metabloguismo, prosita

El último café

Con este tema inauguramos el único proyecto literario para obligarnos a escribir. Se llama La copa del meado y en él estamos Luisfer, Pablo, Trisco y un servidor. Pasaos por ahí si os apetece, habrá textos semanales. Os dejo aquí la primera aportación mía al proyecto, un relato cortito.

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El texto completo, debajo.

EL ÚLTIMO CAFÉ

No sé qué hora es, aunque probablemente habrá amanecido hace un rato. Aquí no te dejan llevar reloj. Solía molestarme mucho al principio, pero ahora ya no lo hace; qué más da la hora que sea en un sitio en el que cada día es igual que el siguiente. Aquí toda la esperanza que uno tiene es que el día que empieza sea el último. El mío lo es. Diría que ha empezado a llover fuera, pero el sonido de todo llega aquí muy amortiguado.

He pedido un café. Quiero decir que la última cosa que voy a tomar antes de largarme de este sitio es un jodido café. No una comida de reyes, ni tampoco caviar y champán como algunos idiotas. Si has sido un miserable todos los días de tu vida, ¿qué sentido tienen el caviar y el champán el último día de todos? El café de este lugar es una basura, y a pesar de ello uno acaba acostumbrándose al sabor. Tras tantos años, apenas puedo recordar otro café que este mejunje aguado, que tiene el color de un vino demasiado viejo. El alguacil siempre lo trae a la misma hora –supongo-, y lo llama cariñosamente: “cafelito”. Pero no hay nada amable ni bueno en ese café. Es como todas las otras cosas de este sitio: sucio y débil. Pero he pedido un café de verdad para esta mañana. Hace ya tantos años.

Sentado en la cama con las manos sobre las rodillas, observo por última vez estas paredes, los golpes, las manchas de humedad, el poster de una conocida actriz que una vez me regaló un alguacil. Un tipo al que le gustaban mucho las películas, como a mí. Al principio yo había hablado mucho con los alguaciles. Luego empecé a notar a veces en las miradas, en las palabras, cierta superioridad moral que da el estar del otro lado de los barrotes. Yo solía pensar que no había tanta diferencia entre ellos y yo. Así que dejé de hablar con ellos. Pero a veces tenía suerte y me encontraba tipos como el de las películas, y entonces hablábamos de vez en cuando, por las mañanas, cuando traían el café. Si no fuera por eso, habría olvidado más cosas de las que ya he hecho.

Por fin traen el café. Es una especie de capuccino, muy suave, con espuma de leche y canela espolvoreada por encima. He estado tentado de preguntarle la hora al tipo que lo trae, que no es el de las películas. Tal vez sea la única persona a la que voy a echar de menos. Al resto he tenido tiempo de sobra para olvidarlos. Lo ha dejado ahí, encima de la mesa. Estoy sólo mirándolo. Mirando el humo condensarse y escaparse hacia arriba, lentamente, dibujando círculos y espirales. Baila y se recrea en sí mismo y luego se marcha. Hace frío. Sostengo la taza de café y me caliento las manos. Un par de tipos han venido a mirarme.  Cojo mi taza, me vuelvo a sentar en la cama y les doy la espalda. Murmuran tras de mí, pero no me importa. Yo estoy mirando fijamente el color tostado de mi café, sosteniéndolo entre mis manos, quemándome un poco. De repente oigo una voz a mis espaldas. Es el tipo de las películas. Ni siquiera estoy seguro de alegrarme de verle en estos momentos. Nos saludamos y hablamos un poco. Él me suele hacer de periódico. En realidad podría leer los periódicos yo mismo, pero la actualidad no me interesa en absoluto. Le hago que me cuente las noticias sólo porque me divierte mucho la forma en que existe el mundo en su cabeza. Parece un lugar completamente diferente.

Cuando se marcha se van también los dos tipos que vinieron a mirarme. No sé quiénes son. Es probable que sean nuevos y que vean este circo por primera vez. Tal vez les resulte divertido. A mí me es totalmente indiferente. Vuelvo a mi café. Mierda, se ha enfriado un poco. Le doy el primer sorbo y lo dejo reposar un poco en la boca antes de tragar. A veces me gustaría tener una ventana aquí. Que se moviera el aire, que pudiera ver la lluvia, que viniera a posarse un pájaro de vez en cuando, como en aquella película.

He pedido este café, preparado así, a causa de una mujer. Es probable que haya hecho las mayores estupideces de mi vida a causa de una mujer. Es probable que yo no sea el único hombre al que le pase esto. Tomé un café como este el último día antes de entrar aquí, con una mujer preciosa que jamás me dijo su nombre. Era rubia y no demasiado alta y se quejaba constantemente de lo mal que la habían dejado tras su último corte de pelo, aunque a mí me parecía que tenía un pelo precioso. Yo tomaba mi café solo. La vi entrar y cerrar un minúsculo paraguas negro. Afuera llovía mucho y traía el pelo mojado. Yo era el único tipo en aquel lugar, así que ella se acercó y me preguntó si podría invitarla a un café para entrar en calor o probablemente moriría allí mismo. Recuerdo que llevaba unos zapatos de tacón negros y manicura francesa, que sonreía todo el rato y a veces se asfixiaba un poco cuando le daba un ataque de risa. En uno de ésos le hice una foto. Sale con la cabeza medio agachada y se tapa un poco la boca con la mano. Creo que le daba vergüenza. La foto me la quitaron al poco tiempo de llegar aquí. Luego el tipo de las películas me regaló el poster.

Sigo pensando en ella cuando vienen a buscarme. Es un tipo al que no he visto nunca. Imagino que es para evitar que se monten escenitas o que alguien diga más de lo que debe. Si es así, funciona: no tengo ganas de hablar con él. Sólo le saludo y le digo que me de un segundo para terminarme el café. Él se queda allí parado, no hace ni dice nada. Doy el último sorbo y observo los posos. Pienso en esas adivinas que dicen que leen los posos del café y me río solo: en los míos de hoy seguro que no hay demasiado que leer acerca de mi futuro. Hacía tiempo que no salía de la celda. El tipo que ha venido a buscarme camina a mi lado mientras cruzamos el interminable pasillo que da al patio. Nadie dice nada: no hay nada que decir. No hace falta saludar, ni despedirse. El único ruido que oigo mientras cruzamos es el del tipo de las películas, que entra en mi celda rápidamente y sale con mi poster bajo el brazo. Cuando llegamos al patio hay otros tres hombres esperándonos, y mientras lo cruzo recuerdo otra película cuyo nombre he olvidado. Tampoco importa. Dentro de unos minutos seré hombre muerto, o más bien matado. Al menos el café estaba bueno. Me ha calentado el cuerpo y hace más soportable el frío.

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