prosita

Rodrigo

RODRIGO

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Se saltó el semáforo y giró a la izquierda. Al doblar la esquina se cruzó con un gato al que no atropelló de milagro. El pie de Rodrigo se hundió en el acelerador y el coche rugió como un gladiador desafiado. Cruzaba la avenida, buscando la ronda de circunvalación. A su lado pasaba, veloz y difuminado, el barrio. Dejó atrás el descampado. Más de veinte años atrás, les dijeron a los vecinos que allí iban a construir un centro de salud y de asistencia social. Pero pasaron los años y también los alcaldes, y el descampado seguía siendo sólo albero y piedras y algunas ramas secas. Como cada noche, unos chavales habían dejado aparcados allí sus coches y bebían alrededor de una fogata. Dejó atrás los nuevos edificios de ladrillo rojo, y un poco más allá las viejas casas bajas. Parecía que estaban allí desde siempre, aunque lo cierto es que la más antigua de todas no tendría más de sesenta años. Las construyeron hombres como su padre y como su abuelo, con sudor y con hambre además de con piedra y hormigón. Durante aquellos años se comió en muchas casas una vez al día, y el resto del dinero se guardó para comprar material para construir, cuando no se robó. El orgullo de los hombres no estaba ya en la cara de los viejos; las paredes de cal brillante se cuartearon y desconcharon tiempo atrás y nadie se molestó en arreglarlas. Las mujeres, sentadas al fresco hasta la hora de dormir, hablaban animadas, y sus maridos las escuchaban en silencio con la cabeza baja o subían la calle hasta la peña, donde tal vez alguien les invitara a una cerveza. Rodrigo metió cuarta y aceleró de nuevo. Mientras esperaba para incorporarse a la autovía, echó un vistazo al pequeño campo de futbito, como lo llamaban allí. Los pocos niños que quedaban en el barrio jugaban en él algunas tardes, y de noche servía como refugio para algunos yonkis, que dormían intranquilos a pesar del último pinchazo. Bajó la ventanilla y escupió.

Quería odiar al barrio, pero se dio cuenta de que no podía. Para odiar de verdad una cosa tienes que conocer otra con la que poder compararla, y él llevaba casi cuarenta y ocho años cruzando aquellas calles mal asfaltadas. Sin embargo, había aprendido a despreciar a toda aquella gente, a toda aquella ostentación de la pobreza y la maldad como valor supremo. Tal vez fuera porque durante un tiempo no había sido pobre, o tal vez porque de alguna manera culpable veía algo de sí mismo en todo aquello que despreciaba. Cuando llegó a la autovía pudo conducir más tranquilo; todo lo que quería era dejar el barrio lejos, lo más lejos posible, y eso ya lo había hecho. El reloj del coche marcaba las seis menos cuarto de la mañana. Tocó a tientas por el salpicadero en busca del paquete de tabaco, pero lo llevaba aún en los pantalones. El coche comenzó a pitar, al principio de manera soportable y luego cada vez más insistente y más insoportable, cuando se desabrochó el cinturón de seguridad y se inclinó en una postura rara para poder sacar el tabaco del bolsillo. Tuvo que dar un volantazo rápido para volver a su carril. ‘Putas nuevas tecnologías’, pensó. A pesar de eso, le gustaba su coche. A pesar de que todavía no lo hubiera pagado, a pesar de que no tuviera dinero para pagarlo, como tampoco tenía dinero para pagar su casa. Al sacar el tabaco palpó la bolsita de cocaína, y maldijo de nuevo a los hijos de puta que le habían arruinado la noche. Vio de nuevo a Carmen, tambaleándose con su copa en la mano y aquella sonrisa medio desfigurada que sólo le salía cuando iba hasta las cejas, lo que de cualquier modo ocurría las más de las noches. Recordó el graznido del teléfono mientras metía a Jose en la cama y le preguntaba por enésima vez si estaba seguro de que había hecho todos los deberes. Recordó la prisa con la que le pidió que le trajera algo, y también los gritos que dio al meter un dedo en la cocaína y refregárselo en los dientes, con ese ruido áspero y pegajoso más propio de una bestia. Que qué coño era aquello, que la droga estaba húmeda, que la droga era mala, y que quién coño se creía él y que le estaba faltando al respeto. Los oídos le pitaron un poco mientras se hacía consciente de que de repente todos los ojos del maldito bar estaban vueltos sobre él; se dio cuenta de que cada una de aquellas miradas escribía sobre él una historia completa de su vida. Todas eran distintas, por supuesto; probablemente ninguna se acercaba a la realidad, y las más de ellas acababan entre el desprecio y una pena insincera, como insinceras sonaban todas aquellas palabras saliendo de las bocas de aquellos imbéciles. Toda la escena le recordó a un cuadro que había visto hacía tiempo en una revista, en el que un montón de gente con caras deformes y horribles y máscaras observaba la llegada de Cristo a la ciudad. Cogió rápidamente la bolsa y se largó de allí. Escupió de nuevo por la ventanilla mientras le adelantaban a toda velocidad una ambulancia y un viejo Mercedes gris que iba detrás. Él también imaginó una historia para las personas de aquellos coches mientras los miraba perderse por el carril de la izquierda, tomando el desvío camino del hospital. Un amago de sonrisa cruzó su boca mientras sacaba un cigarro del paquete. ‘Respeto’, pensó. ‘Ninguno de esos cabrones tiene ni idea de qué es eso realmente’.

