prosita

Una confusión

(Mi aportación semanal a la copa del meado)

El día que Fiódor Semiónovich llegó, el pueblo de D. parecía estrangulado por una pesada niebla que quisiera irrumpir en las casas con violencia, como un torrente de agua en una riada. Sin embargo, este extraño hecho no le sorprendió en nada; muchas mañanas eran así en el invierno de Rusia.

Había amanecido un par de horas atrás. Fiódor Semiónovich se había despertado calado por la humedad. Se manchó de agua las manos al intentar atusarse la barba. No había rastro del sol en el cielo, y en la lejanía se oyó a un lobo aullar un par de veces. Fiódor Semiónovich se sentó sobre un tronco mojado, alcanzó su viejo zurrón, que le había acompañado desde que abandonara su hogar no sabía cuánto tiempo atrás. Sacó de él una pieza de pan; era casi todo corteza, dura y correosa, que había comprado en K., el último pueblo que había visitado. Arrancó con esfuerzo un trozo e intentó comerlo, pero a los pocos segundos desistió. Escupió el pedazo de pan a medio masticar y lo arrojó a la hoguera que había encendido la noche anterior antes de ir a dormir; luego arrojó también el resto del pan. Se levantó, estiró las piernas y apagó el fuego, que para entonces era poco más que algunas ascuas húmedas.

Fiódor Semiónovich había divisado algunas luces del pueblo de D. la noche anterior. Su propósito inicial había sido llegar antes de la anochecida, pero había oscurecido demasiado pronto; además, había decidido no gastar en alojamiento el poco dinero que le quedaba de haber vendido madera en K. Quería visitar aquel pueblo por la mañana temprano, y tal vez encontrar algunas sobras o un trabajo de algunos días para poder guardar algunos kópecs en el bolsillo de sus pantalones. Había sido leñador toda la vida. Era el oficio de su padre también, y durante mucho tiempo Fiódor Semiónovich pensó que el de leñador debía de ser el único oficio del mundo. Su familia y él vivían en una vieja cabaña, poco más que algunas vigas, troncos y tablas superpuestas, que había construido su padre mucho antes de que él naciera. Cuando su madre, Sonia Koskin, no cocinaba o hacía otras tareas del hogar, apoyaba su ancha frente en la ventana y su mirada se perdía entre los árboles, como si intentara ver más allá de aquella densa arboleda que rodeaba por todas partes aquella chirriante cabaña, perdida en algún lugar de los Urales. Entonces hablaba poco y sus palabras eran tristes, y a veces se olvidaba de todo y traía la sopa fría a la mesa. El padre rezongaba entonces, visiblemente molesto. ‘No te olvides’, decía con su voz áspera mientras la miraba fijamente. Entonces ella suspiraba y se marchaba. Muchas veces Fiódor Semiónovich le preguntó a sus padres si había algo más allá de los árboles, pero nunca obtuvo más respuesta que el obstinado silencio de su padre y los suspiros de su madre. El día que Fiódor Semiónovich comprendió por fin el motivo de la tristeza infinita de Sonia Koskin tenía poco más de dieciséis años. Había terminado de sorber su sopa fría hacía algunos minutos; no había dicho una palabra durante la comida. Fue a su alcoba y se vistió despacio, con parsimonia, como lo hace un soldado la mañana antes de marchar a una batalla donde sabe que encontrará la muerte segura. Se peinó y afeitó con cuidado su incipiente barba morena. Luego cogió un zurrón de tela que había hecho junto a su padre años atrás, y el hacha que éste le había regalado al cumplir los catorce años para comenzar a enseñarle el oficio de leñador. Dio un beso en la frente a su madre e intentó estrechar la mano de su padre, que se levantó de la mesa y le dio la espalda al oírle decir que se marchaba porque quería saber lo que había más allá de los árboles. Mientras Fiódor Semiónovich cerraba la puerta de la cabaña tras de sí, su madre suspiraba con la frente apoyada en la ventana y le observaba marcharse.

