cine

Mi butaca: Le cercle rouge (Jean-Pierre Melville, 1970)

Hoy en día continúa el debate sobre si el cine negro puede o debe ser considerado un género. Las distintas corrientes de la teoría cinematográfica se han preguntado una y otra vez por los géneros y sus categorías. En sus Teorías del cine, Robert Stam expone:

Las taxonomías de los géneros en el cine han destacado por ser notoriamente imprecisas y heterotópicas (…). Si bien algunos géneros se basan en el contenido de la historia (el cine bélico), otros se toman prestados de la literatura (la comedia, el melodrama) o de otros medios (el musical). Algunos se basan en sus intérpretes (las películas de Astaire-Rogers) o el volumen del presupuesto (los blockbusters), mientras que otros se fundamentan en su estatus artístico (el cine de arte y ensayo), la identidad racial (el black cinema), los escenarios (el western) o la orientación sexual (el cine gay y lésbico). Algunos, como el documental o la sátira, deberían ser considerados “transgéneros”. El criterio temático es el más endeble para la agrupación genérica, porque no tiene en cuenta cómo se trata dicho tema.

Dicho esto, para ver si efectivamente podemos hablar del cine negro o cinéma noir como género, deberíamos acudir a la magistral obra El cine negro de Noël Simsolo para encontrar aquello que pudiera definir unívocamente a estas películas. Para Simsolo, bajo el cine negro se esconde un sustrato de nihilismo al que se mezclan visiones que tienen que ver más con la tragedia. El autor define así la imposibilidad definitiva de calificar una película de noir, quedando todo en un acuerdo de mínimos.

Escenarios generalmente urbanos (…) al servicio de la implacable descripción del calvario de individuos precipitados hacia una caída fatal (en el sentido del fatum griego) que los marca con secuelas irreversibles (…). Una película “negra” nunca se reconoce por una temática precisa, unos personajes recurrentes, el cuerpo ideológico del discurso o unos juegos iconográficos. Su identidad reside en la elección de una actitud de artista, es decir, en la forma de contemplar y de mostrar la materia que se va a filmar, abriendo a un tiempo el imaginario del espectador a climas oníricos, al realismo social o a consideraciones ideológicas.

En el noir, por tanto, habrá que considerar especialmente la figura del auteur. Y, siguiendo este criterio, tan negras son El halcón maltés de Huston como La senda tenebrosa de Delmer Daves o la trilogía de Jean-Pierre Melville de la que El círculo rojo forma parte, junto a El silencio de un hombre (1967) y Crónica negra (1972).

El título original de El silencio de un hombre (Le samourai) ya nos da una idea de por dónde van los tiros (nunca mejor dicho) del cine negro. Desde el principio de la película sentiremos latiendo en la película esos códigos y valores que asociamos automáticamente a la mafia o los Samurai: el honor, el silencio y el deber, sobre todo. Como Michael Mann decía por boca de Robert de Niro en su mejor película, Heat, todo lo que se puede hacer es ir hacia delante. No hay posibilidad de ir hacia atrás; es este determinismo otro de los pilares fundamentales del cinéma noir. Desde Quai des brumes (Marcel Carné, 1936) hasta Perdición (Billy Wilder, 1944), es este determinismo, asociado al destino trágico griego, el gran protagonista: los protagonistas son arrastrados a situaciones de las que no pueden seguir, y todo lo que pueden hacer es huir hacia delante en una carrera a contrarreloj hacia el desenlace fatal. Ya desde la cita de Rama Krishna con la que abre la película, ésta es también la estructura de El círculo rojo, cuya carrera sin embargo se toma su tiempo. La dirección de Melville es sobria y en ningún momento tiene prisa por resolver las situaciones. La magistral fotografía de Henri Decae impresiona al espectador sobre todo en las escenas a campo abierto, y es en los interiores donde Melville deja sentir su pulso maestro para el ritmo, especialmente en una portentosa escena en que los protagonistas (Alain Delon, Gian Maria Volonté e Yves Montand) atracan una joyería de noche.

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Magistral es también la música de la película, a cargo de Éric Demarsan, que va desde las notas de acompañamiento y temas de percusión hasta animados temas bebop. Las actuaciones están todas correctas, como poco; finalmente la crítica está recuperando a Alain Delon como buen actor, de la misma manera en que poco a poco se va reivindicando a Sidney Lumet como uno de los grandes maestros de la Historia del Cine. Todas las actuaciones son comedidas y sobrias, aunque destaca especialmente la de Yves Montand como envejecido y alcohólico policía corrupto que protagoniza una escena entre onírica y psicodélica que recuerda mucho a cierto cine de los años 60; las palabras que se dicen en un buen noir son solamente las imprescindibles, y esta película es sin duda una buena demostración de ello. Cada conversación que tienen los personajes, cada paso que da hasta el último secundario, parece dictado para llegar al ineludible final, que no por previsto deja de ser trágico y emocionante. La película se corta de repente y aparecen los créditos, y uno siente entonces que Melville le ha abofeteado en la cara: esto es el cine, una historia de la condición humana y de la fatalidad de la existencia, que empieza in media res y termina en el mismo sitio, según los términos kantianos. Continúe la marcha, aquí no hay nada que ver, aquí no ha pasado nada.

Nota: 8 / 10.

Enlace musical: ÉRIC DEMARSAN – MATTÉI ET SANTI [Spotify].

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