prosita

Un camino de tierra

(Mi aportación semanal para La copa del meado)

Mi padre ha muerto. Es una frase que me he repetido muchas veces a lo largo de los últimos meses, pero nunca deja de sonar raro. Cada vez recuerdo menos de él; sólo el tono de voz que usaba cuando me gritaba, cierta forma de andar encorvando un poco las piernas, y el color amarillo de su piel al morir, y la rigidez en sus labios; como si fuera a estar enfadado eternamente. Luego le cubrieron con una sábana fría, áspera al tacto, y se lo llevaron, y eso es todo lo que he aprendido de la eternidad. Pero mi padre ha muerto, y hasta hoy no he podido abrir el sobre con las escrituras de la casa que me dejó en herencia.

Muchas veces he oído hablar de esta casa. Es uno de esos lugares que nunca dejas de imaginar mágicos, porque llevas oyendo hablar de ellos desde que eres un niño, y cuando eres un niño todas las cosas son gigantes y mágicas y siempre nuevas. Pero siempre guardó el secreto sobre el lugar en el que estaba; ni siquiera mi madre lo sabía. Durante mucho tiempo creí que era mentira, que la casa no existía, que era uno de esos mitos que se usaban antaño para enseñar cosas. Pero rara vez los mitos son tristes, y en la casa de mi padre la gente moría y a las mujeres no se les veía el pelo porque llevaban pañuelos negros anudados a la cabeza y una vez un niño murió cargando agua desde el pozo hasta la casa.

Mi padre me ha dejado un sobre con mi nombre escrito a pluma en él, y dentro estaban las escrituras y una breve nota que sólo dice: “que sea tuya”. La escritura de la nota es más antigua, pero la del sobre es de poco antes de morir. Lo sé porque el trazo es borroso y desviado y unas letras son más grandes que otras; en los últimos días, el dolor impidió escribir correctamente a mi padre. He guardado todas sus agendas en una caja, y a veces he mirado la evolución de su caligrafía. El viaje hasta aquí ha sido tranquilo. No he dicho nada a nadie; hacía niebla esta mañana y he decidido salir a dar un paseo. En el bolsillo de la chaqueta he encontrado el sobre; no recordaba que estuviera ahí. Lo he abierto y he vuelto a casa, he recogido las llaves del coche y he conducido hasta aquí. He parado por el camino a comprar un par de botellas de vino.

En la casa huele a naftalina, y a cada paso que doy una pequeña nube de polvo se acumula alrededor de mis zapatos. Ni siquiera sé cuánto tiempo ha estado deshabitada. Es posible que mi padre viniera aquí alguna vez, pero si lo hizo, yo nunca lo supe. Está a unos veinte kilómetros del pueblo donde pasó sus primeros años, antes de venir a la ciudad. Uno de esos pueblos de casas de cal, de suelo de adoquines, de eternas tardes de verano y visitas de luto de señoras que hacen calceta todo el tiempo. Me ha costado dar con el camino hasta llegar aquí. Me he encontrado a veces algunos desvíos similares mientras conducía, y siempre me preguntaba adónde irían esos caminos. Ahora sé que van a muchas casas en ruinas de muchos hombres que ya han muerto.

La casa de mi padre tiene tierra para la siembra. Unos cuantos miles de metros cuadrados, según las escrituras. La tierra está muerta. He cruzado algunos maizales, que incluso muertos dan algunos brillantes reflejos de color marrón. Las hojas secas se han extendido sobre la tierra; es como si estuvieran agotadas y derrotadas desde siempre. También hay frutas y verduras podridas, y enfrente del porche de la casa hay una dama de noche, seca y negra. He visto también por el camino una vieja cosechadora; me pregunto si alguien podría hacer que volviera a funcionar. Una densa capa de polvo y oxido la cubría por completo, y vista desde lejos parecía que hubiera estado allí siempre, como si hubiera emergido una mañana de la tierra. No sé por qué mi padre me ha dejado sólo a mí esta casa. Recuerdo que una vez me dijo que yo no servía más que para estar solo. Es probable que no se equivocara.

Nadie sabe que estoy aquí. Ni siquiera he traído mi teléfono. Sólo hemos venido mi viejo coche, estas dos botellas de vino, y yo. He dado un paseo rápido por la casa. Me gustaría poder dejar aquí anotado que sé qué y cuánto trabajo necesita, pero no tengo ni idea, y a pesar de ello me inquieta la idea de hacer a alguien venir a la casa de mi padre. Ahora es mi casa. Tal vez no lo sea nunca. En el viejo porche de madera de la casa hay una mecedora desvencijada a la que he quitado algo de polvo con la mano para poder sentarme. Tengo miedo de moverme demasiado, por si se rompe. Al sentarme he notado el crujir y el crepitar de la madera por dentro, como si se hubiera olvidado de su lugar en el mundo, como si recordara de repente y le doliera, como yo. He abierto una botella de vino y le doy un largo trago. Saco del bolsillo cuidadosamente el paquete de tabaco y enciendo uno. Hace un día terriblemente soleado, y me tengo que cubrir los ojos con la mano para volver a mirar el campo que se extiende ante mí, la podredumbre, la tierra seca, el pesado crujir de la madera, la vieja cosechadora allá en el fondo.

Me da miedo el silencio de este lugar. No se parece al silencio de la ciudad. Es un silencio ingrávido, que oprime, que te abraza y se enrosca alrededor como el calor de algunas tardes del verano. Lo dejo aquí anotado porque es probable que algún día olvide también el primer miedo que me produjo este silencio. Me he encontrado pensando de repente en qué debería hacer con esta tierra baldía, en qué tipos de árboles crecerán aquí, en el olor que tendrá esta dama de noche en un verano futuro, en cómo acallar el crujir de estas vigas cansadas. Ni siquiera sé qué tipo de flores se tiene por costumbre plantar para los muertos.

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2 thoughts on “Un camino de tierra

  1. Mu guapo.

    (No digas que a las mujeres no se les veía el pelo, que es una frase hecha que significa que desaparecían o se escaqueaban. Di “el cabello”, o “no sabías de qué color tenían el pelo porque…” Vamos, digo yo. Cosas mías, quizá).

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