prosita

Julio

JULIO

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I

            Mariana contuvo una arcada al sentir la saliva de don Antonio bajar desde la comisura de sus labios hacia su cuello. El hombre movía la lengua, frenético, dentro de su boca; su respiración ronca y entrecortada apestaba a vino dulce.  Como cada noche tras servir la cena, Mariana había dejado sobre la mesa de don Antonio una frasca de vino que había puesto a airear mientras preparaba la comida y la había recogido hacia la medianoche, vacía.  Don Antonio dejaba escapar un “gracias, Mariana” las menos de las noches, y ésa era toda la conversación que tenían. La miraba distraído al llegar y con deseo al salir, y algunas noches oía la radio y se lamentaba o juraba y maldecía en voz alta, según cuánto hubiera bebido. Sus dedos fofos pellizcaron sus pezones demasiado fuerte, y Mariana tuvo que contenerse de nuevo para no gritar.

En el establo del caserón de don Antonio había olido a mierda de caballo desde la primera vez que llegó a la casa, un olor intenso y hueco que parecía colapsar las fosas nasales; ninguno de sus intentos por limpiar aquella cuadra había tenido éxito. Julio, el caballo marrón, de larga crin y pecho amplio y fuerte que había conservado para sí mismo don Antonio cuando se había visto obligado a vender el resto, respiraba también intranquilo a causa de los jadeos de él y los intentos de ella por zafarse. De vez en cuando daba un par de pasos hacia atrás y giraba la cabeza hacia los lados, como si quisiera mirar. Relinchó y coceó el aire cargado de la cuadra, y don Antonio dejó por un instante de mover su mano derecha dentro de la ropa interior de Mariana. Su frente, su pecho y su barriga enorme y peluda estaban perladas por el sudor. Rezó una plegaria en silencio cuando el hombre volvió hacia ella su mirada vidriosa y oyó cómo se desabrochaba los pantalones de tela gris.

El acto no duró mucho: el alcohol y la prolongada viudedad de don Antonio hicieron por Mariana más que sus plegarias. Notó su miembro entrando dentro de ella, a trompicones, de manera torpe, como si fuera un niño pequeño haciéndolo por primera vez, mientras el hombre emitía un gruñido extraño que llenó a Mariana de repulsa. Cuatro o cinco embestidas después notó el semen caliente derramarse dentro de ella. Los gruñidos continuaron aún unos segundos más, y luego se fueron apagando y dieron paso de nuevo a la respiración entrecortada del hombre, que trataba de recuperarse del esfuerzo. Aún asustada, Mariana se zafó de su abrazo con movimientos torpes y apresurados, y se puso de pie. Don Antonio no hizo nada por detenerla. Se recolocó la falda como pudo y se subió la ropa interior; una lengua de semen blancuzco y denso comenzó a escurrirse por el interior de su muslo derecho. Julio pareció tranquilizarse a medida que el silencio volvía a mezclarse con el olor a mierda. Mariana se quitó unas hebras de paja de su vestido arrugado y medio roto y salió corriendo de camino al caserón. Pudo oír a don Antonio vomitar mientras rebuscaba entre sus bolsillos la llave de la puerta habilitada para el servicio.

“Y adónde me voy a ir”, se dijo Mariana a sí misma mientras introducía dentro de su sexo una esponja mojada en abundante vinagre y limón. Le escocía un poco, pero su madre siempre le había dicho que era la mejor manera de no quedarse embarazada. Deseó poder estar con su madre más que ninguna otra cosa en el mundo. Pero ella había muerto hacía ya tiempo, y no podía ir con ella, ni tampoco con su hermano, que había desaparecido durante la guerra, ni con su padre, que también había muerto. Mientras refregaba la esponja frenéticamente dentro de sí misma, centrada en el escozor, oyó cómo se abría la puerta principal, y luego unos pasos lentos y torpes por el pasillo. Mariana se asustó de nuevo y se levantó, aún con la esponja dentro de ella, y fue hacia la puerta del cuarto de baño a asegurarse de que había echado bien el pestillo. Pegó la oreja a la puerta y esperó, oyendo los pasos resonar por la casa vacía mientras se acercaban hacia donde estaba ella, primero uno y luego otro, y a Mariana le pareció que entre pisada y pisada pasaban miles de años. Contuvo la respiración al notar su presencia al otro lado de la puerta y tuvo que ahogar un sollozo. Don Antonio pasó de largo y Mariana volvió a respirar. “No, no tengo adonde ir”. Sus pies se arrastraron de vuelta al borde de la bañera. Sintió unas ganas enormes de darse un baño, de sacarse de encima aquel olor a sudor, a sexo y a mierda de caballo, y también el olor del miedo y del vinagre y el limón, pero se negó a hacerlo. “Nada de hacer ruido”. Enjuagó su sexo mojando la esponja en agua cuando le pareció que se había limpiado lo suficiente. Abrió la puerta del baño intentando no hacer ruido y caminó de puntillas hacia su habitación.

