prosita

Alambradas

Mi participación semanal en La copa del meado. Creo que es mi relato más conseguido hasta ahora, aunque probablemente no sea yo el que debería decir esto. Lo dejo también en PDF porque es un poco largo. El texto completo, tras el salto.

ALAMBRADAS (PDF).

 

El pabellón para enfermos mentales de Santa Bárbara está separado unos cientos de metros del resto de los edificios del hospital. Lo rodea un muro de ladrillos gastados, y sobre él, medio metro de alambrada oxidada y naranja; algunos trozos del alambre han empezado a desprenderse de puro viejo, pero hace ya mucho tiempo que nadie intenta escapar de allí. Antes de llegar al edificio principal, los visitantes han de cruzar el campo de recreo: dos mohosas porterías, que llegaron allí cuando el colegio del que provenían iba a ser derruido, marcan los límites de un imaginario campo de fútbol, y unas decenas de metros cuadrados de malas hierbas y espigas componen el jardín. Durante las noches se puede oír correr a las ratas. En otro tiempo, los muros de ladrillo eran también de alambre, y durante las horas de recreo algunos pacientes contemplaban el otro lado con mirada distraída; luego llegaron los ladrillos, y durante algún tiempo más los más nostálgicos siguieron contemplando fijamente los muros día tras día. Después se redujeron las horas de recreo, y ya no había nada que mirar aparte de la hierba que crecía sin que nadie la cuidara. También los visitantes eran cada vez menos, y las excusas más; la falta de tiempo, el trabajo y los niños, la mala ubicación del sitio o la tristeza eran algunas de las más comunes. La mayoría de los enfermos tampoco se quejaron. Es la última mañana del año 2019 y, a juzgar por el aire, Alejandro se dice a sí mismo que va a empezar a nevar en algún momento.

Alejandro es el guarda del pabellón. Como la mayoría de las personas que trabajan allí, ocupa el mismo puesto desde hace más de veinte años. Es algo que comparten todas las personas que, de un modo u otro, habitan el lugar: en la sociedad de los más aptos, fuertes y decididos, la hipocresía moral les ha relegado a la condescendencia, y la condescendencia al olvido. Alejandro observa la entrada del hospital como una costumbre mecánica, pero su mente no está allí; hace mucho tiempo que lleva cada mañana al trabajo un paquete de seis cervezas, para hacer más llevaderas las mañanas. Los jardineros fueron los últimos hombres que pasearon por entre las hierbas, ya sin cuidar, y a veces las limpiadoras, como los enfermos, extravían la mirada y suspiran fuerte. Los celadores juegan a las cartas con los enfermos para tratar de robarles cigarrillos, y el doctor Avellán perdió hace tiempo su amor por la medicina, si alguna vez lo tuvo. Hace su ronda con la cabeza gacha, murmurando para sí mismo, haciendo las mismas anotaciones, día tras día, año tras año, mientras cruza los pasillos escuchando el chirrido de las tuberías viejas.

El viento sopla fuerte y agita las malas hierbas. Un viejo autobús de línea, el único que para cerca del pabellón, se detiene, y de él se baja una persona. Alejandro deja la lata de cerveza sobre la mesa, baja el volumen de la pequeña televisión que compró el mismo hace algunos años y rebusca en un cajón sus gafas para ver de lejos; al ponérselas, comprueba que quien se acerca hacia la entrada del pabellón es una mujer a la que conoce bien: es Sonia, la mujer de Larrieta. Él había llegado al hospital hacía unos diez años, y su mujer era casi la única persona de fuera del pabellón que visitaba el sitio habitualmente. Sonia pasaba de los cuarenta y por sus ojos siempre parecía que hubiera estado llorando unos minutos antes; por eso, solía llevar gafas de sol puestas todo el tiempo. Lleva un pequeño bolso y una bolsa de supermercado.

-¿Última visita del año, Sonia? –preguntó Alejandro mientras sonreía y hacía un desmañado saludo militar con la mano derecha-. ¿Qué lleva ahí?
Sonia sonríe, tímida, y resopla. El viento le ha despeinado el pelo, y de repente parece una colegiala despistada que ha llegado a ese sitio sin saber cómo. Alejandro sabe lo que lleva: botellas de vino o de whisky, según la ocasión; pero le pregunta de todas maneras, porque le gusta verla azorarse, tímida, como si llevara un tesoro secreto que nadie pudiera ver.
-Lo de siempre, Alejandro. Anda, ábreme, que hoy llevo prisa. Hablamos a la vuelta.