Nadie sabía cuántos años habían pasado desde entonces, y es probable que Fiódor Semiónovich no hubiera podido regresar a su hogar aunque lo hubiese deseado. En su poblada y descuidada barba habían comenzado a aparecer las primeras canas algunos meses atrás. Llevaba ya muchos años intentando llegar al lugar en el que no hubiera árboles; había terminado por odiarlos profundamente, a pesar de que jamás había podido aprender otro oficio que el de leñador. Vagaba por los Urales, casi siempre solo, con el mismo zurrón y el hacha que el día que había comenzado su viaje. Cuando encontraba algún pueblo o casa cerca de donde se encontraba talaba algunos troncos y los llevaba como presente o como moneda de cambio para poder alojarse o pedir algunas sobras de comida con las que reponer fuerzas antes de continuar. Rara vez se quedaba más de dos días en el mismo lugar. Seguía ardiendo en él el deseo de llegar al otro lado, a pesar de no saber qué sería eso, de no saber siquiera si existía. Era algo que sólo había oído a veces en algunos cuentos, de noche, junto a otros fuegos que ya se apagaron hace mucho. Sólo a veces había trabajado para alguien durante algunas semanas talando por un jornal modesto. La ocasión en que más tiempo permaneció en un lugar fue en casa de una mujer a la que llamaba cariñosamente Fediushka; el nombre de verdad lo había olvidado hace mucho.

Cuando acostumbró la vista a la niebla y comenzó a caminar por el pueblo de D., la única cosa que extrañó a Fiódor Semiónovich fue no encontrar a nadie. No vio a nadie paseando, o yendo a trabajar, o entrando o saliendo de una taberna. Pasó por delante del taller de un ebanista, que a pesar de estar abierto, estaba vacío. Fiódor Semiónovich entró y echó un vistazo en derredor. ‘El ebanista ha de ser un hombre hábil’, pensó mientras observaba con asombro las figuras talladas que se esparcían por todo el taller. Le parecía extraño que de los troncos tocos y odiosos, de aquellos árboles que despreciaba, pudieran aparecer milagrosamente aquellas magníficas figuras con forma de hombre, de oso, de lobo. Gritó un par de veces, pero sólo encontró un silencio hueco por respuesta. Aún anduvo algunas calles más sin encontrarse con nadie; llamaba a la puerta de algunas casas de manera aleatoria, pero nadie respondía. Cruzó otra taberna, también vacía. Finalmente llegó a lo que parecía ser la avenida principal del pueblo. Fiódor Semiónovich comenzaba a estar entre nervioso e impaciente cuando de repente se cruzó con lo que le pareció una mujer vieja. Un gran pañuelo negro cubría su cabeza, de forma que apenas se le veían los ojos, y nada más. La mujer apenas cruzó la mirada un segundo con Fiódor Semiónovich, pero éste notó en ella un terror indescriptible, como si toda el alma de aquella mujer se hubiera encogido de repente ante su presencia. Luego, la mujer echó a correr sin decir una palabra. Fiódor Semiónovich la observó marcharse calle arriba, completamente inmóvil por la sorpresa; la vio entrar en una casa grande situada al final de la calle. El leñador dedujo por el tamaño de la casa que debía de ser el hogar del alcalde del pueblo o de algún oficial de alto rango. Se dirigió hacia allí, tras la mujer, movido por la curiosidad.

Lo primero que reconoció Fiódor Semiónovich al entrar en la casa fueron algunas figuras muy similares a las que había visto en el taller del ebanista; un corpulento oso, erguido sobre las dos patas traseras, daba la bienvenida a residentes, invitados y desconocidos con su postura amenazante. A su lado, un joven soldado zarista de madera empuñaba con gracia su fusil. Fiódor Semiónovich cruzó el pasillo vacío de la entrada en busca de la mujer que había huido, asustada de su presencia. Pronto comenzó a oír un murmullo apagado, y se dirigió al lugar de donde provenía. Cruzó un amplio salón, decorado con buen gusto; tenía unos grandes ventanales por donde entraba la poca claridad que ofrecía la mañana. Atravesó también un pasillo flanqueado por algunas puertas, todas iguales, que el leñador supuso que darían a alcobas para invitados. Finalmente llegó al lugar de donde provenía el murmullo. Finalmente Fiódor Semiónovich comprendió qué había pasado con toda la gente del pueblo de D.: se habían reunido todos allí, en una habitación no demasiado grande, y todos hablaban en tono quedo o simplemente agachaban la cabeza y guardaban silencio, reunidos alrededor de una cama donde yacía una joven. ‘Podría haber sido hermosa’, se dijo Fiódor Pavlóvich, ‘a pesar de que es probable que aún no haya cumplido la veintena’. Su cara estaba macilenta, y su piel demasiado pálida. Algunos mechones de la cobriza y desaliñada melena le caían sobre la cara. Su boca estaba ligeramente contraída, y respiraba con dificultad, como si tuviera que emplear toda su fuerza y voluntad para poder exhalar cada vez.

