prosita

B.

(Recomendado DESCARGAR EN PDF, que leerlo aquí debe de ser un coñazo).

Casi ni la vi llegar. Eran las seis y cuarto de la tarde, creo. B. llegaba tarde, y yo contaba con ello, y llevaba un rato mirando unos papeles de publicidad con la tinta lavada por la lluvia pegados en la puerta herrumbrosa donde había un cartel que decía “alta tensión”. Estaba especialmente interesado en un curso sobre el tantra, que yo no lograba diferenciar del mantra o del karma. Además, llevaba puestas unas viejas gafas de sol que me dejó mi padre en herencia y que nunca había llevado a graduar. Así que miraba disimuladamente a todo el que se acercaba a mí en aquella calle y por eliminación conseguí verla llegar cuando ya venía a unos diez metros de donde yo estaba.
Era un momento difícil para mí. B. era la antigua novia de un viejo amigo, y a mí siempre me habían gustado las chicas rubias y bonitas que están con los demás. Después de mucho tiempo sin mantener contacto, habíamos hablado un par de días antes y me había propuesto que nos viéramos. Había demostrado interés en verme. Tenía que haber trampa por alguna parte.

Estaba francamente bonita, cosa que sólo descubrí cuando se abalanzó un poco sobre mí para darme los dos besos de rigor. Seguía con su mismo pelo rubio de siempre, y dos pequeños mechones le caían a ambos lados de la cabeza a la manera de algunos personajes que había visto antes en televisión. Tenía la misma mirada de niña que se divierte siendo traviesa que yo recordaba de muchos meses antes, y un culo francamente interesante.
Entramos en un bar que estaba justo al lado de donde habíamos quedado y empezamos a beber. Pedí un par de cervezas y nos sentamos al lado de una cristalera bastante grande, que me permitía mirar disimuladamente a las chicas que pasaban desde detrás de las gafas de sol sin que quedara especialmente mal. Al principio todo iba bien, hablábamos de cosas sin importancia, como cine y pintura, y yo podía dominar la situación. La tercera cerveza, sin embargo, se la había subido a B. a la cabeza y llegó el inevitable momento en que comenzó a hablar de su antiguo novio -mi amigo- y otros asuntos personales. Empecé a pasarlo mal, a hacer gestos raros con la boca cuando no sabía cómo decir algo, y a tener el miedo de cagarla diciendo algo que no debía sin estar borracho, y por tanto, sin excusa. Traté de reconducir sin mucho éxito la conversación durante un rato hasta que ella lo había dicho todo del tema -o eso pensaba yo- y, cuando acabamos la quinta cerveza, nos largamos de aquel sitio que se había llenado de gente que venía a ver el fútbol. Suerte que las gafas de sol me impedían ver la pantalla donde ponían el fútbol, porque entonces hubiera dejado de prestar atención mucho rato antes.

Tomé entonces la mala decisión de la noche. Ella había quedado con unos amigos suyos y yo estaba decidido a irme a mi casa y seguir emborrachándome allí solo, pero B. se empeñó en que yo fuera con ella con la insistencia felina del niño que desea mucho cualquier cosa. Le dije que la acompañaría con tal de que se callase, y pareció quedarse satisfecha. Aquello estaba empezando a joderse y yo lo sabía, pero no había nada que pudiera hacer.
De camino hacia el sitio donde habían quedado a B. le entraron unas ganas terribles de mear, y paramos en un bar donde nos pusieron una cerveza cara y espantosa de sabor. La parte buena fue que ambos pudimos mear. Quince o veinte minutos después llegábamos al sitio. Ellos hablaron y yo me aburrí durante no sé cuánto tiempo. Cuando finalmente se marcharon, me ofrecí a llevarla a su casa. Habíamos estado bebiendo cerveza caliente mientras estaba con sus amigos, y yo empezaba a estar cansado, me dolía el estómago, y me estaba quedando sin tabaco. Me ofrecí a llevarla a su casa. B. estaba francamente borracha en ese punto y, mientras volvíamos al coche, escuché durante quince minutos una larga retahíla acerca de su novio, mi amigo. Otra vez. La situación estaba ya completamente jodida, y estaba claro que aquello no iba a acabar bien de ninguna manera, pero esperaba que al menos me diera para escribir una buena historia. Tras esos quince minutos en los que no paró de hablar en ningún momento, llegamos al coche. Me relajé un poco. Conducir siempre me relaja.

