prosita

Raquel

De entre todos los parroquianos, tal vez sólo Raquel sería capaz de llevar la cuenta de cuántas noches llevaba acudiendo a aquel lugar. Para el resto hubiera sido imposible: o llevaban demasiado tiempo, o estaban demasiado borrachos, o una mezcla de ambas. Hacía ya rato que había pasado la una de la mañana, hora en que Ignacio cerraba cada noche el bar Cerro. Dentro se quedaban con él cada noche las mismas personas. Bebían un rato más, charlaban o permanecían en silencio mirando sus vasos y sus zapatos sucios, y luego se marchaban a sus casas sabiendo que mañana sería otro día igual al anterior. Pero durante el rato en que estaban solos se sentían en paz, y podían beber y estar en silencio sin temor a que nadie les mirara raro o hablara de ellos a sus espaldas. Una noche, Justino, completamente borracho, le había cambiado el nombre por error al bar y lo había llamado ‘el Castillo’. A todos les pareció un error afortunado, y Antonio comentó que en cierto modo lo era, porque, al menos para él, ése era el único lugar en el que podía sentirse seguro. Así que desde entonces, cuando Ignacio echaba la cancela y volvía a ponerse detrás de la barra, comentaba cada noche “bienvenidos al castillo”, y todos reían, y él preguntaba si alguien quería que le pusiera otra.

Raquel era la última que se había incorporado al Castillo. Ni siquiera era cliente habitual antes de formar parte de aquel extraño grupo de personas. Sólo había llegado allí una tarde, había pedido una aguardiente, y luego otro, y se había quedado allí, en silencio, hasta que se hubo ido el último de los habituales. Al día siguiente volvió, e hizo lo mismo, y así cada día desde entonces. Rara vez hablaba, aunque parecía escuchar la mayoría de las conversaciones que mantenían el resto; a veces, sobre su mirada perdida y su silencio obstinado, aparecía una sonrisa sardónica, o torcía la boca como disgustada, pero poco más. Aquella noche fue la primera vez que la oyeron hablar. Antonio y Rafael se habían entretenido en intentar adivinar su edad un par de veces, y ambos estaban de acuerdo en que debía de haber superado los cuarenta y en que se conservaba bien para su edad, pero en poco más. A Rafael le disgustaba un poco el color de su tinte, entre caoba y cobrizo, ‘porque el color de tu pelo es el que te da Dios’, decía como enfadado. Algunas arrugas comenzaban a surcar el rostro de Raquel, y patas de gallo de haber reído mucho en otro tiempo.

La noche en que Raquel habló por primera vez era igual que cualquier otra. Ignacio había echado la cancela y apagado la televisión ‘porque en esa mierda nunca ponen nada’. Justino le había pedido que encendiera la radio, y le dijo una emisora en la que ponían una animada música de jazz. ‘A ver si con la música me olvido de este día de mierda’, comentaba Justino. Para él todos los días eran días de mierda. Llevaba más de treinta y cinco años siendo funcionario del Estado, y una vez dijo que bebía para intentar olvidar que dentro hay más imbéciles que fuera; nadie intentó comprender qué significaba aquello. Ernst se había puesto a bailar entre las mesas al ritmo de la música; era un tipo albino, de ascendencia húngara, y todos le llamaban Ernesto. Antonio y Rafael, apoyados en la barra, bebían lentamente de sus vasos. A veces intercambiaban un par de frases sueltas, o se enzarzaban en una pequeña discusión por un asunto sin importancia, y luego volvían a su silencio. Ignacio aprovechaba el tiempo para colocar algunas cosas de la cocina en su sitio y dejar puesto un lavavajillas que recogería mañana cuando abriera.

Ignacio observaba a Raquel beber su Martini rojo dando golpecitos en el cristal con las uñas, tamborileando a ratos en la mesa y con la mirada perdida. Su sola presencia, y también el hecho de que pidiera siempre aquel Martini, le parecía un hecho discordante entre aquel montón de hombres demasiado cansados. Era extraño ver sus tacones brillando sobre el serrín húmedo, oler su perfume camuflado bajo el olor del desinfectante.  Raquel dio un trago largo y apoyó el vaso vacío sobre la mesa. Miró la hora en su reloj, pequeño y de oro, y luego empezó a llorar. Al principio lo hacía muy bajito y se tapaba la cara, y casi nadie se dio cuenta. Luego empezó a respirar con dificultad y le dio un poco de hipo, y poco a poco todos comenzaron a mirarla. Raquel seguía con la mirada clavada dentro del vaso, donde ahora sólo había unos hielos a medio derretir y una rodaja de naranja. Rebuscó a tientas en su bolso durante unos segundos y sacó de ellos un paquete de tabaco y un mechero. Encendió un cigarro y comenzó a hablar.

‘¿Qué hubierais hecho vosotros?’, dijo entre sollozos. ‘Vosotros no estuvisteis con él la última noche. No le visteis encogerse en la cama como un niño pequeño muerto de frío, no le oísteis gemir de dolor toda la madrugada. Llevaba tanto tiempo sin dormir a causa del dolor que sus ojeras habían comenzado a ponerse negras, y la maldita morfina había dejado de hacerle efecto. No visteis su estómago inflado como el de uno de esos niños que se mueren de hambre en los telediarios’. Raquel dio una larga calada a su cigarro y le pidió a Ignacio otro Martini. Estuvo en silencio hasta que se lo trajo. Rafael y Antonio se preguntaban en voz baja de qué demonios estaba hablando aquella mujer, y le pidieron a Ignacio que apagara la radio. El resto de parroquianos había tomado su asiento habitual y guardaba un respetuoso silencio, aunque ninguno de ellos entendía nada de aquello. ‘Lo hice porque le quería. ¿Qué saben ustedes del dolor si no han visto morir a la persona que más quieren en el mundo? A la mañana siguiente vino el médico y me dijo que si yo quería en una hora se había acabado todo. Tenía todo el cuerpo empapado en sudor, y apenas podía articular palabra, y su piel se había vuelto amarilla. ¿Qué iba a hacer yo? Unos dicen que su moral se lo impide, que no es la decisión que ellos deben tomar. Yo lo hice por él, porque sé que él hubiese hecho lo mismo por mí. Porque de eso se trata el querer. Porque no podía verle sufrir más. ¿Qué hubieran hecho ustedes? Qué carajo importa eso.’

Raquel apagó el cigarro a medio fumar y dejó el vaso casi lleno sobre la mesa. Se dirigió a la barra y dejó sobre ella un billete de veinte. No se despidió de nadie, como cada noche, y nunca más volvió. Rafael salió tras ella. Yo sonreí desde detrás de mi cubata: un bonito movimiento para el tipo que se había dedicado a meterse con el color de su pelo. Ninguno de los demás habitantes del Castillo hicimos ni dijimos nada; cada uno pensó en ello a su manera, y yo decidí que lo mejor era dejarlo pasar, que mañana habría otra noche igual que ésta, y que nada importaba. Raquel no volvió más después de aquella noche en que habló. Me pregunto si alguien llegó a entenderla. Rafael sí que volvió a la noche siguiente, pero no dijo nada, y nadie le preguntó tampoco. Se unió a Ignacio en su queja de que en la tele nunca ponían nada, y eso fue todo.

FIN

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