El vigilante pulsa un botón y la verja comienza a chirriar y crujir, como si un gran gigante metálico se desperezarse después de muchos siglos de reclusión inmóvil. El golpe seco de los tacones se mezcla con el sonido de las botellas tintineando al chocar mientras Sonia pasa de largo de la garita. Alejandro aún observa su cuerpo y su pelo y sus zapatos unos segundos más antes de que ella cruce la puerta del edificio. Luego sube de nuevo el volumen de la televisión y vuelve a su lata de cerveza.

Algunos distraídos ‘buenos días, señora Larrieta’ de los celadores reciben a Sonia mientras cruza los pasillos camino del despacho del doctor Avellán, a quien encuentra distraído, mirando fijamente al techo mientras fuma y hace círculos con el humo. Sobre la mesa, desperdigados, un montón de folios con notas y observaciones hechas durante los últimos cinco o seis años. Hace ya tiempo que el doctor dejó de preocuparse por sus pacientes. Rondaba la treintena cuando llegó al pabellón. Durante los primeros años hablaba con sus pacientes, y también les escuchaba; organizaba sesiones de terapia de grupo, e incluso les llevó de excursión un par de veces. Pero rara vez los pacientes mejoraron, y cuando pasaron unos años el doctor Avellán empezó a pensar que la mayoría de aquellos locos le parecían personas normales que, en algún momento de sus vidas, por alguna razón, se habían vuelto demasiado vagos o demasiado débiles para soportar la presión de la vida. Desde entonces, casi sin darse cuenta, había comenzado a despreciarles, y ahora su trabajo se reducía a mantener un control sobre las medicinas que se administraban a los pacientes. Pero él también piensa en secreto en lo fácil que sería dejarse ir, y a veces, cuando bebe demasiado y se queda dormido sobre la mesa de su despacho, es en sus sueños uno de sus pacientes, que mira distraído por la ventana mientras murmura. El doctor mira fijamente a Sonia durante unos segundos, como si no comprendiese lo que está pasando, y finalmente reacciona. Da una última calada al cigarro y, mientras lo apaga, invita a Sonia a tomar asiento con la otra mano. Intenta sonreír pero sólo le sale una mueca grotesca.

-Bienvenida, Sonia. No imaginaba que fuera a venir hoy por aquí. ¿Viene a ver a Iván?
-Sí, me gustaría estar un rato con mi marido antes de que acabe el año.
-Veamos. Son las… –repuso el doctor mientras arremangaba su chaleco para mirar la hora-. Hm, las doce menos cuarto. Probablemente estará en la sala común. La acompaño hasta allí, si quiere.
-No, quédese usted tranquilo, sé llegar sin problemas.
-¿Aviso para que les abran la habitación de siempre?
-Si no tiene inconveniente, por mí está bien.
-Avisaré ahora a un celador para que la tenga preparada. Supongo que tardará unos cinco o diez minutos. Si no le importa esperar un poco…
-No, no, no se preocupe –dice Sonia, sonriendo levemente por primera vez desde que entró en el despacho-. Muchas gracias, doctor; le agradezco el rato de tranquilidad, aunque sé que va en contra de las normas del hospital, y estoy seguro de que mi marido también se lo agradecería. ¿Pasa esta noche con su familia?
-Sí –miente el doctor, un poco sorprendido, como si hubiera olvidado la fecha que es y hubiera respondido de manera mecánica. Luego se alegra de haber mentido: es mejor mentir que tener que dar explicaciones.
-Feliz año nuevo para usted, en ese caso. Espero que nos veamos pronto de nuevo.
-Sí, para usted también –musita. Cuando Sonia se marcha, abre su paquete de tabaco y saca de él un cigarro. Antes de encenderlo, mira dentro de él. ‘Mierda, sólo tres más para el resto del día. ¿Dónde coño habré puesto el mechero?’.