Mientras conducíamos de camino hacia su casa, que yo no sabía donde estaba, B. me preguntó si me apetecía tomarme la última. La verdad es que no tengo claro si me lo preguntó ella o se lo pregunté yo: lo mismo da. En cualquier caso yo estaba completamente sobrio, así que por supuesto que me apetecía. Nos metimos en un antro, ella pidió un ron con cola y yo un gin&tonic. Ella seguía hablando y yo no paraba de mirarla. Sabía que en algún momento de la noche me tocaría jugármela y cagarla, así que empecé a beber más rápido para que se me hiciera menos complicado. Tras el segundo gin&tonic empecé a tener problemas con las ganas de besarla, pero supe que sería capaz de manejarlo.
Llegó entonces una de las situaciones más repetidas a lo largo de mi vida: el momento en que le hago saber a una mujer que me gusta y ella me rechaza lo más amablemente posible mientras yo me aburro. Con lo fácil que es decir que no y ya está, se empeñan en disfrazarlo de suavidad y cosas buenas que me dan ganas de vomitar. Así que ahí estaba yo, ya definitivamente aburrido de todo y cansado, y ella, definitivamente borracha. Yo le hice saber, como a todas las otras, que me parecía bien que me rechazara, pero que de amigos ya iba sobrado y que no necesitaba amigos nuevos, y mucho menos de sexo femenino. Creo que no me di cuenta de lo borracha que estaba hasta que de repente estaba llorando en mis brazos sin saber muy bien cómo. Podía oler su pelo y acariciar su espalda mientras me lloraba no sé por qué, y me cuestionaba a mí mismo acerca de mi capacidad para ser hipersensible y totalmente insensible a la vez. Luego me dijo que estaba mareada y se metió al baño.
Yo me había quedado sin tabaco, así que en unos treinta segundos me había acabado el cubata y me estaba impacientando. Decidí ir a mear para hacer tiempo, y cuando entré al servicio la vi allí. Casi susurrando y con la voz rota me dijo que iba a vomitar, cosa que yo ya había averiguado por mí mismo de cualquier manera. Su vómito era bastante extraño y mucho más sutil que el mío, y ni siquiera olía mal, o yo no me daba cuenta. Nunca había visto a una mujer bonita vomitar a cinco centímetros de mi cara, y me puse a pensar en si vomitarían de manera diferente a los hombres, igual que mean o cagan. De vez en cuando B. paraba de vomitar un par de minutos, y yo aprovechaba para echarle un poco de agua en la cara y en los dos mechones de pelo rubio, que se habían manchado. Tenía la espalda empapada en sudor frío y la cara blanca. Lo normal en estos casos, supongo; normalmente no me puedo hacer análisis a mí mismo mientras estoy vomitando. Aun así estaba preciosa. Mientras la miraba, me preguntaba por qué era incapaz de sentir nada. Me consolaba pensando en que probablemente sería la última vez que la viera.

