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Gigantes y cabezudos

Decían de nosotros que éramos peligrosos. Que no podíamos traer nada bueno, que hablábamos raro, que parecíamos del pasado. Lo oíamos cuando pasábamos, montados en nuestros caballos, por delante de sus casas y de sus tiendas. Lo decían en sus radios, en sus televisiones, en aquellos aparatos que les mantenían con la boca abierta cada día, como si se hubieran vuelto idiotas. Nosotros intentábamos no molestarles. Sólo había dos o tres sitios en la ciudad a los que podíamos ir sin que nos miraran mal, nos gritaran o nos escupieran. Creo que nuestro tamaño y nuestras cabezas les daban miedo. Pero nunca respondían cuando preguntábamos. Sólo gritaban. Íbamos lo menos posible. Criábamos nuestros animales, cultivábamos nuestras tierras. Rezábamos a nuestro Dios, cuidábamos de nuestras enfermedades, y ni siquiera hablábamos su idioma; sólo tres o cuatro de los nuestros lo aprendían por necesidad. Pero nos tenían miedo, e inventaban nombres para nosotros, y una vez oí decir a un niño pequeño que un día jugarían con nuestras cabezas como si fueran balones de Nivea. Ninguno de nosotros sabía qué era eso.

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