“Adónde vas a ir”, se repetía una y otra vez. Ni siquiera sabía muy bien dónde estaba. Su hermano la había dejado con don Antonio antes de ir a la guerra, hacía ya siete años. “Don Antonio es un amigo de la familia y se hará cargo de ti y te cuidará hasta que yo vuelva”, le había dicho. “Maldito seas, hermano”, pensó. “Deberías haber venido a por mí hace ya mucho tiempo”. Pero don Antonio no disfrutaba de la conversación de Mariana, ni de ninguna otra persona. Las visitas eran poco frecuentes y rara vez duraban más de unas pocas horas; don Antonio parecía intentar esconderse del mundo y, a juicio de Mariana, el mundo tampoco ponía demasiado interés en don Antonio. La mayoría de los días se iban entre comer, ensillar y montar a Julio para ir a algún sitio que Mariana no conocía, beber y observar el campo que cercaba su casa con mirada distraída. Mariana también lo hacía a veces. Aquella tierra no parecía demasiado fértil, pero estaba segura de que se le podría sacar algo de partido; por supuesto, nunca le dijo nada de esto a don Antonio. Se limitaba a servirle las comidas, el vino nocturno, y a acudir a sus llamadas o a ayudar a ensillar al caballo cuando el hombre lo requería. Jamás la había invitado a compartir con ella comida ni charla alguna que no fuera imprescindible, y aquella noche era la vez que más cerca había estado de su cuerpo, de su bigote poblado e hirsuto, del olor rancio del hombre que no tiene lavarse por costumbre. “Maldito seas, hermano”.

Mariana sacó de su armario el petate que traía con ella el día que llegó al caserón, que era poco más que una bolsa grande raída que había sido recosida con remiendos y parches de tela una y otra vez. El miedo había dejado paso al agotamiento una vez hubo cerrado tras de sí las puertas de su habitación, un sitio al que don Antonio entraba muy de tarde en tarde y siempre con permiso de su sirvienta. Mariana miraba a menudo aquella bolsa y pensaba en recoger la poca ropa que tenía y algunas monedas que había conseguido guardar a lo largo de los años y marcharse de aquel lugar para siempre. En robarle a Julio a don Antonio y cabalgar en cualquier dirección abrigada por la noche, o incluso en caminar a la deriva por la dehesa hasta que encontrara un lugar mejor donde vivir. Pero entonces pensaba en su hermano, en qué diría cuando volviera a casa de don Antonio tras la guerra y se encontrara con que su hermana se había marchado y había robado al hombre que la había acogido en su casa. “Maldito seas, hermano”, se dijo de nuevo. Mariana ni siquiera sabía si la guerra había terminado, y tampoco se había atrevido a preguntarle a don Antonio. Se había dedicado a esperar un día tras otro hasta que había perdido la cuenta, de sol picajoso a lluvia menuda y de nuevo a sol picajoso, pero su hermano nunca había vuelto a aquella casa. Empujó el petate apoyado en la cama hacia el suelo y se tumbó boca arriba, clavando una mirada distraída en el techo. “Adónde vas a ir”. En su mente cruzó otra vez el camino que le alejaba de aquella casa, pero más allá del horizonte no consiguió imaginar nada. Luego se quedó dormida.

II

            Don Antonio empezó a pedir una frasca de vino también por las mañanas, que los más de los días estaba vacía cuando llegaba la hora del almuerzo. Hablaba con Mariana incluso menos que antes, y el caserón se volvió poco más que un monasterio cuando él empezó a notar cómo se hinchaba la barriga de su sirvienta. A veces contemplaba absorto la barriga de la mujer desde que entraba por la puerta del salón o de su despacho, y cuando la tenía cerca la miraba a los ojos, como si intentara decirle con ellos algo que sus palabras no fueran capaces de articular. Pero para Mariana sus ojos eran desde aquella noche poco más que cristales grises y vacíos, y aguantaba comedida unos segundos la mirada de don Antonio antes de girar la cabeza y darse la vuelta para marcharse. Sus “gracias, Mariana” eran cada vez menos frecuentes y más arrastrados, como si le supusiera un esfuerzo dejar escapar cada sílaba o se le estuviera olvidando cómo hablar. Mariana le informó una noche de que sólo quedaban dos barriles de vino llenos en la bodega. A la mañana siguiente, con la amanecida, don Antonio ensilló a Julio, le ató un carro de madera que guardaba en el cobertizo y se dispuso a partir. La madera crepitaba a causa de los años y la humedad de los inviernos que pasaba encerrada en aquella especie de cabaña a medio pudrir.

