apuntes, cine

Acerca del final de La ley del silencio (Kazan, 1954)

Esta escena, con la que cierra On the waterfront, me ha creado siempre una lucha interior. A pesar de ser un final bellísimo y optimista, como corresponde a cierto canon del cine clásico popular de Hollywood, hay algo en él que rechina desde el primer momento. La película es descrita habitualmente como una apología de la delación, probablemente porque la crítica no suele conseguir separar esta película del hecho de que su director, Elia Kazan, colaborara con la caza de brujas del macartismo alrededor de 1951. Sin embargo, en mi opinión, el personaje de Terry Malloy -brillante interpretación de Brando- no es un chivato, sino más bien un mesías. La película no trata de un tipo que delata a otros iguales, sino de alguien que se rebela contra una suerte de poder establecido que le anula. Y no lo hace solamente por él, sino también por todos los otros estibadores y trabajadores de los muelles, que son demasiado cobardes para luchar por sí mismos. En todo esto es mesiánico Terry Malloy, y también en la reacción que el propio salvador sufre de manos de los salvados; el chivato se ve condenado al ostracismo, a ser ignorado y despreciado por todos aquellos por los que se juega la vida. Un poco antes de la escena que se puede ver en el vídeo, el Pilato de esta película, interpretado por Lee J. Cobb, apalea a Brando y luego se dirige a la multitud, siempre silenciosa y atemorizada, y les grita “¿Lo queréis? ¡Pues ahí lo tenéis!”, unas palabras que recuerdan vivamente al ecce homo.

Sin embargo, es aquí donde La ley del silencio se separa de su más que evidente relación con el Evangelio. Como corresponde a un héroe que se sacrifica por los suyos y no recibe ayuda, el personaje de Brando debe morir en pos de la intensidad dramática y de cierta veracidad mítica en el relato. De hecho, así constaba en la primera versión del guión de Budd Schulberg. Sin embargo, fue Kazan quien, quizá ahora sí en un intento de redimirse a sí mismo, hizo cambiar el guión para que Terry Malloy saliera vivo, coleando y victorioso de su pelea contra el statu quo de los muelles. Y es este final feliz el que le quita el diez a la película. Ni siquiera llega a final feliz triste, como el de El Apartamento. Es un final feliz, sin más, y suena la música de Bernstein, y uno siente que esto no debería haber acabado así, que la vida de verdad normalmente acaba peor.

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