cine

Mi butaca: Confessions (Nakashima, 2010)

HORROR VACUI

En Confessions, Nakashima ha decidido jugar a lo fácil. Los ingredientes están todos ahí: la adaptación del best-seller de Kanae Minato, la mezcla entre géneros populares y accesibles (el melodrama y el thriller), la estética de videoclip. Un producto manufacturado específicamente para el público occidental.

La primera media hora de la obra es agradable de ver: el director lleva con buen pulso la acción dramática, que se desarrolla dentro de un aula, con algunos flashbacks breves y accesorios. Es aquí donde se plantea el tema de guión más interesante de Confessions: la problemática de la educación contemporánea, que a día de hoy siguen tratando (mejor) autores como David Simons en obras como The Wire o Treme. El problema de una sociedad compuesta por individuos aislados de manera total, basada en la falta de comunicación real y quebrada desde sus cimientos, abrazada al nihilismo como a un clavo ardiendo. La única filosofía aquí es que el fuerte castiga al débil porque puede hacerlo, y si hay justicia o moral es siempre por las razones erróneas.

Y a partir de este momento todo empieza a decaer. La propuesta de guión se va haciendo cada vez más inverosímil, y el espectador comprueba con horror que las constantes estéticas de la película lo son en un sentido literal. Una sucesión interminable de planos rodados a cámara lenta, posproducidos hasta la saciedad y repetidos una y otra vez, y con una música que prácticamente no deja de martillear los oídos durante todo el metraje, llegando a resultar molesta en bastantes momentos. Y todo esto mientras un melodrama más o menos convencional se transforma en un thriller sentimental alrededor de un niño con complejo de Edipo y una madre ausente.

Quizá sea el tono literario lo que impide despegar a la película. Una fallida estructura episódica (unas partes duran treinta minutos, otras siete, que a veces se entremezclan sin orden ni concierto), una narración llevada a través de monólogos de falsas voces en off, un personaje central (Moriguchi) cada vez más inverosímil: la imagen parece en muchas ocasiones ser un mero acompañamiento de lo que oímos. A pesar de ello, es posible salvar algunas de las interpretaciones, especialmente las de la idol adolescente Ai Hashimoto (Masayoshi) y Masaki Okada (Werther), que proporciona algunos elementos cómicos que contrastan de manera positiva con el resto del metraje.

Para este espectador de Confessions, los créditos finales son poco menos que un alivio. Una obra que podría haber sido mucho más, a juzgar por su primera parte, pero que acaba siendo sólo un ejercicio de regodeo en la propia opulencia, en el propio vacío.

NOTA FINAL: 3/10

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