            Don Antonio estuvo fuera dos días, y sólo entonces, muchas semanas después, Mariana se permitió el lujo de llorar y darse un largo baño mientras se contemplaba, ella también, la barriga con mirada absorta. Daba largos paseos por la casa y a las tardes salía a mirar el campo, a intentar imaginar qué habría más allá de la línea del horizonte. “Más tierra seca, seguro”. Incluso cantó algunas de las viejas canciones que su madre le había enseñado hacía ya muchos años, cuando iban juntas en busca del arroyo para lavar la ropa frotándola contra unas piedras hasta que les salieron callos en las manos. Mariana creía que las había olvidado. Con don Antonio y su carro destartalado cargado de barricas de vino volvió el silencio a la casa. Desde que se dio cuenta de que Mariana estaba embarazada, incluso escuchaba la radio en silencio, y a veces, cuando Mariana entraba a recoger la frasca de vino vacía para devolverla a la cocina hasta la mañana siguiente, parecía por su mirada que hacía rato que no oía nada de lo que decía la radio en absoluto. Cuando el cacharro se apagaba, la noche en la casa se entregaba al sonido de los grillos, como de día se entregaba al de las chicharras. Ambos sonidos empezaron a parecerle a Mariana una sucesión de graznidos chirriantes, el ruido de un grupo de cuervos aleteando hambriento alrededor de un cuerpo que no termina de morirse del todo.

            Una mañana no encontró a don Antonio en el salón a la hora del desayuno. Aunque no era común en él, Mariana no se extrañó: no era raro que un hombre saliera a dar un paseo por la mañana. Don Antonio nunca había tenido facilidad para dormir y solía levantarse antes que ella, y durante los últimos tiempos parecía que bebiese hasta caer redondo en el suelo, como si no tuviera otra forma de conseguir tranquilidad. Desayunó sola, mirando de vez en cuando por la ventana de la cocina por si veía al hombre llegar. No lo hizo. Fregó con parsimonia el plato y el vaso de latón medio oxidados y fue a buscar la fregona para empezar a limpiar. Hacía calor.

            Don Antonio no volvió en el resto del día, ni tampoco al día siguiente. No era normal que se marchase sin decirle a Mariana nada en absoluto. “Que se vaya al infierno si quiere”. Ella seguía ocupada de las tareas del hogar, manteniéndolo todo ordenado para no tener que escuchar su voz cuando volviese. A veces, cuando hablaba, la papada se le movía de una manera que a Mariana le producía repulsa, aunque no podía evitar mirarla fijamente cada vez, debajo de los dientes, amarillos y agrietados, y de la barbilla inflada y brillante a causa de la grasa. La barriga de Mariana crecía por días, como el odio que sentía hacia la criatura que llevaba dentro de ella. Había odiado a aquel niño desde que supo que había sido concebido. Maldijo a su madre por lo de la esponja con vinagre, y maldijo cientos de veces a don Antonio, y a veces por la noche tenía pesadillas en que su barriga se abría como la garganta de un cerdo y de dentro salía su señor, grasiento y borracho y riéndose. Mariana jamás había oído reírse a don Antonio. Se sobresaltó al oír relinchar a Julio en el establo, y se limpió las manos mojadas en el delantal y salió de la casa tan rápido como pudo. No era posible que don Antonio se hubiese marchado de la casa sin el caballo.

