prosita

Dejarse arrastrar

Me enamoré de ti. Tenías aquella mirada de decirme como Mrs. Mulwray: “I don’t see anyone for very long, Mr. Gittes. It’s difficult for me”. Por supuesto, para ti, yo no iba a ser ninguna excepción. Chulos borrachos como yo había habido en tu vida. Quizá no había habido otra cosa.

Tenías una cama enorme y una almohada pequeñita que sólo cubría la mitad de la cama. La invitación definitiva a no quedarme a dormir. Luego te pregunté si podía dormir en el sofá, y tú te reíste, y yo me di tanta pena que me quedé. Aquella fue la primera noche de tantas.

Quiero decir, joder, cada noche era una historia diferente. Era como aquel maldito libro de cuentos árabes. Me hablabas de los encantos de la ciudad, de las esquinas frías y el olor a orín, y yo sólo quería irme al campo y plantar tomates.Pero no había plantas ni aire limpio. Nuestra vida era orín seco, vómito yéndose por una alcantarilla, bares siempre a punto de cerrar. Y aquella era una forma como otra cualquiera de vivir. Siempre me lo decías: “no creas que eres especial”. Sólo me arrastrabas. Y yo me dejaba arrastrar.

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