El panorama en la sala común es el mismo que el de cualquier otra mañana. Una pieza de música clásica suena demasiado fuerte. La claridad entra por los amplios y sucios ventanales que dan a los muros de ladrillo. Cuatro pacientes juegan a las cartas. Sonia sólo recuerda el apellido de uno de ellos, Hernández, un tipo nervioso, menudo y calvo, que repite constantemente “no hay mus, no hay mus”, a pesar de que ni siquiera están jugando a ese juego. Sonia se pregunta cómo los demás han conseguido llegar a ignorarle. Como en algunas películas de cárceles que han visto, cuando juegan a las cartas apuestan cigarrillos. Incluso los enfermos que no fuman guardan algunas cajetillas para poder jugar. Una limpiadora les observa jugar apoyada en una fregona completamente seca y sucia que probablemente no ha sido usada en mucho tiempo. Un poco más allá, Maldonado, cubierto por una manta muy gastada, está sentado en una silla, mirando fijamente hacia ninguna parte, y de vez en cuando dice: “hace mucho frío, mucho frío”. Maldonado no es su apellido de verdad; los celadores comenzaron a llamarle así como una broma referente al hombre del tiempo, y desde entonces todos habían olvidado cuál era su nombre. Algunos de los hombres la miran al verla aparecer, pero pronto vuelven a sus cosas; otros ni siquiera desvían la vista. Iván está mirando por una ventana, de espaldas a Sonia, con la frente apoyada en el cristal, y de vez en cuando se balancea un poco, como si fuera un niño. Sonia se acerca a él por detrás y le coge de la mano izquierda. Iván, sorprendido, se da la vuelta, y la mira fijamente durante unos segundos, como si fuera la primera vez que viera una mujer en su vida. Ella sonríe y le da un beso en la frente mientras aprieta con fuerza su mano. Iván no dice ni una palabra. Hace muchos años ya que no dice ni una palabra.

La habitación a la que los acompaña el celador es la misma desde hace años. Solía ser el despecho del segundo doctor, pero algunos años atrás, cuando se redujeron gastos en el sistema sanitario del país, el doctor había salido una tarde del pabellón sin recoger sus cosas y no había vuelto al día siguiente. Sobre la mesa del despacho había una foto de un hombre sosteniendo un pez y un montón de papeles que nadie se había molestado en recoger. A Sonia le gustaba esta habitación porque, a diferencia del resto del pabellón, sus paredes estaban pintadas de un color amarillo muy leve; Sonia se preguntaba a veces si era el propio doctor el que había encargado que la pintaran así, y en ocasiones había intentado averiguar algo sobre él por las cosas que había dejado en el despacho, sin mucho éxito. Cuando entraron, el celador le pidió que le avisara cuando hubiera terminado y cerró la puerta tras de sí. Sonia dejó la bolsa del supermercado sobre la mesa y ayudó a Iván a sentarse. Ella también lo hizo y, tras rebuscar en su bolso, sacó un par de pequeños vasos, que apoyó fuertemente en la mesa mientras resoplaba. Luego abrió la bolsa y sacó de ella dos botellas de whisky.

-Mira, cariño –dijo mientras sonreía con mucha fuerza, como si fuera mentira-. He traído Jameson. Como sé que es el que más te gusta…
Iván no hizo ni dijo nada. Tenía apoyados los brazos sobre las piernas y la boca un poco entreabierta, y seguía mirando a su mujer como si fuera la primera vez que la hubiera visto en su vida. Había sido un escritor de poco éxito; poco más que algunos poemas decentes, y aun así hubiera sido difícil encontrar a alguien con más amor por los libros que Iván. A causa de esto sentía mucha rabia, y había empezado a sufrir constantes jaquecas, que incluso a veces le provocaban vómitos y tener que pasar días enteros en la cama. Muchas veces había hablado con su mujer acerca de su mediocridad como escritor. Le dolía profundamente que aquello para lo que se consideraba hecho, lo que en realidad creía que era lo único que sabía hacer en la vida, le diera la espalda. ‘Si existe Dios, darte vocación y no darte talento debe de ser una de sus mejores bromas, solía decir’. Un día se había quedado muchas horas en silencio, y luego había estado días enteros, sin salir de casa y apenas comer ni beber, escribiendo frenéticamente algo que luego guardó en secreto. Sonia le interrogó por aquello, pero Iván siempre se negó a responder. ‘Creo que me está pasando lo que a Nietzsche’, comentaba un día, riéndose. ‘Es una pena que yo no vaya a matar a nadie’. Tres días después, de repente, Iván se había quedado en silencio, y no había vuelto a hablar desde entonces.

