prosita

Relato sin título

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-Vaya un día largo, ¿eh?, exclamó mientras se tapaba los ojos con la mano y escupía al suelo. Era la primera vez que hablaba desde que lo habían capturado tres días antes.
-Joder, y que lo digas. Con este sol es imposible saber qué hora es siquiera, y con el calor esta mierda de traje no hace más que pegarse y picar. Maldito Jaén, quién nos mandaría nacer aquí, comentaba mientras se reía. Es que vais hechos unos zorros. Te tienen que llegar las chinches hasta los sobacos.
-Ya no sé ni cuándo fue la última vez que me bañé en condiciones. Hemos pedido muchas veces uniformes nuevos, pero en intendencia no hacen más que darnos largas. Tú ya sabes cómo son estas cosas.
-Sí. Bajó la cabeza y guardó silencio. Luego volvió a cubrirse los ojos con la mano y echó un vistazo a su alrededor. Las encinas, los pinos y los olivares de Jaén, el martilleo constante de la chicharra de agosto, tantas tardes de la infancia jugando a perderse un poco más allá de los caminos de tierra.
-¿Un café? -el hombre asintió levemente con la cabeza sin pronunciar palabra.
José se dirigió al pequeño fuego de gasógeno portátil donde una vieja cafetera de latón mantenía caliente un amarguísimo café de achicoria, que sirvió en dos tazas del aparentemente mismo viejo latón. Le pasó una al otro hombre y ambos sorbieron tranquilamente.
-¿Un pitillo? No puedo ofrecerte gran cosa, ya sabes, el asunto con la picadura está cada vez peor. El hombre se encogió de hombros, pero aceptó el paquete de tabaco que le acababan de tirar.

José se detuvo a mirar de nuevo a aquel hombre mientras se liaba el cigarro. Ya ni siquiera recordaba muy bien cómo había empezado todo. Al principio parecía un juego macabro, como esos juegos de niños que van más allá de lo permitido pero aparentemente nadie se da cuenta o nadie parece darle importancia. Entonces todo eran retransmisiones por radio, y casi todo el pueblo se reunía en casa de las dos o tres personas que tenían radio para oír qué estaba pasando. Luego, como en cualquier juego, hubo que escoger bandos; y ellos escogieron bandos diferentes. Mucho sonido de metralla y muchas noches después, allí estaba José, que con veinticuatro años iba a matar aquella tarde a su hermano Antonio. Su hermano era del otro bando, y aquellas eran las reglas del juego. Y si estás jugando tienes que acatar las reglas.

Terminaron el café y fueron a dar un paseo. Parecía una estampa habitual de un día de caza de conejos, si no fuera por los uniformes y por el hecho de que José mantenía el cañón de su rifle apretado contra la espalda de su hermano. Las reglas. De todos modos, ambos parecían ignorarlas. Estaban en casa, al fin y al cabo, y los dos se sentían un poco avergonzados al pensar en lo que su madre les habría dicho si les hubiera visto.

-¿Te acuerdas de cuando padre nos trajo aquí por primera vez? Caminamos media tarde para llegar al riachuelo, y luego nos pasamos la tarde tirándole piedras al agua.
-Sí. Menuda tontería. Mira, por aquella vereda te encontramos la tarde ésa que te escapaste porque te negabas a comer el pisto.
-Joder, lo que daría ahora por comer algo en condiciones. En las películas los tipos de las guerras siempre acaban comiendo bien y son héroes. Aquí sólo cogemos chinches y un día cualquiera te mandan a dar un paseo.
-Sí.
-Además, ¿a los condenados a muerte no les dan una última cena? ¿No me traen a un cura para que me confiese?

Siguieron caminando. Antonio seguía sintiendo el cañón frío del rifle contra su espalda. Trataba de preguntarse el por qué de todo aquello, pero sólo sentía extrañeza y estupor, como un niño pequeño al que le dan un juguete de colores chillones que nunca ha visto antes. En cierta manera, pensó, no hay nada de lo que extrañarse. Estaba en casa, con su hermano, y le iba a matar el mismo rifle que él también había usado para matar a otros hombres después de habérselo quitado al cadáver de un enemigo. No había ninguna diferencia entre estar delante o detrás del gatillo. Eras la misma persona a un lado o a otro. Sólo cambiaba el bando, el color del uniforme. Las reglas del juego eran las mismas para todos. De cualquier manera ya estabas muerto.

-Antonio, macho, siento no haberte traído ni un bocadillo. Pero ya has visto cómo están las cosas en el campamento. Apenas tenemos comida para nosotros. Llevamos ya mucho tiempo escondidos aquí y nos traen la comida a hurtadillas y cada vez menos a menudo. Ya sabes cómo es. Cuando los vuestros cogen a uno de ésos, le dan también un paseo como éste.
-Sí, no te preocupes. En realidad no tengo mucha hambre ahora.
-Yo sí. ¿Por qué carajo tenías que ser tú el que tuvo que venir a intentar cosernos a tiros? Mira que hay sitios en España, joder.

