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Dormir en paz terrenal

Miles de personas salen de sus casas para entrar en los cines, y ante ellas aparecen nuevos universos que hacen hincapié en el hombre y en su principal problema: una cosa llamada, con mucho acierto, amor. En las sesiones del domingo a medianoche se recauda mucha taquilla, y luego la gente vuelve a sus casas, enferma de frustración; esto es lo que hace que la ciudad de noche sea tan interesante: la gente saliendo de los cines, fumando cigarrillos con aspecto afligido, anhelando mucho, precisión, gloria, todo lo que en la vida es bello; anhelando lo mejor sin por ello conseguir nada. Da pena verlos, pero el corazón es burlón, y uno camina entre ellos, riéndose de sí mismo y de ellos, de sus miradas nocturnas.

A los restaurantes también les va bien: hay algo en el comer, en poder comer, en poder pagar para comer, y sentarse a una mesa después de medianoche, estar despierto a esa hora con un plato delante, y la niebla y las luces eléctricas, y un momento nocturno de dolor; hay algo en el comer, decía, que resulta triste y divertido, no hay nada más que hacer, podemos comer y seguir vivos e ir y venir, etcétera. Seguimos vivos, sentados a una mesa. Seguimos caminando en la ciudad. Este año todos seguimos en la foto, enfermos de frustración, comiendo.

(William Saroyan, El joven audaz sobre el trapecio andante, pp. 194-195)

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