Esto es lo que vio Fiódor Semiónovich antes de volver a levantar la mirada y contemplar a los hombres de aquel pueblo. Todos ellos habían quedado de repente en silencio y miraban fijamente al leñador, con su hacha en la mano derecha y el zurrón colgado al hombro. El hombre pudo ver claramente en algunos de aquellos ojos el mismo terror que en la vieja que había encontrado antes, que miraba indistintamente a un lado y a otro, sorprendida de darse cuenta de que no era la única persona que lo veía. Pasaron así unos segundos que a Fiódor Semiónovich le parecieron interminables. Luego un hombre de mediana edad, afeitado y vestido elegantemente, con las patillas perfectamente rasuradas, rompió el silencio y caminó pesadamente hacia él. A pesar de su porte robusto, de sus anchas espaldas, del reflejo sereno que se veía en el fondo de sus ojos, no pudo dirigirle a Fiódor Semiónovich más que un débil hilo de voz. ‘¿Ha venido a por Olga?’, fue todo lo que acertó a decir. El leñador no supo qué contestar. No lograba comprender. Sólo miraba de forma alternativa al hombre, a las otras personas congregadas a la habitación, a la joven que supuso que debía de ser Olga. Ni una sola palabra salió de su boca. Sólo se quedó allí, inmóvil. Al ver que no reaccionaba, el hombre maduro se dirigió a él de nuevo. ‘Puede llevársela’, dijo de nuevo con el mismo hilo de voz. ‘Todos hemos rezado mucho por ella’, y un deje de orgullo se dejó notar en su voz apagada. ‘Ha sufrido ya demasiado, y tal vez es hora de que intente ser feliz en otro lugar. Por favor, llévesela. No puedo soportar seguir viendo cómo espera usted para arrancarme a mi única hija de los brazos. ¡Mi querida Olga! Los designios son extraños y oscuros para todos nosotros. ¿Oye cómo trata de respirar? ¿Lo oye?’.

Fiódor Semiónovich comprendió de repente. Aquellos supersticiosos debían de haberle confundido con algún tipo de representación material de la muerte que había venido a arrancar a Olga de sus brazos. El leñador tardó aún algunos minutos en reaccionar. Tiempo después logró recordar que se rascó la barba, que había dejado de distinguir con claridad las caras de aquella gente. Sólo contemplaba fijamente a Olga, su palidez, los huesos que se marcaban violentamente en sus costillas por debajo del finísimo vestido, la dificultad con que lograba apenas respirar, como si luchara con el mismo demonio por cada bocanada de aire. Luego recordó los árboles; los grandes sauces de raíces huecas, los pinos hirsutos que rodeaban la casa de sus padres, el crujido seco y horrible del último hachazo antes de que el árbol se deje caer sobre la tierra, pesado, vencido. También recordó que su padre le dijo una vez que si hubiera tenido una hija la habría llamado Olga.

Fiódor Semiónovich clavó con fuerza su hacha en el pecho de la joven sin haber articulado aún palabra. El tacto de la carne era tan distinto al de la corteza de los árboles que el leñador sintió como si estuviera empuñando de nuevo su hacha por primera vez. La notó más ligera, como si quisiera desprenderse de sus manos, como si hubiera estado esperando aquel pecho medio muerto desde que fuera forjada. Olga ni siquiera tuvo tiempo de gemir, de gritar o de quejarse; parecía como si todas aquellas bocanadas de aire, que con tanta dificultad había tomado, pujaran por salir con violencia fuera del pecho, empujando y arrastrando con ellas tercos chorreones de sangre que manchaban sin preguntar su vestido y las sábanas. Nadie dijo nada aún durante algún tiempo. Luego, Fiódor Semiónovich se dirigió hacia el padre de la joven, que miraba la cara muerta de su hija con los ojos a punto de salirse de las órbitas, y le pidió por favor algo para limpiar el hacha, un pedazo de pan y una pala para enterrar el cuerpo. ‘Al fin tendré la oportunidad de aprender un nuevo oficio’, se dijo el leñador mientras oía, como en la distancia, el murmullo lastimero de los habitantes del pueblo de D. y veía al padre de Olga marcharse caminando a buscar lo que había pedido, como si fuera un niño que hubiera aprendido a andar cinco minutos antes.

FIN

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