apuntes, cine

Algunas notas: David Simon

SÓFOCLES CONTRA SHAKESPEARE

El nombre de David Simon es uno de los más importantes para poder entender (y disfrutar) la evolución de la ficción televisiva estadounidense que se viene produciendo en los últimos años. Desde que en 1993 diera el salto desde el papel a la pequeña pantalla con la adaptación de su obra Homicide: A Year on the Killing Streets (1991), Simon ha ido depurando su estilo y siendo más valiente cada vez en su apuesta de darle la vuelta al género televisivo por excelencia, el serial policíaco. Desde The Corner (2000), el autor desarolla sus propias marcas de estilo, que se despliegan en toda su magnificencia, oscuridad y épica en su obra maestra: The Wire (2002-2008).

The Wire es, probablemente, la gran epopeya sobre la otra América. La América de Baltimore, de Boston, de San Francisco. La América pos-industrial, del paro, en la que el puesto de trabajo está en cada esquina. La América donde nada avanza como debería, y sin embargo todo avanza a toda velocidad pase lo que pase, en una desbocada huida hacia ninguna parte. La América de las estadísticas, del 15% de población olvidada de forma voluntaria, la América que lucha una guerra fuera (Irak, Afganistán) y otra guerra dentro (la lucha contra la droga) y pierde ambas porque no puede ser de otra manera. Y, en esa América, o mejor, en una de las ciudades de esa América, en Baltimore, un grupo de personas. Eso es The Wire.

Si algo quiere David Simon es hacer un retrato veraz de la ciudad, convertirse en el documentalista de la América olvidada, como Wang Bing hace con la China olvidada en Al oeste de los raíles. Y esto lo hace a través de una narración y de una fotografía absolutamente descarnadas y naturalistas, lejos del montaje acelerado y espectacular, recordándonos a menudo el lugar en el que estamos a través de planos intermedios (las grúas del puerto de Baltimore, por ejemplo). Ésta es una de sus primeras propuestas autoriales: tratar siempre de tú a tú al espectador. Desmarcado de la tradición de la televisión convencional, todo en The Wire y en Treme se articula de manera que el espectador de Baltimore o New Orleans pueda señalar a la pantalla y decir: “yo vivo ahí”. Y ésta es quizá la apuesta más arriesgada de todas.

Bajo su famosa frase “fuck the average reader” no hay sólo un reto implícito al espectador, sino también al establishment de la ficción televisiva. Por eso, hablar de David Simon es hablar también de HBO. Sin HBO, probablemente The Wire nunca hubiera llegado al final. Sin HBO, Treme no habría renovado para una tercera temporada. Sólo lejos de la dictadura del share y la publicidad es posible hacer productos arriesgados, para ese porcentaje de público dispuesto a que se le exija. Y Simon está a gusto jugando a ese juego. Sin condescendencias. Los diálogos son crudos, están llenos de argot y se desarrollan a toda velocidad. No puedes seguir la narración si te pierdes un episodio. Nada de guiones con cliffhangers forzados cada cuarto de hora: los autores que escriben junto a Simon (Ed Burns, Richard Price o George Pelecanos) son novelistas y no guionistas de Hollywood. Las obras de Simon son novelas visuales, y hay momentos del primer episodio de la serie que no podrás valorar en su justa medida hasta que hayas visto el último.

Simons podría ser el Dickens americano, con una diferencia: en Simon no hay redención. En este sentido también se juega en contra de la narrativa imperante en la ficción actual; donde la mayoría de series (incluso los grandes de HBO como Los Soprano) presentan tramas de influencias shakespearianas en las que el individuo se enfrenta al sistema, y normalmente se redime o vence, The Wire y Treme beben mucho más de la tragedia clásica de autores como Esquilo o Sófocles. Los personajes viven enfrentados al abismo del mundo en el que viven y de su propia mortalidad, y el pathos trágico no puede ser evitado. Este espíritu, que está con reservas en autores como Dickens y mucho más plenamente en novelistas rusos como Tolstoi y Dostoievski, se une a una dignidad en el tratamiento de personajes y tramas que recuerda a autores como Faulkner; el tono –especialmente en The Wire– nos llevará de vuelta a los atormentados antihéroes del noir canónico y el polar francés, y tendremos la sensación de estar escuchando a una versión actualizada de los personajes de The Killers de Hemingway. Esto influye también en la estética de las obras: no hay personajes centrales ni héroes reconocibles, sino que una coralidad propia de Carver o de la novela polifónica rusa, articulada a través de pequeñas secuencias, enfrenta a los personajes con el dios que es el sistema.

Mucho se ha dicho que en las obras de David Simon no hay buenos ni malos. Sin embargo, no es cierto; el villano en The Wire y en Treme es la maquinaria del sistema. Desde el juking the stats al que alude Prez hasta la gran sentencia de Bodie (“this game is rigged, man”), es el sistema el gran dios olímpico que impide una y otra vez la redención o la victoria de los personajes, de la misma manera que vimos en obras como Senderos de gloria. Lejos de las grandes urbes americanas, Simon retrata Baltimore y New Orleans y les dice a los americanos: “esto es lo que habéis construido. Miradlo bien”. Lo importante en ambas ciudades (las verdaderas protagonistas) no es lo que está ocurriendo, sino lo que no está pero debería estar ocurriendo.

Mientras tanto, los McNulty, Colvin, Freamon, Batiste y Craighton siguen desafiando a la máquina y perdiendo de manera inevitable. Bebiendo Jameson’s y meando sobre los raíles de un tren que les atropella, inexorable. Y los espectadores sólo podemos mirar y dar las gracias. Gracias, David Simon. Gracias, HBO.

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3 thoughts on “Algunas notas: David Simon

  1. Una estupenda disertación. Tras leerla, me dan muchas más ganas no sólo de ver The Wire, sino de leer a todos los autores que citas.

    Sin embargo, me pregunto si aquellos que ven retratada su ciudad, sus vecinos, sus propias vidas en esa serie realmente dirían lo mismo que tú en esa última frase tuya -“los espectadores sólo podemos mirar y dar las gracias”-. Aunque imagino que, al menos, sí en lo de que sólo pueden mirar.

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