            El hombre yacía en el suelo, detrás de Julio, y el olor de la muerte y de la podredumbre incipiente se mezclaba con el de la mierda del caballo. Mariana vomitó al ver el cuerpo, que parecía casi doblado sobre sí mismo. Coágulos de sangre ennegrecidos brotaban del pecho de don Antonio, y en su boca habían empezado a posarse las moscas. Tuvo que echar a las ratas a patadas. Cuando Mariana se acercó al cuerpo vio que los esfínteres del hombre se habían aflojado antes de morir, y yacía sobre un charco de orina mezclada con su mierda. “Probablemente intentó subirse al caballo demasiado borracho”. El pecho de don Antonio estaba completamente hundido a causa de la coz, y parecía como si sus costillas hubiesen querido escapar del golpe atravesando la espalda. Julio parecía cada vez más inquieto, y no hacía más que mover la cabeza en una y otra dirección y ladearse hacia los lados todo lo que le permitía la cuerda que le ataba. Mariana susurró unas palabras tranquilizadoras al oído del animal y le pasó lentamente la mano por la crin y el lomo mientras intentaba respirar lo menos posible; el animal pareció calmarse. Cuando lo hizo, salió fuera de la cuadra a respirar aire limpio. Volvió a entrar, desató al caballo y lo sacó de aquel sitio. Mariana procuró no acercarse al cuerpo de don Antonio, pero Julio al salir volvió a pisarle el estómago y la cabeza, que se abrió con un sonido parecido al de la madera al resquebrajarse de puro podrido. Mariana ató al animal cerca de la puerta del caserón. Las ratas volvieron a pelearse con las moscas por cebarse sobre el cadáver del hombre muerto.

III

            Agradeció a su hermano en silencio haberla enseñado a montar cuando era aún una niña. Ensilló al animal y subió sobre él con un salto torpe por la falta de práctica. Colocó el petate delante de ella, apoyado sobre el lomo de Julio. En él había guardado ropa limpia, comida suficiente para unos días y algo de dinero por si encontraba un sitio donde dormir o unos bandoleros la atracaban. Picó espuelas suavemente y el caballo echó a andar en dirección al horizonte, sobre kilómetros y kilómetros de tierra amarilla y muerta. Mariana no conseguía imaginar qué habría más allá de toda aquella tierra amarilla. Las chicharras graznaban como cuervos anunciando el festín que les aguardaba en la cuadra.

            Mariana no sabía cuántos días habían pasado. Su cuerpo estaba cubierto por completo de polvo y la cara interior de sus muslos inundada de ampollas y heridas sangrantes a causa de haber cabalgado sin descanso durante demasiadas horas al día. Aprendió a dormir mientras iba al trote a pesar del dolor, y nunca pudo recordar cuál fue la primera impresión que le causó la casa cuando la vio. Sólo pudo recordar que se cayó del caballo exhausto, flaco y cabizbajo, cuando alguien intentó ayudarla a desmontar entre exclamaciones y gritos hacia Mariana no sabía quién. “Cuidado, está embarazada”, oyó decir a una voz que parecía vieja, y entonces se dejó caer y ya no recordó nada más.

            “Qué bien que estés despierta”, dijo la mujer de la voz vieja cuando Mariana abrió los ojos. “Llevas casi tres días ahí tumbada, nos habías asustado”. Un pañuelo negro le cubría la cabeza y sus ojos hundidos parecían flotar alrededor de las arrugas y las patas de gallo. En su sonrisa faltaban muchos dientes. La mujer le dio unos golpes suaves en un hombro y salió de la habitación. Mariana cerró los ojos y centró su atención en el sonido de los pasos de la mujer, que se arrastraban por el suelo. Pudo oír también relinchar a su caballo, no muy lejos de donde se encontraba ella; esperaba que alguien le hubiera dado al animal algo de leche y comida. La mujer vieja volvió un par de minutos después, con un plato de barro cargado de fruta, una taza también de barro y un termo de café. Sirvió el líquido humeante y se lo ofreció a Mariana, que se quemó un poco los dedos al coger el vaso. La mujer volvió a sonreír. “Te hará bien”, dijo, y miraba a Mariana fijamente todo el tiempo mientras bebía a sorbos pequeños. Quiso dar las gracias, pero sólo le salió una tos hueca, como si su cuerpo estuviera aún expulsando tierra de dentro de sus pulmones. La mujer vieja le acarició el pelo. No dejaba de sonreír. Puso su mano sobre la barriga de Mariana, y también la acarició con suavidad. “¿Cómo se va a llamar?”, preguntó. Mariana dudó un segundo antes de contestar. “Julio”, dijo, e hizo un intento torpe por sonreír.

FIN

Estándar

One thought on “Julio

  1. No sé qué coño decir, me has hecho sentir muchas cosas. Pena por Mariana, vergüenza ajena por Antonio, ternura con la señora del final.

    ¿Algo bueno dentro de los blogs? Esto no es real.

    Un saludo.

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