Media hora más tarde, creo, cerraron al bar y B. salía colgada de mi brazo. Aparentemente había olvidado cómo andar. No pudo ir demasiado lejos sin tener ganas de vomitar otra vez, así que nos sentamos en el borde de la acera. Ella se tumbó boca arriba, supongo que por el dolor de estómago, y cuando se incorporó le limpié la espalda: se la había llenado de la mierda del suelo. Empezó a pedirme perdón y a darme las gracias. Para entonces, yo ya estaba aburrido del todo y sólo esperaba que aquello acabara lo antes posible. Me pidió azúcar, que evidentemente no tenía. La conseguí convencer para que se incorporara y fuéramos hasta el coche. Si quería la llevaba a mi casa y allí le daría algo de azúcar. Me puse a pensar en la cara de sus padres si la vieran llegar así a casa. No me costó mucho: había visto a mi madre así muchas veces antes. Me alegré de que fuéramos al coche porque al menos dejaría de llenarme los pantalones de la mierda dle suelo.
Se montó en el asiento de atrás del coche y vomitó otra vez. Le di un paquete de pañuelos de papel que había comprado muchos meses antes y que nunca pensé que me fuera a servir para mucho. Miré el reloj del coche: las cuatro de la mañana. Encendí el aire acondicionado del coche. Hacía calor y supuse que eso le vendría bien para despejarse un poco. Me pidió perdón y me dio las gracias de nuevo. Le dije que no hacía falta que lo hiciera, que odiaba que me pidieran perdón y me dieran las gracias. Me pidió que me sentara a su lado, así que lo hice. Después de vomitar otra vez pareció quedarse un poco más tranquila. Apoyó la cabeza en mi hombro y se quedó ahí un par de minutos. Supuse que debía de estar incómoda, así que me fui a una esquina del asiento trasero y ella se tumbó como si fuera a quedarse dormida. Apoyaba la cabeza en mi pierna y buscaba mi mano con la suya. Con la otra me acariciaba los brazos o las piernas. Era bastante patético, supongo, si lo hubiese visto desde fuera; pero ya que estaba allí no iba a dejarla sola. A pesar de ello, sólo quería que aquello acabara pronto. Me consolaba saber que al día siguiente B. no recordaría nada de todo aquello, y yo tampoco iba a recordárselo. Ella pareció dormitar un poco. Yo me quité las gafas y me quedé allí, esperando. Luego trataba de mantenerla despierta diciéndole no recuerdo muy bien qué cosas. Cada cinco minutos me pedía perdón y me daba las gracias. Yo siempre le decía que no importaba. De vez en cuando miraba de nuevo el reloj del coche. Era cada vez más tarde. Recuerdo que me dijo que se quedaría allí conmigo para siempre. Yo me alegré porque estaba seguro de que mañana no lo recordaría.

El enamoramiento fugaz le duró una hora más. Luego me dijo que se encontraba bien y yo me ofrecí a llevarla a su casa; yo seguía sin saber dónde estaba ese sitio. Me dio unas breves indicaciones y nos pusimos en marcha. Habían pasado las cinco de la mañana. Me dieron ganas de encender la radio del coche, pero la mantuve apagada. Diez minutos después llegábamos a su calle. Debió de sentirse mejor al hacerlo, porque me hizo parar de nuevo el coche y volvió a vomitar. Buscaba todo el rato mi mano mientras lo hacía. Hacía ruidos raros de vez en cuando, como gimiendo. Supuse que era su dolor de estómago. Yo me preguntaba si haría también esos ruidos en la cama, y supuse que debía de sentirme un poco mal por pensar eso, aunque no lo hice. Sólo quería que aquello acabara de una vez. Su casa estaba al final de un callejón sin salida. Una imagen muy poética, pensé. Había un montón de coches mal aparcados.
Oí a B. abrir y cerrar la puerta trasera de mi coche mientras yo pensaba en el modo de volver a mi casa. Eché de menos tener tabaco y poder encenderme un cigarro. La contemplé una vez más antes de que se marchara. Seguía teniendo la cara blanca y estaba completamente despeinada. De todas maneras estaba guapa. Me pregunté si en algún momento aprendería algo de todo eso. Supuse que no. Esperaba que al menos me diera para escribir una buena historia. Creo que para eso tampoco ha servido. Se me olvidó recoger los pañuelos del papel del coche; al día siguiente un amigo, su antiguo novio, me felicitó por lo que tenía que haber follado la noche anterior. Tienes todo el coche lleno de pañuelos, me dijo.
Cuando llegué a casa, antes de dormir, me preparé un Tanqueray. No tenía Nordic en el frigorífico, así que me lo preparé con Schweppes. Por suerte, tenía un paquete de tabaco de emergencia en un cajón de la cocina. Debajo del cajón de los cubiertos.

FIN

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