Al llegar al puente del Quinto Centenario, aparcó en mitad del carril reversible, que a esa hora de la noche estaba siempre cerrado. El puente estaba ahora vacío, pero dentro de una hora sería un hervidero de personas, cada una igual a la anterior, enfadada con los otros porque llega tarde al trabajo. Rodrigo también había sido uno de ellos. Fumaba mientras contemplaba el Guadalquivir debajo de él, yendo siempre hacia Sanlúcar, daba igual lo que pasase. ‘Eso sí que es tener huevos’, se dijo. Se vio de repente en su taller de aluminio, diez años atrás, con aquellos once hombres que trabajaban para él, que comían del sudor de su frente, como él mismo y también su mujer. Jose aún no había nacido. Recordó todas las noches que no había vuelto a casa, y también las noches en que no tuvo casa a la que volver. Escupió y observó su saliva caer despacio y luego chocar con el río y perderse en él. Intentó buscarle un significado a todo aquello, pero no lo encontró, y no supo si es que él era torpe o es que realmente no lo tenía. Pensó también en saltar. María sabía lo que había que hacer si a él le pasaba algo, y de aquí y allá podrían sacar el dinero suficiente para que ella y el niño salieran adelante. Cinco o seis segundos de caída, y luego nada. No parecía mal plan. Un poco más allá, en el puerto comenzaron a moverse algunos hombres y algunos camiones. Empezó a sonar el insistente pitido de una de esas máquinas que cargan y mueven materiales pesados. El puerto era gris; siempre había sido gris. Una masa gris salpicada de enormes cajas metálicas azules y rojas. Alguien que no pasara por allí de manera habitual habría podido decir que en el puerto nunca pasaba nada, que era siempre la misma masa gris salpicada de cajas que estaban siempre en el mismo sitio. En el puerto nunca pasaba nada, como en el barrio. Descartó la idea de saltar a causa del niño. Había llegado a quererlo de una manera que a él mismo le resultaba inexplicable. Despreciaba a su familia, a sus vecinos, a sus antiguos compañeros, a sus clientes, y los más de los días despreciaba también a su mujer. Pero el Jose, con sus cinco años, todavía parecía sincero cuando reía, y Rodrigo se sorprendía muchos mediodías viendo dibujos animados mientras comía, distraído, pensando que el niño andaba por allí y ya había vuelto de la escuela. Pero el niño también iba a tener que criarse en el barrio.

Tiró el cigarro al río y entró en el coche por el asiento del copiloto. Del bolsillo sacó la cartera y la bolsita de cocaína y se preparó un par de rayas. Lo hizo de manera meticulosa y mecánica, y las contempló durante unos segundos con los ojos vacíos antes de metérselas. Pensó en los años que llevaba haciéndolo y no supo decir si eran muchos o demasiados. Sacó otro cigarro del paquete y lo encendió mientras esperaba sentir algo. Esperó algo de aquellas noches, de las noches de los veinte y de los treinta. Supo que no lo habría, que hacía ya tiempo que cualquier tipo de valor o de razón había sido aplastado por la costumbre, que las cosas dejaban de cambiar y era de idiotas seguir intentándolo, que la vida seguía hundiéndose en sus propias repeticiones de la misma manera en que los pies se hunden cada vez más y más en unas gastadas zapatillas de invierno. Bajó la ventanilla del copiloto y miró en el espejo retrovisor sus ojeras y la barba a la que habían empezado a salirle las primeras canas. Tal vez él sí era realmente como los otros. Tal vez tampoco entendía una mierda. Tal vez se estaba haciendo demasiado viejo. Volvió a bajarse del coche y arrojó al Guadalquivir el resto de la bolsita. Tal vez tampoco era de tanta calidad como él creía.

Condujo de camino a su casa más rápido de lo que lo hizo a la ida; pasaban ya de las seis y media y esperaba evitar a toda costa encontrarse con el atasco de las siete. Al entrar en el barrio se cruzó con la desvencijada furgoneta blanca del panadero, al que saludó con el claxon. La luz sobre la cal de las paredes a la hora de la amanecida las hacía parecer ligeramente azules. Se paró en la peña a desayunar y echarse un chupito de anís. Tenía que hacerlo deprisa; esperaba llegar a casa antes de las ocho y decirle a María que hoy quería llevar él al niño al colegio.

FIN

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6 thoughts on “Rodrigo

  1. Sólo te diré por aquí que es un relato escrito con valor y a cara de perro. Este tipo de relatos sólo los escriben los valientes, amigo. Yo siempre he dicho que narrar es la mejor manera que conozco de desnudarse.

  2. Pingback: Bitacoras.com

  3. eangaill dice:

    Duro, real, y lamentablemente más cotidiano de lo que de niño yo solía pensar. Me gusta tu estilo, sigue posteando en twitter por favor.

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