremente (como yo), las dos guerras mundiales puedan considerarse los dos últimos y sangrientos estertores del movimiento romántico decimonónico aplicado a la política. Las características que hicieron de la poesía romántica en general más interesante que la de la Ilustración también hicieron de la política un arma peligrosa: la obsesión por el sentimiento por encima de la razón, la creación de un nuevo espíritu del hombre y del grupo que dio lugar a la formación de los estados modernos, las tendencias nacionalistas a causa de ensalzar el yo, etc.

Desde aquí al volksgeist, por supuesto, sólo había un paso. Y desde el volksgeist hasta las guerras mundiales sólo hacía falta que alguien la cagara de alguna manera, lo cual es bastante sencillo de conseguir siendo un hombre.

De lo que ya no estoy tan seguro es de que aprendiéramos algo de ello o sólo olvidáramos momentáneamente. En todo caso, el tsunami de la cultura de masas y de la televisión a partir de los cincuenta y la evolución hacia el individualismo del hombre solo en medio de la ciudad desnuda mataron bastante al espíritu del volksgeist y dejaron a un hombre confundido y desengañado que no creía ni confiaba en nada más que en sí mismo. Y a veces, ni eso.

Sin embargo, los grupos sociales, como los estados modernos, necesitan mantener elementos de cohesión y de pertenencia. ¿Qué nos queda, pues, a los individuos del siglo que ha perdido la capacidad de creer en nada? ¿Cuál es el último vestigio del romanticismo y del espíritu del pueblo? El fútbol. Las hordas de aficionados que comparten un mismo sentimiento que les hincha el corazón, o eso dicen; que saltan al mismo tiempo y entonan los mismos cánticos una y otra vez y el que los oye no sabe muy bien si son oraciones o mantras; que se reúnen y organizan desfiles para celebrar los triunfos como en esos vídeos de las marchas de las SA y las SS. El hombre que no cree en nada puede creer en el fútbol. Puede sentirse parte del grupo. De repente, todas sus acciones, absolutamente iguales a las de todos los demás, tienen sentido. No está solo.

Pour qui et pourquoi no tiene respuesta. Así que seguimos bebiendo y durante unos segundos nadie dice nada. Luego quedamos para echar una pachanga de fútbol el viernes por la tarde. Pagamos y nos vamos. Que le den por el culo a esto.

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