Siguieron caminando. Hacía mucho tiempo que ambos seguían jugando por inercia, porque al menos jugando había una posibilidad pequeña de no morir. Entregarte con las manos en alto no servía de nada. Eras un traidor de cualquier manera. Antonio se rascó la barba y José le imitó. Maldita calor, pensaron. Ninguno dijo nada.

Debía de ser poco después de la hora de comer cuando llegaron al sitio. El ruido de la chicharra era prácticamente ensordecedor, los mosquitos se apelotonaban, curiosos, delante de los dos hombres, y las tripas de José rugían más que de costumbre. Sobre las cinco, pensó. Acababan de llegar a un claro más o menos amplio, cubierto de ramas arrancadas y algunas flores completamente secas de color marrón pálido.

-Aquí mismo valdrá, ¿no?, comentó Antonio.
-Sí, yo creo que sí. Si seguimos dando vueltas por aquí acabaremos perdidos como la última vez. Ambos rieron.
-Aquello estuvo bien. Éste parece un buen sitio para traer a tu novia, ¿no te parece? Les encantan estas cosas de los árboles y de mirar las estrellas. Deberíamos haber aprendido a escribir mejor, a los de las películas les iba bien para ligar con esas cosas. Oye, ¿volviste a saber de Marta?
José no había vuelto a saber nada de Marta desde hacía muchos meses. Al principio se enviaban cartas, que con suerte llegaban sólo con dos o tres semanas de retraso. Luego José se cansó de aquellas cartas. Estaban bien, le echaba de menos, cada vez decían por la radio que estaba a punto de acabarse, que sólo dos o tres ciudades más y alguien acabaría por rendirse. Cuando se cansó de leer dejó de contestar. Le agotaba escribir. Luego recibió un par de cartas más, y finalmente nada. Supuso que aquello sería lo que le esperaba al volver: absolutamente nada. Era otra forma de estar muerto. Nunca se había preguntado cuál de todas prefería.
-Bueno, ponte donde te parezca, dijo José. Mantén las manos sobre la cabeza.
-Oye, si vuelves a ver a madre, dile que no se preocupe, que al final la guerra la ganaron los muertos.
-Ni siquiera sé si estará viva todavía.

Antonio se colocó a unos cinco metros de distancia de José. No cerró los ojos. Aquello le parecía de mariquitas. Pensó que prefería morir mirando el campo donde había crecido, el lugar a donde habría traído a su novia, una chica morena de muslos rechonchos a la que nunca había logrado encontrar, a hacerlo con los ojos cerrados y esperando el sonido de un disparo que probablemente nunca oiría. Mientras oía cómo José terminaba de preparar el arma y colocaba la culata sobre el hombro, tuvo una última idea. Un chiste macabro. Un último toque de imbecilidad. Joder, ya que voy a morir por un bando al menos que se note. Un brindis por el juego, pensó. ¡CARA AL SOL, CON…

Las rodillas de Antonio se hincaron, pesadas y torpes, en el suelo, como el muñeco de trapo que un niño arroja al suelo cuando se cansa de jugar con él. El resto de su cuerpo cayó después al suelo, y allí se quedó, como si siempre hubiera estado allí. Los mosquitos seguían rondando la cara de José. Seguro que si hubiérais estado a cinco metros del lugar no hubiérais oído el disparo. Como si no mereciera la pena que ese ruido rompiera la rutinaria calma del bosque. No había que darle importancia. José volvió a escupir al suelo y maldijo recordando que su paquete de tabaco estaba ahora en el bolsillo del muerto. Odiaba tener que registrar cadáveres, pero no había otro remedio. Se acercó y apoyó el cañón del rifle en la cabeza de Antonio. Disparó de nuevo. Trozos de carne y coágulos de sangre saltaron y salpicaron su pantalón. Eran las reglas. Un par de moscas se posaron en la barba de Antonio, y otras en el agujero recién abierto en su cabeza. Os vais a dar un festín, pensó José. Le rugieron otra vez las tripas. Notó algo caliente por sus muslos. Bajó la vista y comprobó que se había meado encima. Registró el cadáver de su hermano, cogió el paquete de tabaco y se lo guardó. Se echó el rifle al hombro y comenzó a caminar hacia el lugar de donde habían venido. Joder, no pienso traer a mi novia aquí nunca ni de broma, pensó. De repente echaba de menos a Marta. Mientras se alejaba de aquel lugar, se preguntaba qué habría para cenar aquella noche. En realidad, se preguntaba si cenarían aquella noche. Hubiera dado cualquier cosa por cenar con Marta aquella noche. Cualquier noche. Maldijo a las chicharras otra vez. El sol le pegaba en la frente. Comenzó a liar un cigarrillo.

FIN

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