Sonia llenó los vasos y apuró el suyo de un trago. Luego apuró también el de Iván. Volvió a llenarlos.
-Es una pena que en esta habitación no haya ventanas. Te gustaría más si tuviera ventanas, ¿verdad? Esta noche voy a estar sola otra vez. María y Paula llamaron para que las acompañara, pero con este frío me resisto a salir de casa. Ya es casi 2020, Iván. ¿Recuerdas cuando a veces nos imaginábamos cómo estaríamos cuando llegara este año? Tú decías que era imposible que llegáramos aquí juntos, que yo me volvería una vieja cascarrabias y te echaría de casa –volvió a sonreír, esta vez de manera sincera-. En algo tenías razón, cariño: no hemos conseguido llegar aquí juntos. Estamos aquí, pero yo no sé dónde estás. ¿Dónde estás, Iván?
Un poco temblorosa por el frío y la tristeza, Sonia abrió de nuevo la botella de whisky y volvió a apurar su vaso y el de su marido para entrar en calor. Se dijo a sí misma que la próxima vez que viniera tendría que preguntarle al doctor Avellán por qué no encendían la calefacción en el pabellón.
-¿Sabes qué, Iván? Encontré finalmente lo que escribiste justo antes de… ya sabes. Lo guardaste bien. Más de diez años buscando por toda la casa el condenado montón de folios. Lo he estado leyendo, ¿sabes? Me gusta mucho. Creo que es muy bueno. Tal vez la próxima vez que venga te lo traiga y te lea algo en voz alta. Igual sirve para…
Iván seguía con la mirada clavada en ninguna parte y la boca entreabierta. Sonia volvió a llenar los vasos y bebió de nuevo. Luego agarró con fuerza las manos de su marido y ambos estuvieron así, en silencio, durante algunos minutos. De repente, Sonia acercó sus labios a los de Iván y le besó. Todos los besos de Sonia eran iguales: largos, eternos. Ella lloraba un poco, quedamente, por un extraño temor a que alguien la oyera. Sin querer mordió el labio inferior de Iván. Se separó de él, asustada, y tras enjugarse los ojos vio que el labio comenzaba a sangrar. Recogió rápidamente los vasos, cerró la botella y la metió dentro de la bolsa, y salió rápidamente a avisar al celador.

Iván se quedó mirando por la ventana mientras Sonia recorría los pasillos en dirección a la salida. Las malditas tuberías nunca dejaban de chirriar. El eco de sus tacones devolvió a la realidad al doctor Avellán, que había vuelto a quedarse traspuesto. Decidió no salir a despedirse de ella. Mientras cruzaba el jardín, Sonia se cruzó con un par de ratas, que corrieron tímidamente a esconderse entre las malas hierbas. Llegó hasta la garita de Alejandro, que continuaba viendo la televisión con una lata de cerveza en la mano.

-¿Ya? –comentó con sorna el vigilante mientras abría la puerta de la garita. Sonia entró y dejó sobre la mesa la bolsa con las botellas. Luego buscó en el bolso los vasos y también los puso allí. Alejandro sacó la botella empezada de whisky, y guardó la otra en su cajón mientras le guiñaba el ojo a Sonia-. ¿Qué tal tu marido?
-Como siempre –sonrió ella-, pero no hablemos de eso. Llena los vasos, anda.
Alejandro llenó los vasos y ambos brindaron y bebieron.
-Por otro año como éste –dijo él, apurando el whisky. Luego se besaron, y Alejandro comenzó el ritual de desabrocharle el vestido-. Hoy déjate los zapatos puestos, que hay que celebrar –y de su boca salió un sonido extraño y desagradable, una mezcla entre risa y eructo, que desagradó profundamente a Sonia-.
Había comenzado a nevar.

Al llegar a la casa que había compartido con su marido durante años, Sonia se quitó los zapatos y, medio borracha, se dejó caer en el sofá. Sobre la mesa del salón estaban los folios con lo último que había escrito Iván antes de volverse loco. Volvió a leerlos. ‘Es bueno, es muy bueno’, pensaba. ‘El próximo día se lo voy a llevar y le leeré en voz alta’. Eructó a causa del alcohol, y de repente sintió asco de su propio aliento. Se metió en el cuarto de baño y empezó a lavarse los dientes frenéticamente. ‘Si algún día ese pabellón se queda vacío, seguro que será uno de esos lugares habitados por fantasmas’, pensaba.

FIN

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