apuntes, cine

Una lluvia sin medida

También a veces la luz es un engaño, o una quimera. Tal es, en mi opinión, el caso de la luz de los momentos finales de Key Largo (John Huston, 1948). El guión, firmado por Richard Brooks y Huston sobre la adaptación de una obra de Maxwell Anderson, contiene alguna de las claves que el propio Brooks desarrollará luego en otras partes de su filmografía, como en Sweet Bird of Youth (Richard Brooks, 1962): el horizonte negro de un hombre que viene de un lugar de horror (en Key Largo, la Segunda Guerra Mundial), y va hacia ninguna parte (o no tiene ningún lugar al que ir). Este drama existencial viene planteado aquí no sólo por el héroe (Humphrey Bogart), sino también por el personaje de Johnny Rocco (Edward G. Robinson), que es una referencia clara a Lucky Luciano.

La película, que transcurre en un ambiente espacial teatral que recuerda a obras como Cat on a hot tin roof (Richard Brooks, 1958) o a Who’s afraid of Virginia Woolf? (Mike Nichols, 1966), no deja de ser, como buena parte del noir que se conoce como serie negra, una radiografía del sentimiento de la sociedad americana. El noir es ese género que escupe sobre el sistema haciendo tontos a los policías y encumbra al detective privado, convirtiéndole en el antihéroe por antonomasia del cine. El personaje de Bogart en esta película no es un detective privado, pero sí es, desde luego, un antihéroe. Algunas de sus afirmaciones nos recordarán a otras que podría haber dicho cualquier personaje del propio Edward G. Robinson diez años atrás, o a aquel James Cagney que gritaba “I’m on top of the world, ma!”. El cine negro de finales de los cuarenta pone muy bien en el foco de atención al hombre que ha vuelto de la guerra, que ha ido a dar su vida creyendo que era lo correcto, por el bien de su país y de su familia, y al volver se encuentra con que su país y su familia no son nada y le han olvidado. Una especie de miniatura de ese terrorífico post-Vietnam que nos ha dado obras tan dolorosas y bellas como Las cosas que llevaban (Tim O’Brien, 1990). Un hombre que ha ido a luchar una batalla por los demás, y a pesar de ganar, ha fracasado. Un hombre que ve cómo algo se ha roto en su país, pero no sabe muy bien qué es ni cómo arreglarlo. Un hombre decidido a no luchar ninguna pelea que no sea la suya propia.

El personaje de Edward G. Robinson, que en cierta manera se interpreta a sí mismo, no se queda lejos de esta noción, tampoco. Johnny Rocco, antiguo jefe del hampa, tuvo que exiliarse a Cuba tras el fin de los años de la Ley Seca. De vuelta en América, ya no es el todopoderoso, ni su mujer es la antigua starlet, aspirante a cantante sin futuro que entronca con aquella esposa del Charles Foster Kane de Citizen Kane (Orson Welles, 1941). El dueño de la ciudad se pasea ahora por un hotel, recluido, y su esposa es una borracha sin remedio que no duda en ponerse en ridículo por un trago de whiskey (en una de las escenas más deprimentes de la película). Como hemos visto en tantas ocasiones (la última quizá encarnada en el personaje de Prop Joe de la genial serie The Wire), Rocco ahora sólo quiere hacer negocios. Pero como casi siempre en el cine negro, it is what it is, y eso resulta ser imposible. El rostro impasible de Bogart se pregunta adónde fue la América de los treinta. El gángster triunfador de hace diez años se pregunta cuándo demonios volverá la Ley Seca. Y, fuera del Hotel Largo, pasa el tiempo. Y lo que pasa afuera nadie lo comprende, y tal vez a nadie le importe. Pero sigue ahí, fuera. Y no deja de llover y viene un huracán que destruye la seguridad del hogar.

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