versitos

1994

Es una casa de hule y de café
a largos sorbos, de mañanas con prisa.
La mesa en la cocina, y el periódico,
el latón combado de la caja de galletas.
Tardes eternas de merienda y radio
y la abuela que friega y canturrea
viejas coplas de letra indescifrable.
Los inviernos son el humo de una sopa
y el olor adictivo del cisco y de la brasa,
y el verano se va entre los trozos de pan
que remoja el abuelo para hacer el gazpacho.
Es una noche como cualquier otra,
de grillos insistentes. Una vela
ilumina el pasillo de repente,
oigo voces correr por los pasillos.
“Que se ha muerto el abuelo”. Ésa es mi madre,
no sabe que la oigo.
Luego más voces, llantos, el pasillo
frenético, el chirrido de una mecedora,
y se hace de día y hay un fuego invisible
que quema las cortinas, los sillones.
Es el mismo café del desayuno
y sigue siendo azul el mismo hule.
Por última vez salgo. El hierro gris
de la puerta parece madera apuntalada;
la puerta de mi casa, infranqueable siempre.

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